"La economía mundial aún sufre los efectos de la quiebra de Lehman Brothers cinco años después. (...)
La confusión sobre lo sucedido no se ha despejado del todo. La gran
pregunta es qué habría pasado si se hubiera rescatado a tiempo el banco
dirigido por Dick Fuld, uno de los villanos de la crisis.
Lo más
probable es que las cosas no hubieran sido muy diferentes. La bautizada
como la Gran Recesión ya había comenzado en EE UU en diciembre de 2007,
siete meses antes de la caída de Lehman.
Fue la confluencia de varios
factores la que la produjo: la concesión de préstamos por parte de los
bancos a clientes que no lo merecían, el pobre trabajo de las agencias
que ponen nota a la deuda, una regulación financiera laxa y una serie de
incentivos públicos que animaron a que se prestara y se pidiera
prestado. En otras palabras, el dinero fácil y el aparente exceso de
liquidez hincharon la burbuja durante la expansión hasta explotar.
Si la desregulación financiera es uno de los factores que provocaron
la catástrofe, se puede señalar entonces a varios responsables. El
proceso se inició con el republicano Ronald Reagan, que gobernó en los
años ochenta, aunque fue con el demócrata Bill Clinton, una década
después, cuando se abonó el terreno a los excesos que llevaron a colapso
de Lehman.
Bajo su presidencia murió la Ley Glass-Steagall, que en 1933
había levantado un muro de separación entre la banca de inversión y la
comercial para evitar que se produjera un crash bursátil como el de
1929.
También con Bill Clinton cobraron vida nuevas leyes que desregularon
los contratos de futuros y forzaron a los bancos a conceder préstamos a
propietarios con un pobre historial crediticio. Todo ello sucedió con
Alan Greenspan al frente de la Reserva Federal y fue abrazado después
por George W. Bush. El propio Greenspan admitió más tarde que el error
fue confiar en que los bancos serían capaces de regularse a sí mismos. (...)
Las cuatro mayores firmas financieras de EE UU son hoy un 30% más grandes que antes del colapso de Lehman Brothers. (...)
Pero también dice que la estructura básica del sistema financiero
sigue siendo la misma que antes de la crisis y advierte de los peligros
que ello supone. En otras palabras: es demasiado compleja y los activos
están concentrados en bancos sistémicos, demasiado grandes para caer.
Si la repuesta a unos eventos extraordinarios fue extraordinaria,
también lo fueron las consecuencias. Al hacer balance de la crisis, la
Reserva Federal de Dallas acaba de publicar un estudio en el que revela
que la Gran Recesión va a costar hasta 120.000 dólares a cada familia en
EE UU, lo que equivale a una pérdida de poder adquisitivo de hasta 14
billones de dólares. Es como borrar de un plumazo casi todo el PIB de la
mayor potencia del mundo. (...)
Oficialmente, la Gran Recesión acabó en junio de 2009, aunque en Wall
Street se tocó fondo unos meses antes. Eso, sobre papel. El ciudadano de
la calle lo siente de otra manera. La recesión destruyó 8,7 millones de
empleos en EE UU y el total de parados se disparó a 14,7 millones.
La
tasa de paro alcanzó el 10% en octubre de 2009. Hoy está en el 7,3%, una
mejora que se explica por la caída en la tasa de participación (las
personas dispuestas a trabajar) hasta el 63,2%, su nivel de 1978. Si
estuviera en el 66,5% registrado de media entre 1988 y 2007, según
Moody’s, el paro sería del 11,9%.
Cuatro años después de la recesión,
hay 11,3 millones de parados y 10,6 millones de personas subempleadas
—forzadas a trabajar a tiempo parcial— o que se declaran frustradas con
las perspectivas laborales. (...)
Para las rentas más altas, la crisis pasó mucho antes que para el
ciudadano medio. Los que más tienen fueron los que más se beneficiaron
del repunte de Wall Street, de la mejora del mercado inmobiliario y de
tipos de interés por los suelos, por no dejar de mencionar los
dividendos que reciben por sus inversiones en empresas que vuelven a ser
muy rentables. Los más ricos controlan el 90% del capital que se mueve
en el parqué.
Esa brecha también se ve a escala global. El FMI advierte de que el
desempleo sigue afectando de manera desproporcionada a los jóvenes. Se
calcula que hay aún 200 millones de empleos por recuperar en todo el
mundo, destruidos por la crisis financiera.(...)" (
Sandro Pozzi
, El País, Nueva York
15 SEP 2013 )
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