6.1.14

Los gobiernos tienen dos opciones: deja de pagar los servicios públicos y reducir el gasto público (austeridad) o dejar de pagar a los tenedores de bonos

"(...) “salir de nuestra horrorosa unión monetaria no nos devolverá, ni siquiera a largo plazo, adonde habríamos estado si en principio nos hubiéramos quedado fuera”. Una vez dentro, puede que la huida “empuje a nuestras tambaleantes economías por un escarpado acantilado. Sobre todo si se hace descoordinadamente, país por país”. 

¿Por qué? Porque “a diferencia de Argentina en 2002 o Gran Bretaña en 1931, salir de la eurozona no es sólo cuestión de romper el ajuste entre nuestra propia moneda y otra extranjera. No tenemos una moneda con la que desacoplarnos”. 

Se tendría que crear necesariamente “una moneda (una tarea que lleva como mínimo de 8 a 10 meses completar) con el fin de desacoplarla o devaluarla”. Ese retraso entre el anuncio de una devaluación y su efectivo cumplimiento “bastarían para devolver nuestras economías a la Edad de Piedra”.(...)

 LC recuerda el comentario del ex ministro Tremonti: una vez escritas las reglas de Maastricht, Jacques Attali, uno de sus autores, comentó: “las hemos escrito de tal manera que nadie pueda intentar salir de la moneda única”. 

Después de 12 años de todo aquello, y visto que la moneda única, con todo lo que implica de carnicería social, “se defiende con la fuerza pública y con el chantaje, la pregunta planteada anteriormente parece no sólo necesaria son apremiante” en su más que razonable opinión. 

En términos sencillos, resume así el estado de la cuestión el gran clasicista italiano: “es indispensable que renazca una izquierda, aun cuando esto corra el riesgo de suceder (si sucede) en el peor contexto posible…

 Puesto que el problema más grave urgente es cómo salir vivos de la trampa del euro y de los “parámetros de Maastricht”, es evidente que un eventual resurgir de la izquierda debería cimentarse sobre este difícil terreno, proponer soluciones factibles, luchar por llevarlas a cabo”. (...)

“La crisis de la eurozona tiene muchos aspectos, pero es también sin duda una crisis de deuda”. En esta parte del libro, se analizan “las fuentes, la naturaleza y las razones de la acumulación de deuda en la eurozona, especialmente después del comienzo de la crisis financiera global”. 

Se argumenta subsecuentemente que, ante una enorme y creciente montaña de deuda, “los gobiernos tienen dos opciones: deja de pagar los servicios públicos y reducir el gasto público (austeridad) o dejar de pagar a los tenedores de bonos.

 La última alternativa significa el impago, que además podría producirse según las condiciones dictadas por el acreedor o el deudor” (p. 115). No hace falta indicar la opción tomada -o la que han sido obligados a tomar- por la mayoría de los gobiernos europeos.

Sobre la situación actual y las apuestas de las clases dirigentes europeas se señala al final del primer capítulo: “No hay señalas de que los capitalistas de los países periféricos sean capaces de tal actuación. Se trata de una tarea especialmente complicada debido a que dichos países normalmente tienen estructuras productivas de tecnología intermedia, mientras que los salarios reales está por encima de sus competidores en Asia y otros lugares”.

 Por consiguiente, existe el riesgo de que una salida conservadora de la situación sumada a una (neo) liberación conduzca “a un estancamiento prolongado acompañado de episodios de inflación, devaluaciones sucesivas y una lenta erosión de las rentas del trabajo. De ahí que, en la periferia, las clases dirigentes hayan preferido por lo general la opción de permanecer en la eurozona y trasladar los costes a los trabajadores” (p. 109). 

La salida progresista de la zona euro –“una salida sujeta a una reestructuración drástica de la economía y la sociedad”- es vista en los siguientes términos (una opción que no se niega que por supuesto supondría un importante choque económico): “se produciría una devaluación, la cual descargaría parte de la presión del ajuste al mejorar la balanza comercial, pero también dificultaría sobremanera el hacer frente a la deuda exterior”. 

Serían, por todo ello, necesarias la suspensión de pagos y la reestructuración de la deuda. “El acceso a los mercados internacionales se volvería extraordinariamente complicado. Los bancos se encontrarían bajo una fuerte presión y teniendo que hacer frente a la quiebra. La cuestión es, sin embargo, que estos problemas no tienen que ser afrontados de la habitual manera conservadora” (p. 110). 

Y no, claro está, no tienen por qué serlo. “La combinación de banca pública y controles sobre la cuenta de capital plantearía inmediatamente la cuestión de la propiedad pública sobre áreas de la economía. Los puntos débiles subyacentes a la productividad y la competitividad amenazan ya la viabilidad de sectores completos de actividad económica en los países periféricos”. 

La propiedad pública, una vieja identidad de la izquierda transformadora no cooptada por el neoliberalismo, sería necesaria para evitar el colapso. “Los ámbitos específicos que se colocarían bajo propiedad pública e incluso la forma que esta tomaría dependerían de las características de cada país. Pero los servicios públicos, el transporte, la energía y las telecomunicaciones serían los principales candidatos, por lo menos con el fin de respaldar al resto de la actividad económica” (p. 111).(...)"          (Reseña del libro de Costas Lapavitsas, Crisis en la eurozona, Rebalión, 04/01/2014)

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