"(...) Hace un par de décadas escribí que la cruzada contra las drogas no
acabaría con ellas, pero bien podría poner en peligro de muerte algunas
democracias latinoamericanas. Y desdichadamente parte de mi pronóstico
parece irse cumpliendo, al menos en países como Mexico.
Puede que el
peligro no sea propiamente ‘de muerte’, pero sin duda constituye una
seria amenaza a la seguridad ciudadana y una permanente fuente de
corrupción para funcionarios e instituciones. (...)
A mi juicio, la persecución inquisitorial de las drogas es uno de los
más serios argumentos contra el supuesto de que los seres humanos nos
regimos mayoritariamente por pautas racionales.
¿Es verdaderamente
plausible pensar que en la época de mayor desarrollo de la química y en
un planeta en que tantas especies naturales pueden ser utilizadas para
producir sustancias que alteran de un modo u otro la conciencia la
simple persecución policial puede acabar con ellas? ¿No contribuirá
mejor a convertirlas en el más fabuloso de los negocios y por tanto a
perpetuarlas?
A la vista están, por desgracia, los lamentables
resultados de esta cruzada no sólo estéril en lo que se propone sino
dañina sin poroponérselo. El aumento exponencial del gangsterismo
internacional, la corrupción de policías y gobernantes en los países de
estructura institucional más frágil, la adulteración de las sustancias
hasta hacerlas irreconocibles e inmanejables a sus usuarios, el
truculento atractivo transgresor añadido por la prohibición para los más
jóvenes, etc…
La venta de drogas y su consumo son falsos delitos cuya
penalización ha fomentado la aparición de muchos crímenes verdaderos,
hasta el punto de convertirse en una amenaza potencial para la
estabilidad de algunas repúblicas latinoamericanas y de muchos
ciudadanos en todas las latitudes. (...)
Las genéricamente llamadas ‘drogas’, que van desde la doméstica
mariguana hasta otras mucho más peligrosas como la heroína, el crack y
quien sabe cuántas nuevas posibles variantes sintéticas (por no hablar
de otras legales, como el café o el alcohol, o a caballo entre la
legalidad de venta y la semiprohibición de consumo público, como el
tabaco) no van a desaparecer del mundo porque se las persiga
aparatosamente: sólo aumentarán de precio. Incluso sustituirlas por
variantes autorizadas no asegura buenos resultados, como está pasando
con los cigarrillos de vapor que acabarán tan arrinconados como los
otros: recordemos que la heroína fue al comienzo una medicina para
aliviar a los morfinómanos…
¿No sería mejor que esas sustancias fuesen
vendidas bajo control legal, pagando impuestos, y acompañadas de la
debida información sobre las indicaciones y contraindicaciones de su
uso, así como los peligros de su abuso?
La mayoría de las personas quiere disfrutar o experimentar
sensaciones nuevas y capacidades aumentadas, pero no dañar
irreversiblemente su salud. A lo largo de los siglos, por ejemplo, hemos
aprendido a convivir con el alcohol y a gozarlo como desinhibidor o
estimulante sin perecer por su causa.
Por supuesto, hay gente que no
logra manejarlo bien y sufre las consecuencias, pero también hay gente
que maltrata su vida pervirtiendo el uso aconsejable de la religión, la
política, el sexo o el dinero. Todo lo que nos gusta y ejerce influencia
sobre nuestra conciencia puede ser mal o bien utilizado.
Pero una cosa
es el problema individual que tienen ciertas personas para controlar sus
apetencias y otro el drama colectivo de mercancías artificialmente
ilegalizadas que fomentan las organizaciones delictivas y corroen todas
las instituciones públicas, fomentando el caos social. (...)" (EL CORREO 06/04/14, FERNANDO SAVATER, en Fundación para la Libertad)
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