"(...) Lo que entonces se sospechaba —Maciel no era, ni mucho menos, la única
manzana podrida— ha resultado después confirmado con creces. Hace apenas
un mes, el vicario general, Silvester Heereman, admitió públicamente
que 35 sacerdotes de la Legión habían sido acusados de pederastia, de
los que de nueve —entre los que incluía a Maciel— ya se tiene constancia
de culpabilidad.
Eso sí, ninguno ha sido puesto por la congregación a
disposición de la justicia. Como tampoco, en su día, fue denunciado
Marcial Maciel.
Juan Pablo II encumbró primero y protegió después al sacerdote
mexicano y, si bien Benedicto XVI lo castigó en 2006 —solo un año
después de ser elegido Papa— apartándolo del ministerio sacerdotal, le
evitó un proceso canónico, y no digamos judicial, en atención a su
estado de salud y a su avanzada edad.
Maciel murió en Estados Unidos y fue enterrado en México en 2008 y,
pese a que empiezan a sucederse las noticias evidentes de las conductas
delictivas de Maciel y del silencio cómplice de sus colaboradores, no
fue hasta 2010 cuando Joseph Ratzinger ordenó el proceso de revisión de
las constituciones de la congregación.
Pero, hasta en eso, el Papa que renunció se quedó a la mitad. Encargó
el cometido al cardenal legionario Velasio De Paolis, antiguo
responsable de las finanzas vaticanas, tan bien surtidas por Maciel en
sus años de inmenso poder. No fue hasta 2010 que —a la fuerza ahorcan—
la organización admitió los delitos del fundador, y en 2012 asumió que
los abusos eran generalizados.
En un comunicado reconoció que, “desde
hace unos años, responsables de los Legionarios de Cristo recibieron en
algunos países denuncias de actos gravemente inmorales y más
infracciones serias cometidas por algunos legionarios”.
Demasiado tiempo de silencio y complicidad. Un túnel muy oscuro que,
hace solo unos días y por sorpresa, admitió públicamente Juan María
Sabadell, un sacerdote español destinado en Roma y que es uno de los 61
padres capitulares que deben decidir estos días el futuro de la Legión.
El padre Sabadell pide perdón a “las víctimas de abusos físicos y
morales” desde la fundación de la Congregación por “no haberles creído”
cuando se quejaban, por haberlos llamado “resentidos” o “calumniadores”,
por sumarse al silencio institucional: “Preferí defender la propia
reputación de la familia legionaria y con ello añadía injuria y
difamación a la herida todavía abierta. Que me perdonen por mi falta de
compasión”.
Sabadell no solo pide perdón a las víctimas “conocidas y públicas”,
sino también “a aquellas que siguen bregando desde el dolor de su
anonimato”. (El País, 08/01/2014)
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