"(...) Mientras crecen las voces que vaticinan una nueva recesión, son
también muchos los analistas que descartan un derrumbe catastrófico
adicional y se inclinan por la hipótesis del “estancamiento secular” o
“nueva mediocridad”: una prolongada agonía de falta de pulso económico,
crecimientos pusilánimes, inflación baja, tipos de interés nimios, falta
de inversión y desconexión entre la ocupación y el nivel general de
precios.
Un año decisivo. Ayer, en Shanghái, los ministros de Finanzas y
gobernadores de los bancos centrales del G-20 diagnosticaron un
escenario de “vulnerabilidad” pero no -o no por ahora- de recesión.
Este
año puede ser determinante para que la economía se decante por una u
otra hipótesis. Hace doce días, John England, vicepresidente de la
auditora Deloitte, dijo: “2016 será el año en el que todo se decidirá”.
Quienes descartan un nuevo retroceso global se aferran a la
constatación de que el PIB mundial y el de las principales economías
(con la excepción de Rusia y Brasil, en decrecimiento, y de Japón, que
se tambalea al borde de la recesión), siguen en tasas positivas de
crecimiento (incluida China) por más que se trate de ritmos bajos para
los parámetros habituales, y pese a los evidentes síntomas de
ralentización generalizados en todo el planeta.
El argumento, siendo cierto, omite un dato crucial: el pusilánime
crecimiento global, y en el que ya no se atisban locomotoras claras tras
el debilitamiento del PIB de EEUU en el cuarto trimestre y la
desaceleración de China y otros emergentes, se produce en un contexto de
intervención y salvamento sin precedente de la economía por parte del
sector público, con los grandes bancos centrales lanzados a una ofensiva
monetaria de tipos de interés casi en el 0%, tasas negativas a la banca
(vigente en la eurozona, Japón, Suiza, Suecia y Dinamarca, mientras la
Reserva Federal, de EEUU, dijo este mes que no descarta esta opción si
fuese necesaria) y la inyección gigantesca de siete billones de dólares
con los distintos programas aplicados desde 2008 para expansionar la
base monetaria.
Pese a esta ofensiva sin parangón, con el petróleo actuando como un
estímulo para el crecimiento de las economías importadoras (cayó a 26
dólares por barril en enero) y tras casi un decenio de políticas
anticrisis, saneamientos bancarios, reformas y planes de estímulo, 2016
se estrenó con turbulencias en los mercados, síntomas globales de
enfriamiento y dudas sobre la sostenibilidad de la recuperación.
Visto
así, la incertidumbre actual deja escaso margen para la tranquilidad. Y
más cuando el sector financiero ha vuelto al centro de la preocupación.
La deuda pública de las grandes economías no dejó de crecer: se
estima en 36 billones de dólares, frente a los 20 billones a comienzos
de la crisis. El paro sigue muy alto: 197 millones de personas en el
mundo, 27 millones más que en 2008, según la Organización Internacional
del Trabajo (OIT).
La reducción del desempleo -donde se produce- se
logra con la ayuda del descenso de la tasa de participación (expulsión
del mercado laboral de parte de la mano de obra desocupada, con la
consiguiente caída de la población activa) y mediante el deterioro de
las condiciones salariales y laborales. La desigualdad y la brecha de
riqueza se amplían y contribuyen a aminorar el avance del PIB.
Curva de tipos. Las inyecciones monetarias gigantescas no se han
traducido en aumentos de la liquidez en los mercados porque la oferta no
siempre encuentra una demanda equiparable. La renta fija ofrece
rentabilidades casi inexistentes y la deuda pública se vende en algunos
tramos con rendimientos negativos, en un claro contrasentido con el alza
del riesgo que entraña la expansión de débitos de los estados. (...)
El FMI admitió el miércoles que hay riesgo de que la recuperación
global “descarrile” y días antes apuntó a un “agudo deterioro de las
perspectivas”; la Reserva Federal de EEUU (Fed) expresó el día 17 su
“preocupación por el aumento de la incertidumbre”, y la CE dijo el 4 de
febrero que “el PIB crecerá envuelto en riesgos”.
Agotamiento de medidas. La fabricación de dinero por los bancos
centrales, que permitió relajar la crisis soberana, doblegar las primas
de riesgo, “comprar” tiempo e impulsar el PIB en momentos fatídicos,
podría estar agotando su recorrido e incluso podría haber cruzado el
umbral a partir del cual los efectos secundarios adversos superan a su
inmediata finalidad estimulante y expansiva.
Los bancos emisores no
logran derrotar a las fuerzas desinflacionarias ni a las que debilitan
el crecimiento. Y, en parte, contribuyen a ellas como efecto de segunda
ronda no buscado. (...)
Ahora, la crisis internacional y además la desaceleración y el cambio de
patrón chinos dejaron al descubierto una inmensa sobrecapacidad fabril y
minera mundial que, sumada al altísimo endeudamiento privado, llevaron a
la caída de la inversión mundial por el exceso de capacidad instalada,
el derrumbe de los precios y la necesidad de desapalancamiento de
empresas, familias y estados por el excesivo peso de la deuda.
Esta
insuficiencia inversora es una de las causas de la desinflación y de la
debilidad del PIB que se quiere combatir inyectando más dinero cuando en
realidad la expansión monetaria podría estar contribuyendo a lo
contrario. (...)
Pero en ausencia de otros asideros a los que agarrarse, es posible que
el BCE y la Fed decidan a mediados de marzo dar más oportunidades al
estímulo monetario como hizo Japón en enero." (J. Cuartas – La Opinión A Coruña , en Attac España, 03/03/16)
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