"(...) las soluciones de mercado no funcionan. Así de fácil, así de sencillo. Dicho discurso precedió a la publicación por parte de Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico
(OCDE) de sus últimas previsiones macroeconómicas donde se constataba
una desaceleración profundamente preocupante en el comercio mundial, que
ha caído a niveles asociados a recesión global.
Pero lo más interesante es que Stiglitz entró a fondo a desmontar las
profundas falsedades que subyacen en los modelos neoclásicos que
describen el comportamiento de la economía.
Para ello se basó en los
avances recientes en la investigación económica y en la nueva evidencia
empírica que directamente culpan del estancamiento económico en curso al
llamado "Consenso de Washington", es decir, al
conjunto de políticas neoliberales que emergieron con la llegada al
poder en los ochenta de los neoconservadores en Estados Unidos y Reino
Unido, y que después incluso fueron abrazadas en parte por la
socialdemocracia.
Como ya hemos expuesto hasta la saciedad, desde estas líneas, el
Consenso de Washington se compone de una serie de políticas
interrelacionadas que requieren reducciones en el gasto público;
desregulación desenfrenada para reducir las restricciones a los bancos,
las empresas y otros actores financieros; una amplia privatización de
los servicios sociales y públicos; y la liberalización basada en la
reducción de impuestos, aranceles y barreras no tarifarias al comercio.
Todo ello con la intención aparente de impulsar el crecimiento y mejorar
la distribución de la riqueza. Pero en realidad han producido todo lo
contrario.
Se nos venden una serie de recetas económicas basadas en una
serie de “verdades indiscutibles”, cuando en realidad no representan
nada más que juicios metodológicos previos.
Estos modelos no logran captar el comportamiento real ni de las personas ni de las empresas, incluyendo temas como el ahorro, el consumo y la inversión.
Pero además pasan por alto el papel crucial de las instituciones en la reducción de la eficiencia y
que sirven en realidad para preservar las estructuras de poder que
benefician a una pequeña minoría.
Contrariamente a la opinión
prevaleciente entre los políticos, los fallos del mercado son
generalizados, asociados a la competencia, las externalidades, el riesgo
y los mercados de capitales. El mercado por sí mismo da lugar a un
endeudamiento excesivo y conduce a instituciones financieras demasiado
grandes para quebrar. Los mercados no son eficientes, ni siquiera
estables.
Las externalidades negativas son económicas, políticas,
sociales y ambientales. Surgen múltiples necesidades de intervención del
gobierno ya no solo para una estabilización macroeconómica, sino
también en las políticas industriales, comerciales, necesidad de fuertes
regulaciones del sector financiero, y el fomento de la igualdad de oportunidades.
Nos damos cuenta, en definitiva, que el gobierno es esencial, y una parte central de la política de desarrollo es mejorar la actuación del sector público. Hay nuevos estudios y evidencias empíricas, como los de Mariana Mazzucato o los economistas Ha-Joo Chang o Richard Koo,
y ya no hablemos de los postkeynesianos, que desmontan multitud mitos
extendidos en los medios de comunicación convencionales como si fueran
dogmas de fe.
Cuando se habla, por ejemplo, de innovación, por parte de políticos y
expertos, generalmente se argumenta que la innovación reside en las
fuerzas del mercado, en el empresariado innovador con su capacidad para
afrontar riesgos y asumir el futuro desconocido. Sin embargo, la
realidad de la innovación no parece ser así.
La innovación no reside en
el mercado sino en el Estado, el gobierno. Mariana Mazzucato, profesora
de la Universidad de Sussex, en el libro El Estado Empresarial
analiza varios estudios de casos sobre el crecimiento impulsado por la
innovación, y describe la situación opuesta, el sector privado sólo se
atreve a invertir después de que el Estado ha realizado las inversiones
de alto riesgo.
En este libro, Mazzucato, sostiene que en la historia del capitalismo
moderno, el Estado ha generado actividad económica que de otro modo no
habría sucedido, y ha abierto activamente nuevas tecnologías y mercados
en los que los inversores privados más adelante pueden entrar.
Lejos de
las críticas a menudo escuchadas al Estado de que potencialmente
“desplaza” las inversiones privadas, el Estado hace que sucedan,
formando y creando mercados, no sólo “corrigiendo” sus fallos. Ignorar
esta realidad sólo sirve a fines ideológicos, y perjudica a la
formulación de políticas eficaces.
Un ejemplo es la situación actual,
donde la ausencia de inversión productiva solo se corregirá cuando de una puñetera vez el Estado inicie procesos de inversión masivos
centrados en energía, transporte, educación, investigación y desarrollo
en infraestructuras de tratamiento del agua,… que sirvan posteriormente
de arrastre al sector privado. Mientras tanto, más pobreza. ¡Porca
miseria!" (Juan Laborda, Vox Populi, 14/11/15)
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