"(...) “salir de nuestra horrorosa unión monetaria no nos devolverá, ni
siquiera a largo plazo, adonde habríamos estado si en principio nos
hubiéramos quedado fuera”. Una vez dentro, puede que la huida “empuje a
nuestras tambaleantes economías por un escarpado acantilado. Sobre todo
si se hace descoordinadamente, país por país”.
¿Por qué? Porque “a
diferencia de Argentina en 2002 o Gran Bretaña en 1931, salir de la
eurozona no es sólo cuestión de romper el ajuste entre nuestra propia
moneda y otra extranjera. No tenemos una moneda con la que
desacoplarnos”.
Se tendría que crear necesariamente “una moneda (una
tarea que lleva como mínimo de 8 a 10 meses completar) con el fin de
desacoplarla o devaluarla”. Ese retraso entre el anuncio de una
devaluación y su efectivo cumplimiento “bastarían para devolver nuestras
economías a la Edad de Piedra”.(...)
LC recuerda el comentario del ex ministro Tremonti: una vez escritas
las reglas de Maastricht, Jacques Attali, uno de sus autores, comentó:
“las hemos escrito de tal manera que nadie pueda intentar salir de la
moneda única”.
Después de 12 años de todo aquello, y visto que la moneda
única, con todo lo que implica de carnicería social, “se defiende con
la fuerza pública y con el chantaje, la pregunta planteada anteriormente
parece no sólo necesaria son apremiante” en su más que razonable
opinión.
En términos sencillos, resume así el estado de la
cuestión el gran clasicista italiano: “es indispensable que renazca una
izquierda, aun cuando esto corra el riesgo de suceder (si sucede) en el
peor contexto posible…
Puesto que el problema más grave urgente es cómo
salir vivos de la trampa del euro y de los “parámetros de Maastricht”,
es evidente que un eventual resurgir de la izquierda debería cimentarse
sobre este difícil terreno, proponer soluciones factibles, luchar por
llevarlas a cabo”. (...)
“La crisis de la eurozona tiene muchos aspectos, pero es también sin
duda una crisis de deuda”. En esta parte del libro, se analizan “las
fuentes, la naturaleza y las razones de la acumulación de deuda en la
eurozona, especialmente después del comienzo de la crisis financiera
global”.
Se argumenta subsecuentemente que, ante una enorme y creciente
montaña de deuda, “los gobiernos tienen dos opciones: deja de pagar los
servicios públicos y reducir el gasto público (austeridad) o dejar de
pagar a los tenedores de bonos.
La última alternativa significa el
impago, que además podría producirse según las condiciones dictadas por
el acreedor o el deudor” (p. 115). No hace falta indicar la opción
tomada -o la que han sido obligados a tomar- por la mayoría de los
gobiernos europeos.
Sobre la situación actual y las apuestas de
las clases dirigentes europeas se señala al final del primer capítulo:
“No hay señalas de que los capitalistas de los países periféricos sean
capaces de tal actuación. Se trata de una tarea especialmente complicada
debido a que dichos países normalmente tienen estructuras productivas
de tecnología intermedia, mientras que los salarios reales está por
encima de sus competidores en Asia y otros lugares”.
Por consiguiente,
existe el riesgo de que una salida conservadora de la situación sumada a
una (neo) liberación conduzca “a un estancamiento prolongado acompañado
de episodios de inflación, devaluaciones sucesivas y una lenta erosión
de las rentas del trabajo. De ahí que, en la periferia, las clases
dirigentes hayan preferido por lo general la opción de permanecer en la
eurozona y trasladar los costes a los trabajadores” (p. 109).
La salida progresista de la zona euro –“una salida sujeta a una
reestructuración drástica de la economía y la sociedad”- es vista en los
siguientes términos (una opción que no se niega que por supuesto
supondría un importante choque económico): “se produciría una
devaluación, la cual descargaría parte de la presión del ajuste al
mejorar la balanza comercial, pero también dificultaría sobremanera el
hacer frente a la deuda exterior”.
Serían, por todo ello, necesarias la
suspensión de pagos y la reestructuración de la deuda. “El acceso a los
mercados internacionales se volvería extraordinariamente complicado. Los
bancos se encontrarían bajo una fuerte presión y teniendo que hacer
frente a la quiebra. La cuestión es, sin embargo, que estos problemas no
tienen que ser afrontados de la habitual manera conservadora” (p. 110).
Y no, claro está, no tienen por qué serlo. “La combinación de
banca pública y controles sobre la cuenta de capital plantearía
inmediatamente la cuestión de la propiedad pública sobre áreas de la
economía. Los puntos débiles subyacentes a la productividad y la
competitividad amenazan ya la viabilidad de sectores completos de
actividad económica en los países periféricos”.
La propiedad pública,
una vieja identidad de la izquierda transformadora no cooptada por el
neoliberalismo, sería necesaria para evitar el colapso. “Los ámbitos
específicos que se colocarían bajo propiedad pública e incluso la forma
que esta tomaría dependerían de las características de cada país. Pero
los servicios públicos, el transporte, la energía y las
telecomunicaciones serían los principales candidatos, por lo menos con
el fin de respaldar al resto de la actividad económica” (p. 111).(...)" (Reseña del libro de Costas Lapavitsas, Crisis en la eurozona, Rebalión, 04/01/2014)
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