"Después de la votación de la expulsión de Berlusconi del Senado
existe la gran tentación de cerrar el doble decenio berlusconiano [pues
ha sido cuatro veces presidente del Consejo desde 1994], poniéndolo
entre paréntesis.
Es una tentación que conocemos bien: una vez que la
anomalía se neutraliza, volvemos a la normalidad. Como si la anomalía,
una digresión momentánea, no nos hubiera afectado jamás. (...)
Resulta un alivio saber que ya no será determinante en el Parlamento
ni en el Gobierno. Pero el berlusconismo sigue ahí. Y no será sencillo
desengancharse de esta droga que ha fascinado no sólo a los políticos y a
los partidos, sino también a toda la sociedad.
Digo "la supuesta caída" porque, después de la decadencia, el
berlusconismo perdurará. Esto significa que la batalla continúa también
para los que aspiran a reconstruir la democracia y no sólo a
estabilizarla. Es necesario evaluar por fin los veinte años de
berlusconismo: ¿cómo surgió el berlusconismo, cómo ha podido arraigarse?
Una vez depuesto y una vez que se le han asignado trabajos de
utilidad social, el líder de Forza Italia seguirá disponiendo de dos
armas temibles: un aparato mediático intacto y enormes medios
financieros. Unos medios que resultan mucho más poderosos en tiempos de
vacas flacas. Al no estar presente en el Senado, se comunicará con los
italianos mediante mensajes de vídeo interpuestos.
Pero lo que perdurará sobre todo es la herencia cultural y política:
sus maneras de pensar, de actuar, el "mal del siglo". Sin un profundo
examen de conciencia, esta herencia no dejará de intoxicar a Italia.
Para empezar, los conflictos de interés y las relaciones incestuosas
entre política y mercantilismo: estos dos aspectos persisten como modus
vivendi en el mundo político. La exclusión de Berlusconi no los hace en
ningún caso ilegítimos.
Otra herencia es el hecho de que la política se encuentre totalmente
separada de la moral, incluso opuesta a ella. Es algo que se ha
convertido en una costumbre, en un credo epidémico. (...)
El mito de la sociedad civil es otra herencia de estos dos últimos
decenios. La idea de que el pueblo es mejor que su líder y que sus
veredictos también dominan los tribunales. Por si fuera poco, a la
sociedad civil "a menudo no sólo se la considera como algo distinto al
Estado, sino también como su adversaria, casi como si el Estado
(encarnado por los Gobiernos temporales) fuera por naturaleza el enemigo
del bien común", como afirmaba Salvatore Settis [historiador del arte e
intelectual italiano]. (...)
Esta fórmula tan desfigurada ha encontrado a una serie de imitadores.
La recuperación oligárquica de la sociedad civil (o de los "técnicos")
hace que la política se desacredite cada vez más y se tenga más en
cuenta la cultura de la amoralidad y de la desigualdad.
La mala
educación se convierte en una característica de la élite, que lo único
que pretende es utilizar la política como un elemento para impulsarse,
incluso contra las normas. Y esta élite acaba creando excepciones
permanentes, coincidencias perfectas entre la necesidad, la ausencia de
alternativa y la estabilidad.
Sucede lo mismo con la laicidad. En estos últimos veinte años, ya no
se ha mantenido a raya, sino que se ha aborrecido. El pontificado del
papa Francisco no cambia nada, ya que la Iglesia se beneficia más que
nunca de un prejuicio favorable, incluso sobre cuestiones como la
reforma de la Iglesia prometida por el nuevo papa. Las batallas laicas
difícilmente ocuparán un lugar en una Italia política que se enorgullece
de su dependencia con respecto al Vaticano.
Y luego está Europa. El relato de su caída en 2011 es un concentrado
de astucia: acusa a la Unión Europea, a Alemania, a Francia. De nuevo,
con proezas demagógicas, señala el mayor defecto de los italianos: "la
Italia esclava" denunciada por Dante [Purgatorio, canto VI].
No, no hemos acabado con el berlusconismo, porque la sociedad está
inmersa en la corrupción. Únicamente saldremos de estos veinte años de
amoralidad, de inmoralidad y de desigualdad si nos miramos en el espejo y
vemos nuestra propia imagen detrás del monstruo. La guerra civil y la
política de emergencia dirigida por Berlusconi ha bloqueado el
crecimiento civil y económico de nuestro país. Se ha sacrificado a una
generación entera sobre el altar de la falsa estabilidad." (Barbara Spinelli , Presseurop, 28 noviembre 2013, La Repubblica
Roma)
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