"«Casi siempre que pasa algo [vinculado con el terrorismo]
está relacionado con Molenbeek. Se han tomado muchas iniciativas contra
la radicalización pero necesitamos poner el acento más en la represión»,
añadió Michel.
Cualquiera que pase más de unos meses en Bruselas sabe
que el país tiene un problema con Molenbeek y el radicalismo. Molenbeek
es una de las 19 comunas de Bruselas, uno de sus distritos o agrupación
de barrios más problemáticos. Es la segunda más pobre y la segunda más
joven de toda la capital.
Se encuadra en el oeste de la ciudad, en una
amplia área que alberga a más de 95.000 personas. El porcentaje de extranjeros es superior al 27%. La tasa de paro roza el 31% y la de los jóvenes supera el 40%.
Al barrio se llega tras caminar apenas unos minutos desde la iglesia
de Sainte-Catherine y poco más desde la Grand Place. Limita al norte,
más o menos, por el parque Elisabeth y por el este con el canal de
Charleroi, inaugurado hace casi dos siglos y que evoca el pasado
industrial de lo que se conocía como Petit Manchester.
Una parte
histórica y ahora estigmatizada. Con algunas zonas tranquilas,
residenciales. Y un núcleo masificado, con una densidad de población
disparada de mayoría musulmana. Las zonas que acogieron en los 60 y los
70 a miles de marroquíes y norteafricanos y hoy son un quebradero de
cabeza.
Las autoridades han mirado para otro lado durante mucho
tiempo, mientras la situación empeoraba y el clima se volvía más
irrespirable. De una manera u otra, la lista de los principales
atentados europeos del siglo XXI, y el glosario de sus autores, conduce
una y otra vez a Molenbeek.
El 11-M, los atentados de Londres. El
ataque al museo judío de Bruselas. Charlie Hebdo. Aquí vivieron los
autores o las familias de buena parte de los yihadistas que han ido a
combatir a Siria e Irak. (...)
Hay un problema de recursos, de falta de voluntad, de miedo y de
división política. Uno enorme, estructural. «Bruselas es una ciudad
relativamente pequeña, de 1,2 millones de habitantes, pero tenemos seis
departamentos de policía y 19 autoridades municipales diferentes», se
lamentaba Jambon hace apenas unos días en un foro organizado por
Politico. «Han dejado morir Molenbeek y más policías no van a
arreglarlo. Mire a su alrededor, no hay esperanza», explica un jubilado
nacido en las afueras de Rabat.
Es en Molenbeek donde Fouad Belkacem, el líder de Sharia4Belgium, hoy
condenado a 12 años de cárcel, captó a decenas de jóvenes para la
guerra santa en Siria. Pero el barrio no es una banlieue.
Françoise
Schepmans, la burgomaestre de la comuna, defiende estos días en todas
las radios y televisiones que el barrio es «normal» y que los
sospechosos y terroristas detenidos en los últimos años «no viven aquí,
la mayoría de las veces están de paso». Pero es consciente de que todos,
o casi, acaban pasando por ahí. De que su comuna es un santuario donde
se sienten seguros, impunes.
Mehdi Nemmouche, el asesino que en 2014 hizo una masacre en el Museo
Judío. Igual que Ayoub El-Khazzani, que intentó una carnicería este
agosto en un tren en Thalys, y su hermano, condenado en 2009 en
Marruecos por intentar un atentado. O Abdelhamid Abaaoud, conocido como
Abou Omar Soussi, que se unió al IS.
La Fiscalía abrió el año pasado
casi 200 dosieres sobre terrorismo.Y las fuerzas del orden no han
logrado penetrar hasta el corazón del movimiento yihadista. Son una
minoría, pero difícil de controlar, registrar y combatir.
Molenbeek no es, todavía, una zona prohibida, donde no se pueda
pasear, comprar o incluso entrar. Hay varias salas de conciertos muy
conocidas y populares. Hay calles peligrosas y los jóvenes saben que por
la noche es mejor evitar pasar, como en cualquier capital.
Los
terroristas y sus cómplices no dominan, pero la radicalización no la
niega nadie. Hay imanes que captan combatientes, células durmientes,
según avisó ayer el ministro de Exteriores. La deriva era lenta pero se
ha acelerado y no hay a la vista fuerzas para frenarlas." (El Mundo, 15/11/15)
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