"¿Caminamos hacia el ascenso de la sociedad de la desigualdad? ¿Se está
produciendo una progresiva normalización, una creciente tolerancia y
quizás una próxima legitimación de las desigualdades sociales? Existen
inquietantes indicios que así parecen anunciarlo (...)
Es un fenómeno bien conocido y casi comúnmente aceptado que, como
consecuencia de la crisis financiera internacional (gran recesión del
crédito privado en 2008-2010 y segunda recesión de la deuda pública en
2011-2013), se ha producido en todo Occidente un extraordinario
incremento de las desigualdades sociales (a diferencia de lo que ocurre
en los países emergentes, que por el contrario están comenzando a
reducirlas y suavizarlas).(...)
Así, la distancia en términos de poder adquisitivo entre una élite cada
vez más rica y unas bases cada vez más pobres está creciendo a gran
velocidad, mientras los instrumentos fiscales de redistribución de la
renta por imposición directa se reducen al mínimo a causa de la caída de
la presión tributaria.
La consecuencia es el enriquecimiento de la
minoría que gestiona la crisis a costa del desclasamiento de la mayoría
de la población. Y aunque un hecho tan brutal choque frontalmente con el
ideal democrático de igualdad entre todos los ciudadanos, este
fortísimo ascenso de la desigualdad es pasivamente aceptado por la
mayoría de la opinión pública, que lo interpreta con resignado fatalismo
como efecto inevitable de una crisis excepcional. (...)
Y la más significativa excepción a esta regla de común aceptación
conformista de las desigualdades sociales es la opuesta por ciertas
minorías activas que oponen fuerte resistencia simbólica en el sur de
Europa, como sucede con el 15M o las mareas blanca y verde que salen en defensa de los servicios públicos de salud y educación.(...)
Pero cuando la modernización entra en su fase de madurez y las clases
medias ya no pueden seguir creciendo, como ha ocurrido ya en Occidente,
la igualdad de oportunidades se convierte en una trampa, pues como ya no
hay puestos privilegiados para todos, cada vez son más los llamados y
menos los escogidos.
Entonces la igualdad de oportunidades ya solo
genera rivalidad y competitividad entre todos los concurrentes, mientras
los perdedores se dejan ganar por el resentimiento y el desclasamiento.
En consecuencia se desata una guerra de todos contra todos solo movidos
por la envidia social y la privación relativa, lo que generaliza el
individualismo posesivo, la privacidad egoísta, las identidades
sectarias, la desconfianza mutua y la polarización conflictiva.
Lo cual
produce como resultado agregado el crecimiento geométrico de unas
desigualdades sociales que acaban por normalizarse y legitimarse en
nombre de la sacrosanta competitividad. Es la pesadilla neoliberal en
que ha degenerado el sueño americano. Y para evitar esa contradicción
insuperable que pervierte la igualdad de oportunidades sólo cabe apostar
por la igualdad de posiciones, tal como recomienda hacer Dubet.
Lo que
exige restaurar la redistribución progresiva de la renta como única
forma de recuperar la cohesión social, la confianza recíproca, la
cooperación solidaria, el aprecio por las identidades comunes y la
participación colectiva en defensa del interés general." (
Enrique Gil Calvo
, El País, 21 OCT 2013)
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