"(...) La financiación mediante transferencias del centro ha creado incentivos
perversos en los gobiernos autonómicos, incitando al despilfarro. (...)
La irresponsabilidad fiscal es “un” problema pero no es “el” problema de las autonomías en España. Las
deficiencias del sistema territorial español son mucho más complejas,
con profundas raíces en el vigente sistema institucional.
Poner
en duda el dogma de las autonomías constituye un avance muy loable.
Pero falta todavía un trecho hasta aceptar que el desastre territorial
no es más que un reflejo del deficiente diseño del Régimen de 1978. Y
que su resolución sólo puede pasar por una profunda reforma del sistema
político.
Aunque
inédito en España, el debate sobre la descentralización es bastante
antiguo. Sus defensores argumentaron desde el inicio que se trataba de
una vía para combinar las ventajas de un país grande con las de un país
pequeño. Para disponer de un gran territorio, de un gran mercado, sin
renunciar a la cercanía entre gobernante y gobernado.
Para preservar esa
capacidad de los votantes de vigilar y controlar de cerca a sus
dirigentes y representantes. Esa idea clásica de que la democracia se
perfecciona en ámbitos reducidos. Como la polis griega.
El ideal descentralizador cristaliza en el siglo XX con una teoría
económica que contempla entes regionales, controlados de cerca por los
votantes, capaces de adaptar los servicios públicos a las preferencias
locales.(...)
En contra de lo previsto, la descentralización generaba en
otras latitudes más corrupción, creciente ineficiencia, nuevas barreras a
la competencia, una administración hipertrofiada y muy
intervencionista, inestabilidad presupuestaria e, incluso, menos crecimiento. ¡Qué contrariedad! Ahora se descubría que el resultado final dependía crucialmente de las instituciones imperantes de un país.
Que los mecanismos de control de una democracia solo se perfeccionan en
el ámbito regional allí donde ya eran eficaces en la política nacional.
Y que los defectos se reproducían a escala local, sustancialmente
agravados. La democracia podía mejorar en unidades más pequeñas… o
acabar de corromperse hasta extremos impensables. Todo dependía del
marco institucional.
Dentro
del sistema político español, sin mecanismos eficaces de control del
poder, una descentralización improvisada y caótica no podía llevar a
buen puerto. Los vicios se trasladaron al ámbito autonómico y engordaron
con celeridad. Para los políticos, era más sencillo dominar los medios
de comunicación en espacios más pequeños.
Y, para los votantes, más
complicada la supervisión de los gobernantes cuando se solapaban
competencias de varios escalones administrativos. El clientelismo, los
privilegios, la corrupción, el reparto de rentas, la excesiva regulación
o las trabas a la competencia alcanzaron cotas desconocidas. Un caciquismo de nuevo cuño que creaba nuevos problemas sin resolver los antiguos. (...)
Los ajustes incrementales, las medidas puntuales, sirven para mejorar sistemas que funcionan aceptablemente. Sin embargo, un régimen basado en el intercambio de favores, desde la cúspide a la base, y sometido a una poderosa inercia, solo puede transformarse mediante una profunda reforma política que instaure los controles, la separación efectiva de poderes y la representación directa.
Y permita la existencia de una prensa libre e independiente del poder. Una reforma que establezca un criterio de reparto
de competencias entre territoriales basado en la eficiencia en la
prestación del servicio, no en los intereses de las élites locales.
Y
que fije límites a la capacidad normativa de las autonomías para evitar
trabas y exceso de regulación, salvaguardando la unidad de mercado. (...)" ('¿Solución al problema autonómico?', de Juan Manuel Blanco en vozpopuli.com, en Caffe Reggio, 22/01/2014)
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