"(...) Los vectores que perfilan la salida de
la crisis incluyen, desde luego, una política de devaluación salarial
llevada hasta el límite que, aunque se suela asociar a competitividad,
es, sobre todo, una coartada que facilita una transferencia sistemática
de renta desde el trabajo al capital, la vía elegida para solucionar el
necesario desapalancamiento financiero de las empresas.
El consiguiente descenso de la renta
familiar se agrava y prolonga con ajustes fiscales regresivos y subidas
de precios de los servicios básicos, singularmente energía, educación y
sanidad, mientras se universaliza la precarización del trabajo para
provocar contratos a tiempo parcial en condiciones de subsistencia e
indefensión jurídica.
El encogimiento del Estado y las privatizaciones
de cualquier elemento considerado hasta ahora como “bien común” son
parte de la misma receta que olvida que la degradación de estos
servicios, desconocida en muchos años, son también un símbolo de perdida
de eficiencia y productividad colectivas.
Se trata de un modelo
ideologizado de salida de la crisis que no solo potencia la progresiva
dualización de la economía y de la sociedad exacerbando las
desigualdades, sino que necesita presentar como “oportunidades” (de
algunos) los que son derechos (de todos).
Si este dibujo marca claramente quienes
son los ganadores y perdedores sociales, es obvio que perfila también
una salida de la crisis en la que la demanda interna, en especial la de
consumo de los hogares, puede resultar penalizada. Si la interminable
devaluacion salarial incapacita para un crecimiento sostenible basado en
el consumo, que es la variable cuantitativa y cualitativa esencial,
significa que la recuperación productiva no será una realidad
consolidada en muchos años.
Es imprescindible recuperar, cuanto
antes, altas cotas de inversión y ello requiere un apoyo sostenido de la
inversión pública, ineludible para superar la infrautilización actual
de la estructura productiva y modificar el modelo productivo, dejando
atrás el actual que sabemos causante de los graves déficits de
financiación que hemos padecido, muy vulnerable a shocks asimétricos
externos y demandante de empleo poco productivo, inestable y de baja
calidad.
La competitividad exterior no puede basarse en la reducción de
CLU (costes laborales unitarios). “Nuestro atractivo”, no puede ser,
como tantas veces en nuestra historia reciente, una fuerza de trabajo
precarizada, barata y sin derechos, con una negociación colectiva que se
desea estigmatizar como indeseada, para colocarla bajo mínimos, en
contra de los rasgos que asume en Alemania y otros países centrales
europeos.
La atonía económica empuja a la deflación y agrava la carga de la deuda y la situación de un sistema financiero que, con una tasa de morosidad del 13%, sigue lastrando el crecimiento de la economía española. (...)
El futuro económico descansa, más que
nunca, en la voluntad política de las mayorías y en nuevos impulsos
reformistas de diferente intensidad y calado que afronte decididamente
la lacra de la corrupción antes de que ésta acabe con la democracia.
Ese
cambio resultaría favorecido si se reforma el sistema electoral y la
democracia avanza en el interior de los partidos y en la elección de sus
lideres y representantes en las instituciones.
Los viejos consensos deben ser
sustituidos por otros nuevos que deben intentar paralizar, compensar y
revertir, en la medida que las fuerzas parlamentarias lo permitan, los
ajustes sociales que han caracterizado a la lógica actual. (...)" (Economistas frente a la crisis, 12/01/2015)
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