"(...) Hasta finales de 2012 la imagen de Japón era de fracaso. El crecimiento
económico en las dos décadas anteriores, tanto absoluto como per cápita,
había sido muy inferior al de Estados Unidos. El índice bursátil Nikkei
estaba a niveles de inicios de los años 1980.
El terremoto de Fukushima
era la última de las desgracias que había afectado al país. La
situación política era frágil, con Gobiernos que duraban menos de un
año. El tipo de cambio se había apreciado un 25% desde el inicio de la
crisis, dañando las exportaciones y los beneficios de las empresas
japonesas. La moratoria nuclear resultante de la tragedia de Fukushima
había aumentado el precio de la energía para los consumidores japoneses y
generado un raro déficit comercial.
El crecimiento era débil, la
inflación negativa, pero el Banco de Japón (BoJ, por sus siglas en
inglés) insistía en que no podía hacer nada, ya que el problema de la
economía japonesa era sobre todo estructural y era el Gobierno el que
debía de actuar para aumentar el crecimiento potencial. Era un círculo
vicioso. La moral estaba por los suelos. (...)
Hasta que Shinzo Abe fue elegido primer ministro (por segunda vez,
tras un breve periodo de unos meses en 2006) en diciembre de 2012, y
tomó la decisión de romper con el pasado adoptando un programa económico
(bautizado por la prensa como Abeconomía) basado en tres “flechas”:
la
primera fecha, un programa de expansión fiscal agresiva de corto plazo
combinado con la promesa de subir los impuestos sobre el consumo (el
equivalente al IVA) de manera gradual en los años sucesivos para cerrar
el déficit fiscal y estabilizar el alto nivel de deuda;
la segunda
flecha, nombrar un nuevo gobernador del BoJ, Haruhiko Kuroda, con el
mandato de adoptar una política monetaria muy expansiva que reduzca los
tipos de interés reales, aumente la inflación, y contribuya a generar
crecimiento y reducir la carga fiscal;
la tercera flecha, un paquete de
reformas estructurales que fomenten el crecimiento a largo plazo y
compensen el efecto negativo del envejecimiento de la población.
El
efecto anuncio fue casi inmediato. Desde la victoria electoral, a
finales de noviembre, hasta el mes de abril, cuando el BoJ desveló su
innovador programa monetario de expansión cuantitativa y cualitativa, el
yen se depreció un 20%, los tipos de interés se redujeron de manera
rápida, y la Bolsa se apreció un 50%.
La clave estaba en la cooperación entre la política fiscal y
monetaria. Hasta entonces el banco central había adoptado una actitud
pasiva, excesivamente tolerante con la deflación o la inflación muy baja
—hasta el punto de que el BoJ definía la estabilidad de precios como
una inflación de tan solo el uno por ciento en el medio plazo— y a pesar
de que no cumplía con su objetivo (y llevaba años sin cumplirlo) no
hacía nada para remediar la situación. (...)
La nueva estrategia del BoJ bajo el mandato del gobernador Kuroda es la
contraria, y la correcta: un compromiso fuerte e irrevocable, a través
de una fortísima expansión monetaria, de reflotar la economía y generar
una tasa de inflación del 2% de manera sostenida.
El resultado ha sido
fulminante: la inflación se sitúa ya en el 1,3%, las expectativas de
inflación han pasado a ser positivas por primera vez en muchos años, y
los tipos de interés reales a largo plazo son finalmente negativos,
mejorando así el perfil de la deuda pública a medio plazo. (...)
Japón experimentó durante años con la austeridad monetaria, y no ha
funcionado. El mensaje es muy claro. O se adoptan las condiciones
monetarias necesarias para que los tipos de interés reales sean menores
que la tasa de crecimiento de la economía y el ajuste fiscal pueda ser
un éxito, o la austeridad fiscal será un esfuerzo en vano. Veamos
cuántos años le cuesta al Banco Central Europeo entenderlo." (
Ángel Ubide
, El País, 23 MAR 2014 )
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