5.11.13

El fortísimo ascenso de la desigualdad es pasivamente aceptado por la mayoría de la opinión pública

"¿Caminamos hacia el ascenso de la sociedad de la desigualdad? ¿Se está produciendo una progresiva normalización, una creciente tolerancia y quizás una próxima legitimación de las desigualdades sociales? Existen inquietantes indicios que así parecen anunciarlo (...)

Es un fenómeno bien conocido y casi comúnmente aceptado que, como consecuencia de la crisis financiera internacional (gran recesión del crédito privado en 2008-2010 y segunda recesión de la deuda pública en 2011-2013), se ha producido en todo Occidente un extraordinario incremento de las desigualdades sociales (a diferencia de lo que ocurre en los países emergentes, que por el contrario están comenzando a reducirlas y suavizarlas).(...)

 Así, la distancia en términos de poder adquisitivo entre una élite cada vez más rica y unas bases cada vez más pobres está creciendo a gran velocidad, mientras los instrumentos fiscales de redistribución de la renta por imposición directa se reducen al mínimo a causa de la caída de la presión tributaria. 

La consecuencia es el enriquecimiento de la minoría que gestiona la crisis a costa del desclasamiento de la mayoría de la población. Y aunque un hecho tan brutal choque frontalmente con el ideal democrático de igualdad entre todos los ciudadanos, este fortísimo ascenso de la desigualdad es pasivamente aceptado por la mayoría de la opinión pública, que lo interpreta con resignado fatalismo como efecto inevitable de una crisis excepcional. (...)

 Y la más significativa excepción a esta regla de común aceptación conformista de las desigualdades sociales es la opuesta por ciertas minorías activas que oponen fuerte resistencia simbólica en el sur de Europa, como sucede con el 15M o las mareas blanca y verde que salen en defensa de los servicios públicos de salud y educación.(...)

 Pero cuando la modernización entra en su fase de madurez y las clases medias ya no pueden seguir creciendo, como ha ocurrido ya en Occidente, la igualdad de oportunidades se convierte en una trampa, pues como ya no hay puestos privilegiados para todos, cada vez son más los llamados y menos los escogidos.

 Entonces la igualdad de oportunidades ya solo genera rivalidad y competitividad entre todos los concurrentes, mientras los perdedores se dejan ganar por el resentimiento y el desclasamiento. En consecuencia se desata una guerra de todos contra todos solo movidos por la envidia social y la privación relativa, lo que generaliza el individualismo posesivo, la privacidad egoísta, las identidades sectarias, la desconfianza mutua y la polarización conflictiva. 

Lo cual produce como resultado agregado el crecimiento geométrico de unas desigualdades sociales que acaban por normalizarse y legitimarse en nombre de la sacrosanta competitividad. Es la pesadilla neoliberal en que ha degenerado el sueño americano. Y para evitar esa contradicción insuperable que pervierte la igualdad de oportunidades sólo cabe apostar por la igualdad de posiciones, tal como recomienda hacer Dubet.

 Lo que exige restaurar la redistribución progresiva de la renta como única forma de recuperar la cohesión social, la confianza recíproca, la cooperación solidaria, el aprecio por las identidades comunes y la participación colectiva en defensa del interés general."               ( , El País, 21 OCT 2013)

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