19.10.15

El euro provoca un sur de Europa en permanente deflación pero con sistemas universitarios de buen nivel que es un excelente depósito de trabajadores cualificados para Alemania. Solución... salir de este callejón sin salida

"(...) para la izquierda se abría una nueva etapa basada en: 

A) el cuestionamiento de la moneda única y de la misma Unión Europea (Galbraith); 

B) cuando menos la necesidad de no descartar a priori planes alternativos, como la introducción de una moneda paralela al euro en caso de no contar con la colaboración de la Troika (Varoufakis). 

Desde luego, no fueron los únicos en llegar a esta conclusión. A partir de mediados de julio, muchos intelectuales radicales y progresistas —pensemos, entre otros, en Paul Krugman, Wolfgang Münchau y Oskar Lafontaine, pero también en Francisco Louçã, Ignacio Ramonet, Owen Jones y Perry Anderson— han pedido a la izquierda continental un replanteamiento general sobre su aceptación de la moneda única y su fe en el proyecto europeísta.

 Y, lo que es más importante, dentro de los mismos partidos de la izquierda se ha activado una discusión en torno a esta cuestión (...)

Más vale decirlo claramente: la izquierda española tiene que asumir que el euro, tal y como lo conocemos, es una moneda insostenible. Y ello tanto por motivos macroeconómicos como políticos. 

Los motivos macroeconómicos son fáciles de describir y, en el fondo, ya fueron explicados en 1971 por el economista Nicholas Kaldor: que una zona monetaria no óptima —es decir, cuando un grupo de Estados que deciden compartir moneda no presentan unas perfectas flexibilidad de precios y salarios y movilidad de los factores de producción—, no era viable sin una unión político-fiscal europea que garantizara fuertes transferencias de dinero de los países más ricos hacia los más débiles y sin un Banco Central Europeo que, además de ocuparse de la estabilidad de los precios, actuara de prestamista de última instancia para cada uno de los Estados miembros [6]

Es más, Kaldor fue profético cuando afirmó que pivotar un proceso de unificación europea en torno a la moneda causaría graves tensiones socioeconómicas entre los Estados del continente. A partir de entonces, decenas de economistas han venido denunciando la disfuncionalidad técnica de la unión monetaria europea (UME) y las características ordoliberales que ésta iba adquiriendo tras la aprobación del Tratado de Maastricht (1992) y del Pacto de Estabilidad y Crecimiento (...)

 Pero aún más graves son los problemas políticos: la creación de la moneda única, fuertemente deseada por François Mitterrand y la clase dirigente francesa en los años 1989-1991 para sustraer el marco (y, por ende, para redimensionar) a la nueva Alemania reunificada [7], ha servido, paradójicamente, para aposentar una nueva hegemonía teutónica en el continente. 

Y ello gracias a la fijación del tipo de cambio, que solucionó el crónico problema de la apreciación del marco a causa de la fuerza exportadora de la economía alemana, y de una política de dumping social llevada a cabo por el gobierno de Gerhard Schröder (la famosa “Agenda 2010”), que se basaba en una presión sobre los salarios a causa de la cual —y a diferencia de lo que ocurría en los países del sur— los costes unitarios laborales se movieron a un ritmo casi idéntico al de la productividad; lo cual, sumado a una inflación que se mantenía más baja que la del resto de la UME por una demanda agregada anémica, impulsó de forma extraordinaria la competitividad alemana.  (...)

El drama reside en que, dado el rechazo tajante de los países acreedores a hablar de transferencias fiscales entre Estados y de una hacienda pública europea, la única solución “europea” a la crisis de la moneda única, esto es, una solución dirigida a transformar el euro en una divisa sostenible para todos los países de la UME, pasaría por un cambio radical en la política económica alemana. 

Más en concreto, por un subida consistente de los salarios de sus trabajadores —y por lo tanto, de un aumento de la demanda agregada y de la inflación— y por la eliminación de su monstruoso superávit comercial (8% del PIB). 

Ello favorecería el aumento de las importaciones alemanas y la reactivación de las economías del Sur de Europa. Sería menester, pues, que Berlín tuviera una actitud cooperativa que, sin embargo, ni está ni se le espera tanto por motivos históricos (el ordoliberalismo es una cultura profundamente arraigada en la cultura política alemana) como políticos (la arquitectura de la Eurozona blinda la hegemonía alemana sobre Europa) y sociales (el marcado envejecimiento de la sociedad alemana sólo puede paliarse a través de continuas absorciones de mano de obra cualificada procedente del extranjero. 

Y un sur de Europa en permanente deflación y con sistemas universitarios de buen nivel es un excelente depósito de trabajadores cualificados para Alemania).  (...)

Pensar que sea posible hacer una política transformadora, o incluso otra mínimamente keynesiana, en el marco de los Tratados de la UE es caer en el puro autoengaño. Insistimos: con el tipo de cambio fijo, y mientras el establishment alemán no cambie su política económica mercantilista, cualquier tipo de política expansiva aplicada en nuestro país llevaría sólo a un aumento de las importaciones y del déficit exterior. 

Lo cual nos obligaría a imponer, tarde o temprano, más austeridad para reequilibrar las cuentas del país. Estamos en un callejón sin salidas. (...)

además de la desposesión de soberanía popular de la que están siendo víctimas los pueblos europeos, del aumento de la desigualdad social y del desmantelamiento progresivo de las redes de protección social construidas después de 1945, asistimos al renacer de pulsiones nacionalistas en cada uno de los países de la UE y al fortalecimiento de numerosos partidos de extrema derecha. 

Liso y llano: la UE, y más aún la UME, están minando tanto los niveles de democracia y paz como el bienestar alcanzados en las últimas décadas en el continente. Esta es la realidad, mal que pese. El seguir cultivando un europeísmo naïf basado en la certeza de que los trabajadores europeos, tarde o temprano, se unirán para dar vida a una Europa social, choca con una realidad en donde el demos europeo brilla por su ausencia y en cuya mayoría de Estados (pensemos en los países del Este y en los bálticos) ni siquiera existe una izquierda digna de este nombre.

 Probablemente tiene razón el economista Dani Rodrik cuando afirma que la UE es una ilustración perfecta del célebre trilema que presentó en su libro La paradoja de la globalización. A saber: que no se puede tener a la vez globalización económica, democracia política y soberanía nacional (que, en el caso de la izquierda, sería mejor llamar “soberanía popular”). Debemos elegir dos de entre estos tres conceptos. 

Y, para Rodrik, el trilema es aplicable a escala europea en tanto que las dificultades económicas y políticas que atraviesa Europa tienen su origen en el hecho de que la integración monetaria y financiera ha ido muchísimo más allá de la integración política. Por lo tanto, para salvar la democracia en Europa se necesitaría o más integración política o menos integración económica [12]. Tertium non datur. Y de momento nadie, empezando por los países acreedores, ha dado muestras de apostar seriamente por la primera opción.

 Es por ello por lo que ha llegado el momento de pensar y discutir sobre alternativas a la moneda única y la Unión Europea.  (...)"          

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