10.11.12

EL DÉFICIT TARIFARIO: sin un diagnóstico correcto nunca habrá una reforma eficiente

"El Gobierno y las empresas UNESA definen el déficit tarifario como la diferencia entre los costes de la electricidad y la tarifa que pagan los consumidores.

Una definición alternativa: El déficit tarifario es la diferencia entre los costes de la electricidad reconocidos por las normas regulatorias y la tarifa que pagan los consumidores.

La diferencia entre una definición y otra es “costes” frente a “costes reconocidos”. La diferencia es la palabra “reconocidos”. Es una diferencia esencial. Según la primera definición el déficit tarifario sería un déficit económico. Según la segunda, el Déficit sería, tan sólo, un déficit regulatorio. (...)

Con la regulación vigente, toda la electricidad es retribuida en el mercado al precio de la oferta marginal. Es decir, todos los kWh, con independencia de la tecnología con la que hayan sido producidos, son retribuidos con el mismo precio que cobra por su electricidad la central que utilice el combustible de mayor coste. 

Es decir, el coste marginal del sistema determina la retribución de todas las centrales con independencia de cuales sean sus costes variables y y suys costes medios.

En definitiva, la regulación del mercado de electricidad, tal y como está regulado por la Ley 54/97 del SE, ignora el mix energético a partir del cual es cubierta la demanda. Si todas las centrales que nos suministran electricidad fueran centrales de gas natural, el precio del mercado y, por tanto, el coste de la electricidad para los consumidores, sería el mismo. 

De nada sirve que en nuestro mix energético contemos con centrales nucleares e hidroeléctricas que producen 80 Millones de MWh, el 30% de la electricidad que consumimos, a costes inferiores a los que los consumidores pagamos. (...)

La contabilidad regulatoria es la niebla que impide un diagnóstico adecuado del déficit tarifario; la que utiliza palabras debajo de las cuales se esconden contenidos que nada tienen que ver con las palabras para que nos perdamos en el marasmo.

La regulación establece que los ingresos por venta de electricidad se liquidan siguiendo un orden prefijado: primero se retribuye el coste de la electricidad a precios de mercado y las primas de las centrales del Regimen Ordinario (RO); después los costes de las actividades reguladas entre los que destacan los costes del transporte, de la distribución y las primas fijas y variables de las tecnologías renovables y de alta eficiencia (eólica, fotovoltaica, termosolar, cogeneración y otras). 

Como los ingresos son menores a la suma de los costes de la energía a precios de mercado más los costes de las actividades reguladas –mal llamadas peajes- el déficit de ingresos respecto a los costes reconocidos aparece contablemente en el lado de los peajes -en el que –contra toda lógica- se ubican las primas de las centrales renovables y de alta eficiencia- a los que ya no les llegan los ingresos por estar al final de la cola en el reparto de los ingresos por venta de electricidad.

De aquí que el déficit se atribuya a las primas de las renovables y del resto del Regimen Especial (RE) y no a la diferencia entre costes reales y costes reconocidos a las centrales históricas –nucleares e hidroeléctricas-. Es la niebla que impide un adecuado diagnóstico del origen y naturaleza del Déficit Tarifario.

Desde 1996 casi ningún ministro de industria, casi ningún alto cargo de la Administración energética y, desde luego, tampoco casi ningún consumidor han comprendido, en toda su dimensión, la cuestión eléctrica. Y sin embargo, no nos encontramos ante cuestiones que sean realmente complejas ni que exijan conocimientos de gran altura intelectual. 

Estamos ante pura y simple aritmética: sumas, restas, multiplicaciones y divisiones que tan sólo alcanzan a configurar una larga cadena que bien podría ser seguida sin perderse. Es como un laberinto: entrar y salir sin perderse es fácil si mientras se entra se va dejando un rastro –el hilo de Ariadna- que permita luego desandar el camino, resolver el problema.

Entonces ¿Por qué cuesta tanto entender estos asuntos de la electricidad? Con frecuencia me piden que lo cuente como si fuera para niños (algunos me dicen – a la vista de la experiencia- como si fuera para Ministros).

Lo explicaré como si fuera para niños.

Pulgarcito, cuando se internaba en el bosque iba dejando piedrecitas por el camino para poder luego encontrar el camino de vuelta a casa. Fácil ¿No? Fácil.

¿Pero qué le pasaría a Pulgarcito si los personajes del bosque le cambiaran su piedrecitas de sitio?

Se perdería.

Esta es mi explicación para los niños. Entrar y salir del bosque es fácil si no hubiera personajes al acecho. Pues bien, la electricidad está llena de personajes que, cambiando las piedrecitas de sitio, dificultan seguir la cadena de restas, sumas, multiplicaciones y divisiones que permite comprender los problemas a los que nos enfrentamos en la electricidad.

No es necesario que diga quiénes son esos personajes que cambian las piedrecitas de sitio, pero si diré que son todos los que quieren colgar sobre las tecnologías renovables las responsabilidades del Déficit para exculpar de esa responsabilidad a la mala regulación del mercado de la electricidad que sobre remunera a las centrales hidroeléctricas y nucleares.(...)


Es difícil calcular las cifras que todas estas cuestiones suponen en términos de costes ineficientes soportados por los consumidores desde la promulgación de la Ley del Sector Eléctrico en 1997. Pero cualquier estimación que podamos hacer nos conduciría a cifras mareantes. La competitividad de la economía española está en juego pero la opacidad del sector es completa.
Las cuentas de las empresas, sin embargo, están claras. Todos los años son auditadas y publicadas. Y en ellas las empresas buscan sus argumentos: “nuestros activos históricos no están amortizados” y aunque esto quiera decir poco porque eso nada nos dice sobre el nivel de costes medios de esos activos en relación con los precios que perciben, es necesario advertir que las inversiones no se recuperan sólo a través de los fondos de amortización sino también a través de los beneficios que se distribuyen, de las provisiones y de la constitución de reservas, en contra de la falsa idea que se trasmite como argumento de oportunidad. Si la contabilidad de las empresas no representara la realidad económica de los procesos de recuperación de las inversiones –en el caso de que estos se hayan producido en términos económicos- la gestión económica de las empresas podría ser calificada, cómo poco, de imprudente.
A este tipo de comportamientos no suelen escapar las grandes empresas que carecen de propietarios identificables."     (Jorge Fabra Utray, Economistas frente a la crisis, 08/11/2012)

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