19.11.15

Estamos dentro de una burbuja creada por los bancos centrales. La práctica totalidad de los activos financieros de riesgo globales están fuertemente sobrevalorados. Cuando empiecen a caer, entraremos en la segunda fase de la crisis

"La práctica totalidad de los activos financieros de riesgo globales están fuertemente sobrevalorados, de manera que sus precios corregirán fuertemente a la baja y se activará lo que en su momento denominamos “La Segunda Fase de la Gran Recesión”. 

Cuanto más tarden estas burbujas en estallar y más se inflen, tanto peor para la economía global; en definitiva, más dura será la caída.  (...)

Detrás del origen, expansión y estallido de todas y cada una de las burbujas o inflaciones de activos se encuentran los Bancos Centrales. Temerosos de caer en un proceso de deflación por endeudamiento se han dedicado a gestionar el riesgo. 

Para ello relajaban y relajan excesivamente la política monetaria, preocupados por determinados eventos que, aunque tuvieran una baja probabilidad, pudieran tener un impacto muy negativo en la actividad económica.

 Occidente desde finales de los años 90, bajo la actual y perniciosa ortodoxia neoclásica, solo sobrevive de burbuja en burbuja. Podemos distinguir tres grandes burbujas: la tecnológica, 1998-2000; la inmobiliaria, 2002-2007; la actual, 2010-actualidad, generada por la expansión de los balances de los bancos centrales y tipos de interés cero.

Se trata de una política monetaria preventiva de estabilización que genera un tremendo problema de riesgo moral, porque al final los inversores terminan incrementando aún más su apetito por el riesgo, aumentando su apalancamiento, haciendo todavía más vulnerable a la economía global. 

Desde el punto de vista de la valoración, se modifica el perfil temporal de los rendimientos de los activos mobiliarios e inmobiliarios, inflándolos hiperbólicamente. Al final estas exuberancias irracionales acaban pinchándose, pero cuando estallan, pensemos en nuestra burbuja inmobiliaria, terminan provocando recesiones-depresiones.  (...)

La política monetaria expansiva era parte de un recetario más amplio que en última instancia protege a aquellos que acumulan riqueza, y a los acreedores y gerencias bancarias

El objetivo era liberar recursos públicos para salvar al sistema bancario occidental a costa de gasto y protección social. Es decir, se aumentaba la deuda pública para financiar los excesos de la superclase, mientras se castigaba a la ciudadanía vía austeridad y devaluación salarial. 

Por lo tanto, la ortodoxia económica propuso para salir de la crisis una combinación de política fiscal restrictiva, política monetaria expansiva (ampliación de los balances de los Bancos Centrales y políticas de tipos de interés cero) y deflación salarial, donde, adornadas bajo una serie de hipótesis de partida falsas, en realidad se protegía a la superclase.  

 Por un lado, el multiplicador monetario no ha funcionado, al encontrarnos en recesión de balances. Además la expansión cuantitativa solo genera burbujas y un aumento de la desigualdad. 

Por otro lado, el impacto negativo de las restricciones presupuestarias sobre el crecimiento económico es cuatro veces superior al estimado por ciertos modelos neoclásicos que al menos sí asumían ese impacto -no hablemos de las estupideces de aquellos que aún a fecha de hoy defienden la austeridad expansiva-. 

Finalmente, el abaratamiento generalizado de los salarios y del despido ha acabado hundiendo la demanda efectiva –paradoja de costes–, de ahí la ausencia de inversión productiva. Véase el estudio del Fondo Monetario Internacional, Private Investment: What’s the Holdup?  (...)

 La ortodoxia neoclásica académica y la clase política, regados con ingentes cantidades de dólares “donados” por Wall Street, decidieron allá por los 90 que ya era hora de desregular y eliminar la arquitectura financiera creada por Franklin Delano Roosvelt (FRD) para evitar una nueva Gran Depresión. 

A la derogación de la Ley Glass-Steagall le siguieron normas tan absurdas como permitir a la banca un mayor apalancamiento, o fiarse de la autorregulación que hacían los propios bancos. En este contexto se produjo aquello que FDR quería evitar: nuevos procesos de endeudamiento masivo de la economía ligados a burbujas financieras y/o inmobiliarias incentivados por el sistema bancario.

Los beneficios bancarios son impulsados por el volumen de deuda siempre alrededor de un colateral -burbuja-. Tras la llegada al poder de los neoconservadores se inició el mayor proceso de apalancamiento-endeudamiento de la historia. Y ya saben como suele acabar, como el rosario de la Aurora. 

Después de una fase de acumulación de deuda, siempre retroalimentada por una burbuja financiera, en el momento en el que esas tendencias al crecimiento de la deuda privada terminan, la economía se desploma, y los precios de los activos financieros y de las casas se hunden, produciéndose una recesión de balances. 

No vale con confiar en que los bancos aprenderán de la crisis y se comportarán de manera más responsable. Tienen un deseo innato de extender deuda y tratarán de convencer a sectores no bancarios para asumirla (primero sector privado, ahora sector público).
El sistema bancario, en la actualidad, es demasiado frágil e ineficiente

Ello es debido, por un lado, a su opacidad, su complejidad e interconectividad. Por otro, a su excesiva dependencia (a corto plazo) de la deuda. Además, existen graves problemas de gobernabilidad y distorsiones que no se resuelven en los mercados. 

Si a ello unimos leyes y reglamentos defectuosos, la falta de coraje político para atarlos en corto y la ausencia de rendición de cuentas de las distintas gerencias bancarias, ya sabemos las consecuencias del colapso de los mercados que viene: una banca sistémica occidental insolvente. El efecto final será, si nadie lo remedia, ¡más deuda y más pobreza!"         (Juan Laborda, Vox Populi, 31/10/15)

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