"El mundo del trabajo está cambiando a peor de forma silenciosa, y la
sociedad no es consciente de ello, ya que no tiene los medios para
expresar y canalizar su ira ante esta nueva revolución que transformará
nuestras vidas para siempre. (...)
Tras la superación de la esclavitud, que algunos sueñan que vuelva, se entró en una fase de lucha de derechos laborales básicos, como son la jornada laboral de 8 horas, salario digno, vacaciones pagadas, salud laboral, entre otros.
El mundo laboral hoy alumbra una nueva forma de esclavitud basada también en el miedo
Estos derechos laborales parecían intocables, gracias a la lucha
sindical y obrera, pero está claro que estamos inmersos en una
involución, pareja al renacimiento del fascismo en Europa, que está
provocando ya que poco a poco, los derechos adquiridos sean únicamente
un sueño que nuestros abuelos conquistaron.
Estos derechos están siendo derogados, de facto, por lo que nuestra generación será responsable de su pérdida,
en parte por la desidia y en parte por el miedo atávico a ser despedido
del trabajo basura que los liberales nos dicen es lo mejor, frente al
desempleo sin prestación. (...)
Por un lado, los que están ocupados, realizan jornadas laborales
infinitamente más amplias que lo que marca la ley, y por supuesto en una
gran parte dichas horas extras no se pagan. Aquí tampoco hay
estadísticas fiables, como casi siempre en España, pues nadie computa la
realidad de las jornadas efectivas.
Solo con las horas extras no pagadas que sí computan se podrían haber creado más de 400.000 empleos a tiempo competo. Pero eso no interesa al capital. (...)
¿Quién puede controlar que las jornadas laborales se cumplan? Por un
lado, las organizaciones sindicales, y por otro la inspección de
trabajo. En ambos casos, la legalidad choca con un sentimiento primario
muy apreciado por el capitalismo: el miedo.
Sí, el miedo a ser
despedido, ya que, salvo excepciones, la gran masa de ocupados hoy en
España es intercambiable por otra camada igual de desempleados que
estarían dispuestos, como ya ocurre, a pagar o no cobrar por trabajar.
Ese factor engrasa muy bien la esclavitud contemporánea que sufrimos en
España (...)
A esto es lo que se llama flexibilidad, es decir, a modificar sin consulta previa las condiciones laborales de un trabajador, léase horas teóricas de trabajo, salario, movilidad geográfica sobrevenida, sin importar factores familiares, o psicológicos.
La deseada flexibilidad ha llegado: el trabajador es una mercancía que se usa y se tira
El salario es otro de los elementos que, con la excusa de la crisis,
se está viendo reducido y sin visos que se revierta si alguna vez
salimos de la profunda recesión de balances en la que estamos inmersos.
Ya no se habla de productividad, sino de flexibilidad y competitividad.
Es decir, las empresas fijan la retribución en función de la
disponibilidad de mano de obra y la propensión a la humillación que
tiene la población. (...)
En este esquema, de libertinaje absoluto, no hay más que ver como se ríe
Coca Cola de las sentencias del Supremo, en España se va consagrando un
mercado laboral dantesco.
Cae la población activa, más de 150.000 en el
último año, una precariedad del 26%, lógica como dice la ortodoxia
hasta que los empresarios analicen la bola de cristal y despejen todas
sus dudas, caen las horas de trabajo y se reduce el desempleo,
oficialmente solo un 20,9%.
Lo más optimistas argumentan que el trabajo en negro suaviza las terribles cifras oficiales, y con eso callan sus conciencias.
Pero lo que no explican es que si en el mundo oficial las condiciones
son malas, en el mundo informal son aún peores, aunque puedan comer.
Trabajadores sin contrato, sin cotización, a veces sin retribución,
forma parte del paisaje de esta España tan moderna y rígida que dicen
algunos. (...)
Tristemente, el empleo digno y con derechos está próximo a fenecer, aunque formalmente no se le dé el entierro digno que merece. (...)" (Alejandro Inurrieta, Vox Populi, 31/01/16)
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