"El Gobierno y las empresas UNESA definen
el déficit tarifario como la diferencia entre los costes de la
electricidad y la tarifa que pagan los consumidores.
Una definición alternativa: El déficit
tarifario es la diferencia entre los costes de la electricidad
reconocidos por las normas regulatorias y la tarifa que pagan los
consumidores.
La diferencia entre una definición y otra es “costes” frente a “costes reconocidos”. La diferencia es la palabra “reconocidos”.
Es una diferencia esencial. Según la primera definición el déficit
tarifario sería un déficit económico. Según la segunda, el Déficit
sería, tan sólo, un déficit regulatorio. (...)
Con la regulación vigente, toda la
electricidad es retribuida en el mercado al precio de la oferta
marginal. Es decir, todos los kWh, con independencia de la tecnología
con la que hayan sido producidos, son retribuidos con el mismo precio
que cobra por su electricidad la central que utilice el combustible de
mayor coste.
Es decir, el coste marginal del sistema determina la
retribución de todas las centrales con independencia de cuales sean sus
costes variables y y suys costes medios.
En definitiva, la regulación del mercado
de electricidad, tal y como está regulado por la Ley 54/97 del SE,
ignora el mix energético a partir del cual es cubierta la demanda. Si
todas las centrales que nos suministran electricidad fueran centrales de
gas natural, el precio del mercado y, por tanto, el coste de la
electricidad para los consumidores, sería el mismo.
De nada sirve que en
nuestro mix energético contemos con centrales nucleares e
hidroeléctricas que producen 80 Millones de MWh, el 30% de la
electricidad que consumimos, a costes inferiores a los que los
consumidores pagamos. (...)
La contabilidad regulatoria es
la niebla que impide un diagnóstico adecuado del déficit tarifario; la
que utiliza palabras debajo de las cuales se esconden contenidos que
nada tienen que ver con las palabras para que nos perdamos en el
marasmo.
La regulación establece que los ingresos
por venta de electricidad se liquidan siguiendo un orden prefijado:
primero se retribuye el coste de la electricidad a precios de mercado y
las primas de las centrales del Regimen Ordinario (RO); después los
costes de las actividades reguladas entre los que destacan los costes
del transporte, de la distribución y las primas fijas y variables de las
tecnologías renovables y de alta eficiencia (eólica, fotovoltaica,
termosolar, cogeneración y otras).
Como los ingresos son menores a la
suma de los costes de la energía a precios de mercado más los costes de
las actividades reguladas –mal llamadas peajes- el déficit de ingresos
respecto a los costes reconocidos aparece contablemente en el lado de
los peajes -en el que –contra toda lógica- se ubican las primas de las
centrales renovables y de alta eficiencia- a los que ya no les llegan
los ingresos por estar al final de la cola en el reparto de los ingresos
por venta de electricidad.
De aquí que el déficit se atribuya a las
primas de las renovables y del resto del Regimen Especial (RE) y no a la
diferencia entre costes reales y costes reconocidos a las centrales
históricas –nucleares e hidroeléctricas-. Es la niebla que impide un
adecuado diagnóstico del origen y naturaleza del Déficit Tarifario.
Desde 1996 casi ningún ministro de
industria, casi ningún alto cargo de la Administración energética y,
desde luego, tampoco casi ningún consumidor han comprendido, en toda su
dimensión, la cuestión eléctrica. Y sin embargo, no nos encontramos ante
cuestiones que sean realmente complejas ni que exijan conocimientos de
gran altura intelectual.
Estamos ante pura y simple aritmética: sumas,
restas, multiplicaciones y divisiones que tan sólo alcanzan a configurar
una larga cadena que bien podría ser seguida sin perderse. Es como un
laberinto: entrar y salir sin perderse es fácil si mientras se entra se
va dejando un rastro –el hilo de Ariadna- que permita luego desandar el
camino, resolver el problema.
Entonces ¿Por qué cuesta tanto entender
estos asuntos de la electricidad? Con frecuencia me piden que lo cuente
como si fuera para niños (algunos me dicen – a la vista de la
experiencia- como si fuera para Ministros).
Lo explicaré como si fuera para niños.
Pulgarcito, cuando se internaba en el
bosque iba dejando piedrecitas por el camino para poder luego encontrar
el camino de vuelta a casa. Fácil ¿No? Fácil.
¿Pero qué le pasaría a Pulgarcito si los personajes del bosque le cambiaran su piedrecitas de sitio?
Se perdería.
Esta es mi explicación para los niños.
Entrar y salir del bosque es fácil si no hubiera personajes al acecho.
Pues bien, la electricidad está llena de personajes que, cambiando las
piedrecitas de sitio, dificultan seguir la cadena de restas, sumas,
multiplicaciones y divisiones que permite comprender los problemas a los
que nos enfrentamos en la electricidad.
No es necesario que diga quiénes son esos
personajes que cambian las piedrecitas de sitio, pero si diré que son
todos los que quieren colgar sobre las tecnologías renovables las
responsabilidades del Déficit para exculpar de esa responsabilidad a la
mala regulación del mercado de la electricidad que sobre remunera a las centrales hidroeléctricas y nucleares.(...)
Es difícil calcular las cifras que todas
estas cuestiones suponen en términos de costes ineficientes soportados
por los consumidores desde la promulgación de la Ley del Sector
Eléctrico en 1997. Pero cualquier estimación que podamos hacer nos
conduciría a cifras mareantes. La competitividad de la economía española
está en juego pero la opacidad del sector es completa.
Las cuentas de las empresas, sin embargo,
están claras. Todos los años son auditadas y publicadas. Y en ellas las
empresas buscan sus argumentos: “nuestros activos históricos no están amortizados”
y aunque esto quiera decir poco porque eso nada nos dice sobre el nivel
de costes medios de esos activos en relación con los precios que
perciben, es necesario advertir que las
inversiones no se recuperan sólo a través de los fondos de amortización
sino también a través de los beneficios que se distribuyen, de las
provisiones y de la constitución de reservas, en contra de la
falsa idea que se trasmite como argumento de oportunidad. Si la
contabilidad de las empresas no representara la realidad económica de
los procesos de recuperación de las inversiones –en el caso de que estos
se hayan producido en términos económicos- la gestión económica de las
empresas podría ser calificada, cómo poco, de imprudente.
A este tipo de comportamientos no suelen escapar las grandes empresas que carecen de propietarios identificables." (Jorge Fabra Utray, Economistas frente a la crisis, 08/11/2012)
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