"(...) para la izquierda se abría una nueva etapa basada en:
A) el
cuestionamiento de la moneda única y de la misma Unión Europea
(Galbraith);
B) cuando menos la necesidad de no descartar a priori planes
alternativos, como la introducción de una moneda paralela al euro en
caso de no contar con la colaboración de la Troika (Varoufakis).
Desde
luego, no fueron los únicos en llegar a esta conclusión. A partir de
mediados de julio, muchos intelectuales radicales y progresistas
—pensemos, entre otros, en Paul Krugman, Wolfgang Münchau y Oskar
Lafontaine, pero también en Francisco Louçã, Ignacio Ramonet, Owen Jones
y Perry Anderson— han pedido a la izquierda continental un
replanteamiento general sobre su aceptación de la moneda única y su fe
en el proyecto europeísta.
Y, lo que es más importante, dentro de los
mismos partidos de la izquierda se ha activado una discusión en torno a
esta cuestión (...)
Más vale decirlo claramente: la izquierda española tiene que asumir que
el euro, tal y como lo conocemos, es una moneda insostenible. Y ello
tanto por motivos macroeconómicos como políticos.
Los motivos
macroeconómicos son fáciles de describir y, en el fondo, ya fueron
explicados en 1971 por el economista Nicholas Kaldor: que una zona
monetaria no óptima —es decir, cuando un grupo de Estados que deciden
compartir moneda no presentan unas perfectas flexibilidad de precios y
salarios y movilidad de los factores de producción—, no era viable sin
una unión político-fiscal europea que garantizara fuertes transferencias
de dinero de los países más ricos hacia los más débiles y sin un Banco
Central Europeo que, además de ocuparse de la estabilidad de los
precios, actuara de prestamista de última instancia para cada uno de los
Estados miembros [6].
Es más, Kaldor fue profético
cuando afirmó que pivotar un proceso de unificación europea en torno a
la moneda causaría graves tensiones socioeconómicas entre los Estados
del continente. A partir de entonces, decenas de economistas han venido
denunciando la disfuncionalidad técnica de la unión monetaria europea
(UME) y las características ordoliberales que ésta iba adquiriendo tras
la aprobación del Tratado de Maastricht (1992) y del Pacto de
Estabilidad y Crecimiento (...)
Pero aún más graves son los problemas políticos: la creación de la
moneda única, fuertemente deseada por François Mitterrand y la clase
dirigente francesa en los años 1989-1991 para sustraer el marco (y, por
ende, para redimensionar) a la nueva Alemania reunificada [7],
ha servido, paradójicamente, para aposentar una nueva hegemonía
teutónica en el continente.
Y ello gracias a la fijación del tipo de
cambio, que solucionó el crónico problema de la apreciación del marco a
causa de la fuerza exportadora de la economía alemana, y de una
política de dumping social llevada a cabo por el gobierno de
Gerhard Schröder (la famosa “Agenda 2010”), que se basaba en una
presión sobre los salarios a causa de la cual —y a diferencia de lo que
ocurría en los países del sur— los costes unitarios laborales se
movieron a un ritmo casi idéntico al de la productividad; lo cual,
sumado a una inflación que se mantenía más baja que la del resto de la
UME por una demanda agregada anémica, impulsó de forma extraordinaria
la competitividad alemana. (...)
El drama reside en que, dado el rechazo tajante de los países
acreedores a hablar de transferencias fiscales entre Estados y de una
hacienda pública europea, la única solución “europea” a la crisis de la
moneda única, esto es, una solución dirigida a transformar el euro en
una divisa sostenible para todos los países de la UME, pasaría por un
cambio radical en la política económica alemana.
Más en concreto, por un
subida consistente de los salarios de sus trabajadores —y por lo
tanto, de un aumento de la demanda agregada y de la inflación— y por la
eliminación de su monstruoso superávit comercial (8% del PIB).
Ello
favorecería el aumento de las importaciones alemanas y la reactivación
de las economías del Sur de Europa. Sería menester, pues, que Berlín
tuviera una actitud cooperativa que, sin embargo, ni está ni se le
espera tanto por motivos históricos (el ordoliberalismo es una cultura
profundamente arraigada en la cultura política alemana) como políticos
(la arquitectura de la Eurozona blinda la hegemonía alemana sobre
Europa) y sociales (el marcado envejecimiento de la sociedad alemana
sólo puede paliarse a través de continuas absorciones de mano de obra
cualificada procedente del extranjero.
Y un sur de Europa en permanente
deflación y con sistemas universitarios de buen nivel es un excelente
depósito de trabajadores cualificados para Alemania). (...)
Pensar que sea posible hacer una política transformadora, o incluso
otra mínimamente keynesiana, en el marco de los Tratados de la UE es
caer en el puro autoengaño. Insistimos: con el tipo de cambio fijo, y
mientras el establishment alemán no cambie su política
económica mercantilista, cualquier tipo de política expansiva aplicada
en nuestro país llevaría sólo a un aumento de las importaciones y del
déficit exterior.
Lo cual nos obligaría a imponer, tarde o temprano,
más austeridad para reequilibrar las cuentas del país. Estamos en un
callejón sin salidas. (...)
además de la desposesión de soberanía popular de la que están siendo
víctimas los pueblos europeos, del aumento de la desigualdad social y
del desmantelamiento progresivo de las redes de protección social
construidas después de 1945, asistimos al renacer de pulsiones
nacionalistas en cada uno de los países de la UE y al fortalecimiento de
numerosos partidos de extrema derecha.
Liso y llano: la UE, y más aún
la UME, están minando tanto los niveles de democracia y paz como el
bienestar alcanzados en las últimas décadas en el continente. Esta es la
realidad, mal que pese. El seguir cultivando un europeísmo naïf basado
en la certeza de que los trabajadores europeos, tarde o temprano, se
unirán para dar vida a una Europa social, choca con una realidad en
donde el demos europeo brilla por su ausencia y en cuya mayoría
de Estados (pensemos en los países del Este y en los bálticos) ni
siquiera existe una izquierda digna de este nombre.
Probablemente tiene
razón el economista Dani Rodrik cuando afirma que la UE es una
ilustración perfecta del célebre trilema que presentó en su libro La paradoja de la globalización.
A saber: que no se puede tener a la vez globalización económica,
democracia política y soberanía nacional (que, en el caso de la
izquierda, sería mejor llamar “soberanía popular”). Debemos elegir dos
de entre estos tres conceptos.
Y, para Rodrik, el trilema es aplicable a
escala europea en tanto que las dificultades económicas y políticas
que atraviesa Europa tienen su origen en el hecho de que la integración
monetaria y financiera ha ido muchísimo más allá de la integración
política. Por lo tanto, para salvar la democracia en Europa se
necesitaría o más integración política o menos integración económica [12]. Tertium non datur. Y de momento nadie, empezando por los países acreedores, ha dado muestras de apostar seriamente por la primera opción.
Es por ello por lo que ha llegado el momento de pensar y discutir sobre alternativas a la moneda única y la Unión Europea. (...)"
(MientrasTanto, nº138, septiembre 2015 , Carta de la Redacción, en Economía crítica y crítica de la economía, 25/08/2015)
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