"Desde que los países de la periferia europea comenzaron a sufrir en
mayor grado que los países del centro las repercusiones de la crisis
económica, los dirigentes europeos comenzaron a –digámoslo claramente–
imponer una serie de políticas económicas sobre estos países del sur con
la –al menos teórica– intención de reactivar sus economías.
Una de
estas recetas consiste en acometer una estrategia de devaluación
interna. Es decir, los países del sur deben abaratar como sea los
productos y servicios que venden en el extranjero, de forma que estos se
hagan más atractivos y por lo tanto se puedan obtener mayores ingresos a
través de su venta en el exterior. (...)
Los que defienden este tipo de propuestas siempre mencionan el caso
alemán. Nos dicen que Alemania realizó en los primeros años de este
siglo una serie de reformas que impidieron el ascenso de los salarios, y
por eso logró aumentar tanto las ventas de productos en el extranjero.
Esta moderación salarial efectivamente ocurrió, pero lo que nunca
mencionan es que fundamentalmente se dio en el sector servicios,
mientras que en la industria los salarios crecieron prácticamente al
mismo ritmo que el resto de países europeos, incluyendo a España. Y esto
es importante tenerlo en cuenta porque precisamente la mayor parte de
productos que vende cualquier país son productos industriales.
De hecho, en la rama industrial de tecnología media-baja (compuesta
por vehículos de motor, maquinaria y químicos) los salarios alemanes
crecieron a un ritmo superior (3,5% cada año) al de los salarios
españoles (3,2%) durante el período 1995-2007.
Y precisamente los
productos de esta rama conforman la mitad de todas las exportaciones
industriales alemanas a la Unión Europea de los 28, además de que estas
exportaciones han crecido a un fantástico ritmo del 7,4% cada año
durante el mismo periodo citado. (...)
Es decir, que los productos alemanes sean muy atractivos en el exterior
no se debe a que las empresas que venden estos productos paguen poco (o
cada vez menos) a sus trabajadores (como reza el mantra con el que nos
castigan), sino a otra serie de factores característicos de estas
empresas alemanas. Entre estos factores destaca la productividad, que
nos habla de la cantidad total de productos que se fabrican por cada
hora de trabajo. (...)
En efecto, la productividad de la industria alemana ha crecido al
ritmo del 3,2% mientras que la productividad de la industria española ha
crecido al 0,9%. Aquí encontramos un factor explicativo muy importante
de por qué Alemania se ha hecho tan competitiva (y concretamente más
competitiva que España).
Entre el resto de factores que explican que los productos sean más
atractivos en el extranjero también se encuentra la calidad de los
mismos, su componente tecnológico, las estrategias empresariales de
marketing, el modelo de crecimiento de los países compradores, etc. En
otras palabras: reducir los salarios no es ni la única ni la mejor forma
de vender más productos en el exterior.
Sirva como ejemplo paradigmático de ello lo que está ocurriendo en
España en la actualidad: mientras los salarios están disminuyendo a un
ritmo notable, los productos españoles están incluso perdiendo atractivo
en la Unión Europea. ¿Cómo es esto posible? Muy fácil.
El razonamiento
que utilizan los defensores de la devaluación salarial es que si los
empresarios pueden pagarle menos a los trabajadores podrán también hacer
descender el precio de los productos que venden sin menoscabo del
beneficio que obtienen.
Pero lo que nunca comentan estas mismas personas
es que, aunque le pague menos a los trabajadores, el empresario puede
no reducir el precio de sus productos. De esta forma el margen de
beneficios aumentaría, que es un resultado muy goloso especialmente en
periodos de recesión donde se producen menos ventas (debido en buena
parte –hay que recordarlo– a las políticas de austeridad).
Pues desgraciadamente es esto lo que está ocurriendo en España: desde
el segundo trimestre de 2009 hasta el tercer trimestre de 2013 los
costes salariales se han reducido un 9%, mientras que el margen bruto de
beneficios empresariales se ha elevado un 16%.
El resultado evidente es
que los precios de los productos no disminuyen sino que incluso
aumentan en comparación con los productos de otros países, teniendo como
consecuencia una pérdida de competitividad en el exterior." (Alberto Garzón, 27/03/2014, Artículo escrito originalmente en el número 14 de La Marea)
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