"Entro en el hospital Gregorio Marañón a diario desde hace una semana. Es
como entrar en una de aquellas ciudades cubiertas que aparecían en las
series de ciencia ficción albergando la vida entera de un pueblo.
Según
van pasando los años, son más las plantas que he visitado, no como
resultado de la mala suerte sino como consecuencia de la misma vida, en
la que es casi imposible esquivar la enfermedad.
En estos días de
brutales cargas policiales y de inauditas declaraciones públicas, entre
las que destacan la del ministro felicitando a la policía por su
actuación y la de Ana Botella explicando con cara agria el dinero que
les cuesta a los buenos madrileños que los malos se manifiesten, el
Marañón encara cada jornada no ajeno a los recortes en sanidad.
Los
diferentes corchos que me voy encontrando en el camino a la planta en la
que está mi padre dan cuenta de ello. Este espacio acotado es una
metáfora total de lo que está sucediendo fuera. (...)
España está siendo contada y descrita en los últimos tiempos con
bastante frecuencia en la prensa internacional. A menudo, la descripción
del desastre económico que vivimos se limita a las actuaciones de la
clase política y deja fuera a los trabajadores que están llevando el
pesado trono de la crisis sobre sus hombros.
Con frecuencia se percibe
también una ironía indisimulada hacia los trabajadores del sur, que si
la fiesta, que si la siesta, que si la inevitable haraganería que tienen
que pagar los hacendosos del norte. Pero no vendría mal que los
corresponsales pasaran alguna jornada en esta mole hospitalaria.
El
Gregorio Mogollón, como así se le nombra añadiéndole un apellido castizo
a un edificio que ya lo es, es bullicioso, superpoblado, de una
decrepitud setentera en su mobiliario que lo hace destartalado y poco
funcional. Pero entre estos pasillos que han visto tantas recuperaciones
como caídas definitivas se mueven limpiadoras, doctores, enfermeras,
camilleros y demás personal hospitalario con una eficiencia a prueba de
recortes.
A menudo los enfermos florecen, les suben chapetas de color al
rostro, mientras al personal sanitario se le dibujan las huellas del
cansancio según avanza la jornada. Dan ganas de invitar a alguna
enfermera a que se eche un rato en una camilla y ofrecerse, como
familiar agradecido, a llevarle un vaso de leche y echar la persiana. (...)
Pero, ante todo, dan ganas de gritar, de pedir que no confundan a esa
clase dirigente que en un porcentaje elevadísimo ha prevaricado,
participado en corruptelas, favorecido a los suyos o esquilmado el país,
con esta otra que cada vez con sueldos más bajos se desvela por sacar
las vidas de los nuestros a flote.
No es demagogia, es la pura verdad.
No confundan a estos con aquellos: son del mismo país, pero unos no se
merecen a los otros como compatriotas. Mientras la clase política no
reacciona y sigue sujeta a su sistema de privilegios, hay quien
mantiene, a cambio de muy poco, su vocación, porque vocación tiene que
ser hacer el trabajo con tanto amor propio.
Hay que negarse a ser
estigmatizado por lo que hizo o hace una parte de la población; que el
problema de España es su clase dirigente tiene que ser un clamor para
que no confundan a unos con los otros. De vez en cuando surge la voz de
algún experto que advierte del peligro de demonizar a los políticos, no
vaya a ser que acabemos alentando el resurgir de un salvapatrias.
¿Qué
hacer entonces, quedarse callados y en casa para que a la alcaldesa Ana
Botella no se le descabalgue el presupuesto con las manifestaciones?
Al contrario, creo que hay que nombrar una y otra vez a todos aquellos
trabajadores que proporcionan a los demás el bienestar que esta política
nos está quitando. Porque son mayoría.
Están mal pagados, cumplen
sobradamente su horario y despliegan una profesionalidad que emociona;
si son jóvenes, no podrán plantearse tener hijos; si son gente madura,
mantendrán a sus hijos hasta los treinta o más; si están a punto de
jubilarse, saben que su vejez será ajustada.
Hay que verlos trabajar
para percibir que eso no merma su capacidad de entrega. ¿Por qué hemos
elegido a los peores para tomar decisiones fundamentales? Esa es la gran
cuestión." (
Elvira Lindo
, El País, 30 SEP 2012)
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