2.12.13

Un desahucio cada 15 minutos...

"Aún no hay datos definitivos sobre el número de desahucios. Las cifras más fiables, las del Colegio de Registradores, hablan de 30.034 en el 2012. Un desahucio cada 15 minutos. (...)

La notaría de José Ignacio Navas se llenaba de gente desde primera hora de la mañana. Si llegaba pasadas las 9.00, ni siquiera le daba tiempo a llegar al despacho. Dejaba la cartera en la recepción y comenzaba a atender a los clientes que se agolpaban en el pasillo. 

Eran parejas jóvenes, trabajadores sin muchos ahorros pero con un salario fijo. Venían acompañados de sus familias, padres, abuelos y hermanos, cualquiera que pudiera avalar la compra de la preciada vivienda.

Así era la vida a finales de los 90 en esta notaría del municipio madrileño de Fuenlabrada, y así continuó durante buena parte de los años 2000. Los clientes entraban sin nada y se iban con una casa y una deuda de más de 30 años.

 La habitación tiene unos enormes ventanales desde los que se divisa una silueta reconocible en muchos otros municipios de Madrid: edificios de ladrillo visto, toldos verdes, plazas de granito sin muchos árboles y urbanizaciones a las que se accede tras pasar por decenas de rotondas. Esos lugares, a veces demasiado impersonales, eran hasta hace poco el sueño de miles de españoles. (...)

Les aconsejaba también que, si aquello llegaba a ocurrir, era mejor malvender la casa. "Antes de que os ejecuten", les decía yo. “Si no malvendes se va a quedar el banco con el 50% del valor de la casa y vas a deber dinero. Y eso supone la muerte civil porque nadie te va a querer dar un crédito, ni un teléfono, ni vas a poder abrir una cuenta...”. (...)

Para entonces ya había demasiados acuerdos previos. No se iban a romper porque un notario manifestara sus dudas. Y eso que Navas era una excepción. Muchos compradores recuerdan que su notario jamás les advirtió de nada. Otros incluso toleraban las ilegalidades que se cometían en su notaría. 

No hace falta poner ejemplos con nombres y apellidos; era una práctica habitual que en un momento de la transacción, los notarios se ausentaran durante unos minutos y que los compradores dieran en un sobre con dinero en negro parte del precio del piso. Navas censura esas prácticas e insiste en las advertencias que hacía a los compradores. 

“Sinceramente, creo que yo sí lo hacía. Pero la gente solo decía gracias. Es usted muy simpático. Y firmaban. Es normal”, dice Navas. “Ya estaba todo hecho. Su sueño de una casa, al alcance de una firma”. (...)

Unos años antes, Esteban Callejo Castro había decidido dejar los estudios y empezar a trabajar en la construcción. Tenía entonces 17 años. Sus padres, amigos y la gente de su entorno le aconsejaron que siguiera estudiando pero Esteban estaba ya decidido a emplearse en la constructora de su tío como peón de albañil.

 “Mis padres me compraron los libros en un intento de quitarme la idea de la cabeza, pero les dije que solo iba a ser para pasearlos. Cuando eres joven eres inmaduro y no te gusta que nadie te ponga normas. Y un chaval joven se vuelve loco con cuatro perras”, comenta Esteban junto a su mujer.

Poner tejas de sol a sol era un trabajo duro, pero a los 17 años tenía su recompensa. Esteban se vio con dinero; fue el primero de sus amigos que se compró una moto, el primero que se compró el coche, y también el primero que adquirió una vivienda, en el año 2003.

 Había ascendido y llegado a ser oficial de segunda. Ganaba unos 1.500 euros. “Vivíamos muy bien”, dice su mujer, “entonces parecía un trabajo seguro. Aunque a veces pensábamos que no era lógico lo que pasaba. Las casas se vendían todas antes de estar construidas; 80 millones por un piso en cualquier zona. No podía ser". (...)

n esos años, empezaron a llegarle a Esteban las primeras propuestas para que dejara de ser albañil y se convirtiera en empresario de la construcción. Esta vez fue mucho más cauto y no aceptó. “No sé muy bien por qué. Estaba bien con mi trabajo, mis pagas extras y mis 30 días de vacaciones. Pensé que meterme yo en los negocios solo iba a darme quebraderos de cabeza”, recuerda. Otros sí lo hicieron.

Algunos compañeros suyos se hicieron empresarios.

Les fue bien durante un tiempo. Se compraron chalés lujosos, cochazos. Hasta que la burbuja estalló. “Esos fueron los primeros en perderlo todo, estaban entrampados”, dice Esteban.

Miriam y él relatan lo duro que ha sido ir viendo cómo todo se venía abajo. Primero Esteban perdió 200 euros en su salario, luego llegó otra bajada, luego otra. En 2011, los jefes les reunieron para decirles una de esas frases que se han quedado en el archivo colectivo de la crisis: hay que hacer más con menos.

 “Había mucha competencia. Te decían: tienes que terminar este tejado en un mes. Y si venía otro y lo hacía en 23 días te quitaba el trabajo”, recuerda. (...)"     (Por Mónica Ceberio, Álvaro de Cozar, El País, En la calle)

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