"(...) Contaba, además, con que el sistema entero, los medios de comunicación y empresariales (que ya son lo mismo, desde El País o la SER, al ABC, La Razón o el TDT Party),
los centros financieros, los aparatos de todos los partidos de la
casta, la policía, los servicios de información…
Que todo quisque se iba
a volcar contra Podemos, contra ese invento que ha puesto en peligro
sus cómodos estatus y les ha metido el miedo en el cuerpo… Contaba con
la segura instrumentalización, por parte del viejo sistema político y
del conglomerado mediático, de una debilitada y tambaleante Izquierda
Unida (...)
Lo que no me esperaba es ese grado de desconcierto y confusión en nuestras filas…
Primero, los compas de Compromís,
que, nada más llegar al parlamento, dan la espantada del modo más
extemporáneo e inoportuno; sin reparar en que, si estaban allí, era en
buena parte por haberse sumado a esa maquinaria electoral, y olvidando
una de las reglas básicas del juego de la representación, el de la suma,
que gana quien más suma, no quien es más pequeño (o el más enrabietado,
porque no le dan su caramelo) o quien más diferente se muestra; sin
tener en cuenta, además, el buen uso de las portavocías que se
estableció, casi de inmediato, en el propio grupo parlamentario de
Podemos (ante la hostilidad de todos los demás grupos representados),
dando relevancia a las candidaturas territoriales asociadas a la marca
que les daba la fuerza de representación.
Luego la compañera Ada en busca de su partidito, impaciente e
inquieta, que hace como un amago de ruptura pensando en sus propios
cálculos territoriales, sin tener en cuenta que ha sido la confluencia y
la convergencia con Podemos lo que le ha dado la oportunidad de
gobernar su ciudad y lo que les ha convertido en una real alternativa
política en Cataluña entera.
Al mismo tiempo, en Galicia los compañeros
de Podemos y de las mareas que se sienten preteridos por la dirección
central, mientras sus líderes se pasan las respectivas facturas, como
sucede en Euskadi, cuando están disputando al mismísimo PNV la posición
electoral; y, por si faltaba poco, en Madrid, cuando suena la traca
definitiva con las dimisiones y las peticiones de dimisión en la
organización local, que es seguida inmediatamente por la fulminante
destitución del secretario de organización Sergio Pascual.
Por unas horas, por unos días, se nos presentó el tan temido por muchos de nosotros peor escenario de todos, “Podemos contra Podemos”. Una
vez más, estábamos ante ese temido fantasma de los perdedores que son
tan perdedores que no reconocen siquiera cuándo han ganado. (...)
Podemos dejó de ser un movimiento de masas, que decíamos antes, o ciudadano, que decimos ahora, en Vistalegre para convertirse en una maquinaria electoral,
tal como se venía anunciando desde el principio, para ganar y disputar
el gobierno a los viejos partidos de la casta; y, en ese juego,
prácticamente solo se necesita sumar y aunar sensibilidades y propuestas
que siendo complementarias posean un objetivo inmediato común: llegar
al gobiernos o influir en el gobierno; si no se entiende esa elemental
regla de la representación, no se ha entendido nada… (...)
Otra cosa es que la organización interna de Podemos, su estructura misma
como tal maquinaria, y su capacidad de maniobrar, surgida y montada,
por unos pocos, en poco más de un año, sea en sí mismo un auténtico
milagro y necesite repensarse, tal como han propuesto estos días Íñigo
Errejón y Pablo Echenique.
Si lo consideramos detenidamente, su sola
existencia, que no haya saltado aún por los aires, enfrentada a todos, incluso a sí misma, es una auténtica rareza política.
(...) tal vez, esta vez sí ganaremos, o nos acercaremos, al menos, a algo parecido al triunfo en el campo de la representación. Que no es el campo de la revolución (...)
La revolución solo es posible en la confrontación abierta y declarada de
los de abajo contra los de arriba. Es en ese sentido en el que Podemos
es una maquinaria electoral, no revolucionaria.
Y es en ese sentido
también en el que nuestros compañeros de las CUP, o los que, desde
“nuestro lado”, el de los comunes, se aferran al “derecho a decidir”
(¿decidir qué?), o a la palabra República (¿qué tipo de República?),
como a mantras de virtudes cuasi mágicas, se equivocan de cabo a rabo. (...)
es desconocer la potencia e intenciones de nuestros adversarios y
enemigos de clase, los dueños del Casino; dispuestos quizás a cedernos,
si les conviene a ellos, o para engatusarnos, una o dos partidas, la
ilusión de la nación y la cabeza de un rey, si se tercia, pero nada más.
Nada más. Esos han sido, por cierto, desde 1848, sus embelecos
preferidos." (Matías Escalera Cordero, Diagonal, 04/04/16)
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