"Benedicto XVI sorprendió al mundo entero con su renuncia y de ello se
habla sin parar en todos los foros de comunicación en las últimas 24
horas. Pero hay una vertiente del ‘notición’ que conviene destacar: el
anuncio por sorpresa del Papa en un consejo vaticano ordinario deja poco
más de un mes para las luchas internas de poder, las alianzas y las
conspiraciones.
El presidente de la Conferencia Episcopal Española,
Rouco Varela, afirmó en rueda de prensa que los papados son “lineales” y
que nadie espere “movimientos bruscos” en la fumata de finales de
marzo.
Para empezar ya ha habido un sorpresón mayúsculo: la renuncia de
Benedicto XVI, y también hay algún detalle inquietante, como la
sorprendente cara de felicidad que tenía ayer Rouco Varela en su
comparecencia ante los medios. (...)
¿Cuál es la diferencia con otros relevos papales? La fundamental es que
no había que elegir Papa por sorpresa: o bien la avanzada edad o la
delicada salud daban años de margen para alianzas y contra alianzas o
bien los movimientos políticos y las guerras en siglos anteriores
marcaban la elección.
Hay una excepción: la repentina muerte de Juan
Pablo I apenas un mes después de ser elegido Papa. (...)
El fallecimiento de Juan Pablo I y la llegada del carismático Juan
Pablo II supuso una revolución –o mejor dicho contra revolución- en la
Iglesia Católica. Juan Pablo II silenciosamente, pero con un
apoyo mediático y propagandístico como nunca se vio en el Vaticano, no
solo utilizó su carisma y su olfato político para sacar al Vaticano en
los informativos de todo el mundo, sino que supuso un hecho fundamental:
El Opus Dei se hizo con el control total y absoluto de la Iglesia Católica.
Cabe recordar que Juan Pablo II laminó a la “teología de la Liberación” de la que no queda ni rastro en América Latina y metió en cintura a los Jesuitas.
El poder de esta orden religiosa era tal que al superior de los
jesuitas se le conocía como “el papa negro”. Juan pablo II los
arrinconó.
Laminados o reducidos a la mínima expresión los grupos de
‘disidencia’ interna, Juan Pablo II no ocultó su cercanía (pertenencia) a
la ‘Obra’, canonizó a su fundador y concedió al Opus Dei un estatus
dentro de la Iglesia Católica de absoluta prevalencia.
La agonía de Juan Pablo II fue lenta y dolorosa y durante esos años
de agonía se pergeñó la sucesión. El cardenal Ratzinger había sido su
mano derecha y prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe
(antigua Inquisición) desde donde se puso en marcha la estrategia para
acabar con la Teología de la Liberación (...)
La jerarquía católica se mueve en un dilema global: la Iglesia no puede centrarse en Europa. La religión católica puede parecer demasiado europea y demasiado blanca,
mientras en América Latina y África avanzan con fuerza otras
religiones, como la evangélica. Y en un dilema moral: adaptar su credo a
los nuevos tiempos o no, aceptar los avances científicos o no, apertura
o ultra ortodoxia. Esto último es fundamental para el Opus Dei,
movimiento ultra conservador , defensor de las posturas más duras y
radicales." (El Plural, 12/02/2013)
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