"En el mes de diciembre de 2008, el gobierno ecuatoriano declaró una
cesación de pagos respecto a un tercera parte de su deuda pública
externa, al considerarse esta ilegítima e ilegal.
Este default,
desencadenó una serie de acontecimientos que permitieron al gobierno
reducir el peso del servicio de la deuda externa; tanto en flujos de
millones de dólares, como en términos de la influencia y condicionalidad
ligadas a estos bajo los auspicios del Fondo Monetario Internacional
(FMI) y el Banco Mundial (BM). (...)
Esta decisión no fue una ocurrencia del presidente Rafael Correa, sino
que recogía una de las demandas principales de los movimientos sociales
del país que habían estado fuertemente movilizados en los años
precedentes. El primer paso decisivo de estos había sido desmitificar el
moralismo falaz en el imaginario colectivo de que “las deudas hay que
pagarlas”.
En primer lugar, porque tal planteamiento es empíricamente
erróneo desde una perspectiva histórica que revela una larga lista de
impagos soberanos. En segundo lugar, porque no tiene ningún fundamento
material, en el sentido de que las relaciones deudores-acreedores no se
rigen por ley divina, sino que la deuda es una relación social, y como
tal está atravesada por relaciones de poder que hay que deconstruir para
poder desvelar su verdadera naturaleza.
Así, la Comisión para la Auditoría Integral del Crédito Público
(CAIC), que estudió en detalle los componentes de la deuda pública
ecuatoriana por encargo del gobierno, llegó a la conclusión de que el
endeudamiento público había derivado en “una herramienta de saqueo de
recursos y de sumisión a políticas impuestas por los organismos
multilaterales”, una “injerencia en asuntos internos del país con la
consecuente lesión a la soberanía” que había “redundado en un freno
impuesto al desarrollo”.
El default de los bonos provocó una caída de su precio en los
mercados secundarios de deuda pública, en los que se compran y venden
“papeles” que dan derecho a ser receptor de una parte de los pagos de
deuda del gobierno. Como el gobierno se había negado a pagar, estos
rápidamente perdieron su valor.
Esto permitió al gobierno ecuatoriano
recomprarlos posteriormente a un coste mucho menor, ofreciendo a los
acreedores pagar por los bonos un 35% de su valor nominal. Eso es, el
gobierno pagó 35$ por cada 100$, más intereses, de deuda, que habría
tenido que pagar si no llega a inculcarles suficiente miedo a los
acreedores de que si no aceptaban esta oferta, no iban a recibir ni un
céntimo.
De esta forma, el gobierno sí acabó pagando una deuda que había
tildado de ilegítima, aunque a un costo mucho menor. Este “pragmático”
rechazo matizado a una parte concreta de su deuda externa, junto con el
riguroso cumplimiento del resto de pagos de deuda, enfureció al gran
capital, pero no le ha supuesto estar en la lista negra para siempre.
Las agencias calificadoras de deuda soberana, como Moody’s o Fitch, le pusieron en el año 2012 el mismo rating que tenía en el período previo al default. La
prima de riesgo del país también siguió una evolución similar. El
cortoplacismo de los mercados de capital tiene la ventaja de que pronto
olvida las insumisiones puntuales.
La operación permitió la reducción en un 27% del saldo de la deuda
pública externa, y al año siguiente el gobierno ya se ahorraba casi un
50% en el pago de intereses. De esta forma pudo destinar recursos, que
anteriormente iban a los bolsillos de los acreedores, a financiar gasto
público en programas sociales. (...)
Habiendo roto relaciones con el FMI y el BM, y con la prima de riesgo en
los mercados internacionales de capital inicialmente por las nubes, el
gobierno tuvo que buscar nuevas fuentes de financiación externa. Casi el
70% de la nueva deuda pública externa contratada tras el default
proviene de China.
El crédito chino viene sin las detestadas
condicionalidades del endeudamiento pasado. Eso sí, tampoco llega a
cambio de nada, sino que está a menudo ligado a proyectos en los
sectores extractivos (petróleo y minería) y con un porcentaje de su
ejecución reservada para empresas chinas. (...)
Del Ecuador al Estado español hay un gran salto. Hay grandes
diferencias en el tamaño y características de cada economía y existe un
corsé supra-nacional con el Euro y la Unión Europea, para empezar.
Pero
el caso ecuatoriano apunta a la posibilidad de desafiar a los grandes
poderes fácticos y salir airosos de la contienda, a que los pronósticos
apocalípticos ligados a este tipo de actos de desobediencia son más
chantajes interesados que previsiones económicas rigurosas.
También revela que la deuda es un lazo que une a todo un entramado
institucional. Cortar el lazo conlleva cambios a todos los niveles,
desde cómo se gestiona y regula la economía hasta por qué tipo de
relaciones internacionales se opta. Requiere de un paso valiente hacia
una nueva institucionalidad aún por construir y llena de interrogantes. (...)" (Lorenzo Vidal, Econonuestra, 19/12/2013)
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