"(...) En la prensa alemana se lee que en el referéndum de Suiza, “ha ganado
la estrechez de miras y la cerrazón” y ha perdido, “la tolerancia y la
justicia”. La canciller Merkel ve “importantes problemas”. En Bruselas
se enfadan, congelan acuerdos y amenazan con represalias.
Nadie parece ser consciente del espejo que ese referéndum, en el que
indudablemente la derecha suiza ha capitalizado un resentimiento
nacional hacia ciertos deterioros, ofrece a toda Europa y en primer
lugar a Alemania. (...)
El dato central de la emigración en Suiza es su importancia, muy
superior a la de los grandes países europeos: De los casi 8 millones de
habitantes de Suiza, 1,8 millones son emigrantes.
En Suiza hay un 23% de
emigrantes, tres veces más que en Alemania donde representan un 8,2% de
la población. En el cantón suizo de Tessino, de 300.000 habitantes,
cada día vienen a trabajar 60.000 “frontalieri”. Traducido al alemán es
como si cada día vinieran a trabajar a Baviera 2,5 millones de checos.
A pesar de la enorme diferencia de magnitud, la derecha alemana se
declara inspirada por el referéndum suizo: tanto representantes de la
CSU bávara como de los euroescépticos de Alternative für Deutschland, dicen querer seguir su ejemplo. (...)
Al lado de la realidad suiza, la histeria que se ha organizado en
Alemania alrededor del supuesto “turismo social” de rumanos y búlgaros,
es notable. Desde que los ciudadanos de esos dos países pueden circular
libremente, “en Alemania no ha habido un gran incremento del flujo ni se
espera”, dicen en el consulado rumano de Berlín.
Los rumanos y búlgaros
que vienen a Alemania tienen mayor formación que el alemán medio (un
19% con estudios universitarios, frente al 14% alemán) y su peso entre
los receptores de ayuda social es ridículo: un 0,7%.
No solo Alemania, sino Europa entera achaca a Suiza lo que ella misma
practica, y con una brutalidad bien cruda, con los extracomunitarios, e
incluso con los pobres del maltrecho club continental cada vez más
dividido en categorías.
El problema que contiene el referéndum contra la emigración de Suiza
supera con creces la cuestión del denostado “populismo” y apunta hacia
algo mucho más profundo. Privada o mermada en su estado social, que era
la base de su consenso civil, y convirtiéndose a marchas forzadas en un
club oligárquico y autoritario con cada vez más desigualdades (entre
sectores sociales y entre países), Europa se agrieta y pierde su base
social.
Con más explotación y más desigualdad Europa, simplemente, no
vale la pena. Lástima, porque la integración de sus naciones era un buen
paliativo para su histórica agresividad dominadora, por lo menos de
puertas adentro.
Ante el retroceso del bienestar que la crisis introduce, los
ciudadanos redescubren sus estados nacionales como retaguardia. El
resultado es algo parecido a esa vulgar expresión que la vicesecretaria
de Estado norteamericana, Victoria Nuland, dedicó a Bruselas/Berlín por
no contribuir lo suficiente al cambio de régimen en Ucrania: “Fuck the EU”.
Eso es lo que han dicho los suizos, han mandado a hacer puñetas a la
UE, pero sobre todo es lo que está en el ambiente en muchos países de
Europa, un descontento que seguramente irá a más y que a falta de
alternativas sociales y democratizantes desagua casi exclusivamente
hacia la derecha política.
Polonia tiene problemas con la política medioambiental europea,
Alemania quiere abrir su mercado de trabajo restrictivamente solo a la
mano de obra cualificada y al final se verá tentada por crear su Kerneuropa, un club de países pata negra, en la Europa del sur se querrá renegociar la deuda, en el Reino Unido el “Fuck the EU”
es programa político idiomáticamente literal…
Todo el mundo quiere
cambiar los torcidos contratos de un club y una moneda que tienden a ser
vistos como vacas sagradas a las que hay que sacrificar el nivel de
vida.
En su torre de marfil los señores de Bruselas y Berlín, parecen
ignorar que el “proyecto europeo” se va al garete desde el mismo momento
en el que las solidaridades (o aparentes solidaridades) y bienestares
que contenía su promesa se han disuelto.
El primero en decir el “Fuck the EU” fue el propio gobierno
alemán, al cerrarse en banda en el otoño de 2008 a cualquier solución
solidaria del desbarajuste bancario-financiero. En lugar de eso se optó
por una estrategia nacional-oligárquica para que la banca, en primer
lugar alemana y francesa, cobrara íntegramente sus deudas a costa de
las clases medias y bajas.
Deudas contraídas financiando estúpidas
especulaciones -en el caso del ladrillo de España, Estados Unidos o
Irlanda- con los enormes capitales del excedente comercial exportador,
logrado a su vez, en gran parte, con una tacañería salarial que
desestabilizó a los socios. (...)" (Rafael Poch, La Vanguardia, en Rebelión, 18/02/2014)
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