"En una de mis clases de esta semana un alumno del programa europeo
Erasmus me hizo esta pregunta: ¿cuál es la causa de que la economía
española sea la que más rescates está haciendo, no solo de bancos, sino
de empresas privadas de infraestructuras, concesionarias de autopistas y
constructoras? La pregunta tiene sentido.
En principio, la crisis, por sí sola, no tendría por qué llevar a que
el sector público tuviese que salir al rescate de muchas de estas
empresas que han entrado en situación de insolvencia, de la misma forma
que no se rescatan empresas de otros sectores que también lo están
pasando mal. Debe haber algún rasgo específico en estas actividades.
Antes de buscar una respuesta, parémonos en las consecuencias.
Los recursos públicos usados para esta misión no pueden ser
utilizados en usos alternativos más útiles. En la medida en que pasan a
engrosar la deuda pública, los rescates son a la vez una carga y una
sanguijuela para los ciudadanos.
Una carga que pesa y pesará sobre las
condiciones de vida de muchos ciudadanos, especialmente las generaciones
más jóvenes, obligados a pagar más impuestos. Y una sanguijuela, porque
drena recursos para la sanidad, las pensiones y otros servicios
sociales. Además, obstaculiza la capacidad de innovación y crecimiento
de la economía y, por tanto, la creación de empleo.
¿Qué justificación hay para estos rescates tan onerosos para los ciudadanos y la economía?
En este caso, la justificación de los rescates de concesionarias de
obra pública, autopistas, aeropuertos o plantas de energías renovables
no viene, como en el caso de los bancos, de la existencia de un riesgo
sistémico.
¿De dónde, entonces? De la existencia de compromisos
adquiridos por las diferentes Administraciones públicas en los contratos
público-privados para la construcción y gestión privada de
infraestructuras públicas, para la inversión en determinados activos,
como energías renovables, y la gestión de servicios públicos.
Compromisos ocultos, desconocidos por los contribuyentes, en forma de
garantías de cobertura de ingresos, concesión de avales y otro tipo. (...)
¿A qué se debe este exceso? A la mayor cuantía y variedad de las
garantías ofrecidas por las Administraciones públicas a los inversores,
constructores y proveedores privados de infraestructuras de uso público y
a la inversión en activos productivos como los mencionados.
En muchos casos los contratos de concesión establecen, con diferentes
métodos regulatorios, el compromiso público de pagar toda la inversión
realizada, responda o no a las necesidades del tráfico económico y a las
de los ciudadanos, o la garantía de que si las previsiones de ingresos
estipuladas en los contratos de concesión no se cumpliesen, las
Administraciones públicas saldrían al rescate. (...)
Este exceso de inversión no es desconocido para los economistas. De
hecho, se le conoce como efecto Averch Johnson, dos economistas que en
los años setenta estudiaron el comportamiento inversor de empresas
públicas y monopolios privados de servicios públicos a los que la
Administración les garantizaba unos más que razonables rendimientos para
la inversión. Comprobaron que el resultado era expandir el volumen de
inversión al margen de las necesidades o la demanda de esos servicios.
Un esquema de este tipo inevitablemente da lugar a la aparición de
amistades peligrosas entre política y negocios; entre políticos,
constructores y buscadores de rentas. El resultado ha sido la aparición
de un capitalismo concesional y rentista.
Un capitalismo sin riesgo. Un
ejemplo es el actual sistema eléctrico español, que en muchos sentidos
ha dejado de ser una actividad industrial para convertirse en un negocio
financiero orientado a la extracción de rentas. (...)" (
Antón Costas
, El País, 23 FEB 2014 )
No hay comentarios:
Publicar un comentario