"(...) En la gestión de la crisis del euro Alemania es un actor central.
Inicialmente reacia a comprometerse, dispuesta incluso a dejar caer a
Grecia, una vez que comprendió que esta salida tendría grandes costes
políticos y económicos, utilizó la crisis para reconfigurar una UE a
imagen propia y ponerla al servicio de sus intereses económicos.
Con el
objetivo de fortalecer el control sobre los países deudores exigió en
mayo de 2010 incluir al FMI tanto para las ayudas a Grecia como para la
creación del Fondo de Estabilidad. Así se excluyó al Parlamento Europeo y
se debilitó a la Comisión. (...)
Alemania no está entre los perdedores de la crisis del euro, sino que en
cierto modo se ha beneficiado de ella. De entrada porque mucho de lo
que se hizo para el rescate de Grecia, Portugal, Irlanda o España
beneficiaba especialmente a los bancos alemanes. Alemania se beneficia
por el hecho de que el aumento del precio de los créditos para los
países con una mayor deuda viene acompañado de un abaratamiento de los
costes de refinanciación de sus propios bonos. (...)
¿Es excesiva la solidaridad alemana en la crisis del euro? Si
consideramos los números absolutos, Alemania es con mucho el
contribuyente más importante de la eurozona. Su aportación al Tratado de
Estabilidad es muy elevada. Pero si ponemos en relación lo que costaron
a Alemania las ayudas a Grecia y los fondos de rescate del euro con su
capacidad económica, su crédito supone el 4,5% de su PIB (una parte
menor de la que dedican a ello Malta, Estonia, Eslovaquia, España o
Italia). (...)
Si los países deudores tienen que ser más responsables en su
comportamiento económico, a Alemania le corresponde una mayor
responsabilidad en la estabilización de la eurozona y sobre el conjunto
de la Unión. Aquí es donde la diferencia entre hegemonía y liderazgo
resulta fundamental. La función de liderazgo en Europa solo puede
ejercerse si se está dispuesto a realizar una mayor transferencia de
soberanía y a asumir una mayor responsabilidad respecto de la Comunidad
Europea.
La relación entre quien ejerce el liderazgo y quien lo acepta
presupone una cierta comunidad de intereses, riesgos y valores, lo que
no es el caso cuando se trata de una hegemonía. Las funciones de
liderazgo en una comunidad implican también ciertas obligaciones y,
tratándose de una comunidad tan compleja como la europea, solo puede
llevarse a cabo de una manera coordinada.
Alemania no ha tenido ninguna experiencia de liderazgo europeo o
internacional y ese concepto está contaminado por su historia reciente. (...)
Lo que ahora tenemos en Europa es una situación de hegemonía que
consiste en que Alemania ejerce un poder económico sobre el resto de los
europeos como no había tenido desde la unificación, pero ha limitado
este poder a la consecución de un interés a corto plazo. Alemania ha
renunciado al tipo de liderazgo que se le reconocería si hubiera
ejercido una forma de cooperación solidaria con la vista puesta en los
posibles riesgos futuros de Europa.
Si en el referéndum de Grecia hubiera ganado el sí, Alemania se habría cargado de razones para continuar con su cómoda hegemonía; la victoria del no
—por paradójico que parezca— es una razón más para transformar esa
hegemonía en liderazgo, lo que supone jugar a un juego diferente, con
mayor responsabilidad hacia el conjunto de la Unión y con mecanismos de
decisión más compartidos.
Esto no significa que Grecia haya ganado la
partida, ni siquiera que haya mejorado su posición negociadora, pero
tampoco Alemania gana nada con una estrategia que es igualmente
electoralista, limitada al corto plazo y sin ninguna responsabilidad
hacia lo común." (
Daniel Innerarity
, El País, 13 JUL 2015)
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