"En la discusión actual sobre la supuesta inviabilidad del sistema de
pensiones públicas se está haciendo toda una serie de aseveraciones,
reproducidas algunas de ellas por la llamada Comisión de Expertos sobre
las Pensiones, que requieren una reconsideración a la luz de la
evidencia existente.
En tal discusión se asumen erróneamente varias
suposiciones, presentándolas como hechos y realidades, cuando en
realidad la evidencia científica existente las cuestiona. Entre ellas
están las siguientes declaraciones:
1. El hecho de que la esperanza de vida de los españoles
haya crecido seis años en los últimos treinta años quiere decir que las
personas ancianas viven seis años más. Esto no es así. Hay que saber
cómo se calcula la esperanza de vida. (...)
Y esto es lo que ha ocurrido en España,
la mortalidad infantil ha estado bajando mucho (lo cual ha estado
ocurriendo también en la mayoría de países de la Unión Europea) y con
ello la esperanza de vida (que es el promedio de años de vida que el
ciudadano medio vivirá) ha subido. Pero el aumento de la esperanza de
vida no repercute automáticamente en el mismo aumento de años de vida de
los ancianos.
2. Como consecuencia de que
las personas vivan más años, existe la necesidad de que también
trabajen más años. Si viven seis años más, deberían trabajar seis años
más. Este supuesto ignora la enorme variabilidad en las tasas de
mortalidad que existe en España entre las personas pertenecientes a
distintas clases sociales.
Un catedrático de Universidad, por ejemplo,
es probable que viva siete años más que la mujer de la limpieza de la
Universidad en la que él trabaja. Es una medida profundamente injusta
exigir a la segunda persona –la mujer de la limpieza- que trabaje dos
años más (y algunos están incluso hablando de cinco años más) para
pagarle la pensión al primero –al catedrático-. El retraso
indiscriminado de la edad de jubilación es profundamente injusto. Y es,
sin embargo, el criterio que se está utilizando y promoviendo.
Hoy, en
España, la persona del decil superior de renta vive diez años más que la
persona del decil inferior. Hacer una propuesta “igual para todos” sin
tener en cuenta la enorme desigualdad de condiciones de vida y muerte
debería ser rechazado por inmoral y antidemocrático.
3. A mayores años de vida
adicionales de la población, mayor es su capacidad y obligación de
trabajar. Esta observación, derivada de la anterior, continúa ignorando
que no solo la esperanza de vida varía mucho según la clase social, sino
también su calidad de vida. La calidad de vida de los años añadidos a
la longevidad de una persona jubilada varía también de una manera muy
evidente y clara según el tipo de trabajo y empleo (y, por lo tanto, de
clase social del individuo) que ha tenido durante su vida laboral.
A
menor nivel de renta de la persona, y a menor autonomía, creatividad y
condiciones satisfactorias del trabajo y empleo que la persona haya
desarrollado, mayor es la discapacidad y limitaciones “propias de la
edad”, con menor deseo de continuar su trabajo.
De esta realidad se
deriva el principio aplicado en muchos países –pero no en España- de que
la jubilación es un derecho más que una obligación. Para la mujer de la
limpieza es una bendición el poder dejar de trabajar. Pero no así para
un catedrático, o para un médico, o para un profesional que goza en su
trabajo.
La aplicación del principio de considerar la jubilación como un
derecho (como ocurre ya en muchos países a los dos lados del Atlántico)
implica el derecho a que no haya obligación de jubilarse. Como profesor
de Hopkins yo no tengo el deber de jubilarme. (...)
4. El mayor problema que determina la necesidad de reformar
el sistema de pensiones es el demográfico. A más gente anciana que vive
más años y menos gente joven, mayor será el problema de la
financiación. Esto no es así, pues se ignoran muchas realidades.
En los
sistemas de financiación a base de contribuciones sobre el trabajo (las
cotizaciones sociales), el escenario no consiste en jóvenes versus
ancianos, sino en trabajadores versus pensionistas.
E incluso más
importante es la cantidad de la aportación, que depende del salario y de
la productividad. De la misma manera que ahora el 2% de la población
que trabaja en agricultura produce más alimentos de los que producía el
18% que trabaja en el campo hace cuarenta años, un trabajador dentro de
cuarenta años producirá y contribuirá muchas veces lo que produce y
contribuye un trabajador ahora.
En realidad, el mayor problema que tiene
el sistema de financiación actual de las pensiones no es el
demográfico, sino el laboral, es decir, el escaso porcentaje de puestos
de trabajo, consecuencia, en parte (no de la siempre supuesta rigidez
del mercado laboral) de la escasísima producción de puestos de trabajo
(e incluso más escasa producción de buenos puestos de trabajo) resultado
de un escaso desarrollo de la infraestructura social y humana del país.
Si España tuviera el mismo porcentaje de la población adulta trabajando
en los servicios del Estado del Bienestar que tiene Suecia, España
tendría cinco millones más de puestos de trabajo. Es esta escasez de
puestos de trabajo el problema de las pensiones contributivas, tema que
ni está ni se espera en la citada Comisión.
Es lamentable que la
solución que predeciblemente aparece como más factible sea la reducción
de las prestaciones en lugar de aumentar los recursos para mantenerlas e
incluso expandirlas." (Artículo publicado por Vicenç Navarro en la columna “Pensamiento Crítico” en el diario PÚBLICO, 3 de junio de 2013, en vnavarro.org, 04/06/2013)
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