26.2.25

Los días de miedo e ira y la fórmula del siglo XXI para ganar unas elecciones... Las cosas que están pasando dan miedo... Las consecuencias políticas de este clima son muy notables... Cuando los problemas aparecen y no se solucionan, la gente tiende a no confiar ni en las instituciones ni en los líderes... Ese suele ser un periodo transitorio: el malestar deja paso a una posición más activa, la que dicta la ira; la depresión se transforma en indignación... la indignación requiere ser canalizada; precisa de un objetivo hacia el que dirigirse, a menudo un chivo expiatorio. En buena medida, la indignación sistémica ha formado parte de las elecciones de la última década... el temor y la ira han acabado conformando el eje alrededor del cual circula la política... las elecciones alemanas, como antes las estadounidenses, las francesas, las argentinas o las españolas, se han basado en este enfrentamiento entre el temor y la ira. Lo que decide las elecciones es si el temor al futuro es mayor o menor que la indignación; el resultado depende de qué sentimiento domine... unos prometen defender al país del apocalipsis, los otros prometen un resurgimiento a través de la venganza... Cuando las incertidumbres son numerosas, cuando hay sensación de desprotección, cuando el futuro aparece incierto, es lógico que los temores se disparen. En ese ambiente está atrapada la vida del ciudadano común, y a eso hay que dar una respuesta política. Un camino lógico sería el de transcender el miedo y la ira y optar por invertir en el futuro; en un porvenir que disolviera las incertidumbres. La última vez que Occidente actuó de esta manera fue mediante la inversión en infraestructuras productivas, en la elevación del nivel de vida... Quizá ahora ese programa tenga que ser matizado, pero como mecanismo para disolver las inseguridades y domeñar los miedos fue bastante efectivo, y eso que había una Guerra Fría de por medio. En todo caso, es hora de salir de las posturas anímicas, que poseen un elevado componente moralista, y afrontar de cara estos tiempos. Es el momento de construir el futuro... algo que nuestras élites (políticas, económicas, intelectuales, de un lado y de otro) se niegan a hacer: prefieren luchar contra las dictaduras, ya sean las de los amigos de Putin o la del totalitarismo woke, en lugar de ponerse manos a la obra para sentar las bases del porvenir. Bien puede afirmarse que están dando soluciones anímicas y simples a problemas complejos, justo eso de lo que acusan a los populismos (Esteban Hernández)

 "El Foro de la Cultura de Valladolid ha dedicado su edición de este año, celebrada el fin de semana pasado, al miedo. Dada la turbulencia de estos años, es un asunto especialmente oportuno. Las noticias cotidianas subrayan que Europa se enfrenta a riesgos serios de toda clase: las guerras en curso, el cambio climático, los cambios a gran velocidad en el terreno geopolítico o las complicaciones económicas que asoman por el horizonte. El humor social tampoco es demasiado positivo, ya que reina la inestabilidad en la política, y socialmente la inseguridad es un hecho, porque los gastos necesarios para la subsistencia cada vez son mayores y las trayectorias laborales suelen estar sometidas a demasiadas oscilaciones. Hay muchos temores circulando, lo que hace que la percepción negativa del futuro se instale: es complicado pensar que el porvenir traerá algo mejor que el presente.

El futuro siempre está rodeado de incertidumbres, porque en su esencia está ser azaroso e imprevisible, pero esta época no solo ha aumentado el número de asuntos que generan preocupación, sino su intensidad. Las cosas que están pasando dan miedo.

Las consecuencias políticas de este clima son muy notables. Los resultados electorales de los últimos años, así como las ideas que los han dado forma, están plenamente relacionados con los temores crecientes que circulan por la sociedad. Pero también son consecuencia de una evolución en el humor de los ciudadanos. Cuando los problemas aparecen y no se solucionan, lo usual es que tome cuerpo cierta desvitalización: la gente tiende a no confiar ni en las instituciones ni en los líderes y toma distancia de la política. Ese suele ser un periodo transitorio: el malestar deja paso a una posición más activa, la que dicta la ira; la depresión se transforma en indignación.

En cierto sentido, la ira es una señal positiva, ya que implica que la gente se ha sacudido el fatalismo y ha comenzado a actuar. Pero también contiene un límite, porque la indignación requiere ser canalizada; precisa de un objetivo hacia el que dirigirse, a menudo un chivo expiatorio. En buena medida, la indignación sistémica ha formado parte de las elecciones de la última década, ya que una parte significativa de los ciudadanos no votaban a favor de una opción política que les convenciese, sino en contra de otra que les molestaba profundamente. Muchos expertos electorales dictaminaron que las campañas negativas eran decisivas, ya que si se resaltaban los rasgos más preocupantes de los rivales políticos, se movilizaría el malestar, y se ganarían las elecciones.

Los dos principales partidos

Sin embargo, hoy se vive un momento diferente, y no solo porque todo se haya vuelto mucho más intenso, sino porque en este instante ambiguo, el temor y la ira han acabado conformando el eje alrededor del cual circula la política.

Los dos principales partidos actuales (o los dos principales bloques ideológicos) defienden dos propuestas distintas basadas en lo anímico. Las formaciones sistémicas señalan los terribles perjuicios que causaría la llegada al poder de la extrema derecha, y, por tanto, se constituye como un dique contra ella, como una protección contra el miedo. El otro bloque se apoya en una indignación creciente frente a los gobiernos actuales, a los que se señala como responsables de una decadencia palpable y aboga por despedir a los responsables. Y esto es así de manera constante: las elecciones alemanas, como antes las estadounidenses, las francesas, las argentinas o las españolas, se han basado en este enfrentamiento entre el temor y la ira.

Lo que decide las elecciones es si el temor al futuro es mayor o menor que la indignación; el resultado depende de qué sentimiento domine

Hoy, estos sentimientos están representados por fuerzas políticas concretas. En el futuro, pueden ser defendidos por partidos de signo ideológico diferente, pero la regla es la misma: si el temor al futuro es mayor que la indignación, ganarán unas opciones; si ocurre al revés, ganarán las contrarias.

Son sentimientos que tienen su utilidad para los movimientos políticos, porque es natural que aparezcan en momentos complicados como el presente, y porque sirven para movilizar, pero no pueden constituir el centro de una oferta política. Pueden ser elementos necesarios o convenientes, pero no un fin en sí mismos. Sin embargo, la propuesta de las formaciones políticas contemporáneas se fundamenta básicamente en ellos; unos señalan los males espantosos que ocurrirán si llegan al poder los rivales, los otros insisten en la catástrofe que provocará que gobiernen sus rivales. En el punto límite, unos prometen defender al país del apocalipsis, los otros prometen un resurgimiento a través de la venganza.

La baldía lucha contra las dictaduras

Esa posición provoca que los programas de los partidos sean reactivos, lo que se ha notado especialmente los últimos años. En la medida en que hay que defenderse de los gobiernos autoritarios de la extrema derecha, lo que se debe hacer es negar el ideario de los rivales y persistir en el existente; poco de nuevo sale de ahí. En el lado opuesto, lo que se propone es afrontar problemas existentes que los gobernantes se niegan a reconocer, ya sea por cobardía o ideología, como los países gorrones, el gasto excesivo del Estado o la inmigración.

Un camino lógico sería el de transcender el miedo y la ira y optar por invertir en el futuro, en un programa que disolviera las incertidumbres

En esto se mueve la política actual, y supone un problema. Por regresar al inicio, la mayor dificultad de los tiempos precedentes es el miedo. Cuando las incertidumbres son numerosas, cuando hay sensación de desprotección, cuando el futuro aparece incierto, es lógico que los temores se disparen. En ese ambiente está atrapada la vida del ciudadano común, y a eso hay que dar una respuesta política.

Un camino lógico sería el de transcender el miedo y la ira y optar por invertir en el futuro; en un porvenir que disolviera las incertidumbres. La última vez que Occidente actuó de esta manera fue mediante la inversión en infraestructuras productivas, en la elevación del nivel de vida, en los equilibrios territoriales, en la supeditación del capital financiero a las necesidades productivas y territoriales, en la potenciación de los mercados interiores y en la creación de una clase media poderosa, de manera que los ciudadanos dispusieran de un extra para gastar. Quizá ahora ese programa tenga que ser matizado, pero como mecanismo para disolver las inseguridades y domeñar los miedos fue bastante efectivo, y eso que había una Guerra Fría de por medio.

En todo caso, es hora de salir de las posturas anímicas, que poseen un elevado componente moralista, y afrontar de cara estos tiempos. Es el momento de construir el futuro, algo que nuestras élites (políticas, económicas, intelectuales, de un lado y de otro) se niegan a hacer: prefieren luchar contra las dictaduras, ya sean las de los amigos de Putin o la del totalitarismo woke, en lugar de ponerse manos a la obra para sentar las bases del porvenir. Bien puede afirmarse que están dando soluciones anímicas y simples a problemas complejos, justo eso de lo que acusan a los populismos."                (Esteban Hernández , El Confidencial, 24/02/25)

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