"Estamos viviendo uno de los fenómenos sociales y políticos más
importantes de los últimos años: la situación en Francia, atenuada desde
hace dos días por las inundaciones. (...)
En Francia se confrontan dos concepciones, de cuyo resultado nosotros
seremos de los primeros en sentirlo. Primero, porque ya estamos en
ello, y luego porque la derrota aceleraría nuestra decadencia. En claro;
un gobierno con el marchamo socialdemócrata asume a trompicones la
política que exige “la patronal” –no sé si el término ha sido arrumbado
de nuestro lenguaje cosmopolita–, pero que se mueve en las mismas
coordenadas que se crearon a comienzos del siglo XIX y la acumulación de
riqueza y capital.
Muy sencillo. Hay que sacar al Estado de todos
aquellos centros económicos y sociales donde, tras correr mucha sangre,
se consiguió hacerle garante de una legislación que no fuera
aristocrática y reaccionaria, tan sólo burguesa. Ahora les parece poco.
Segunda
tarea. Hay que liquidar los sindicatos como organizaciones y
reducirlos, en el mejor de los casos, a unos representantes limitados a
las empresas. Lo más inquietante de la reforma francesa está en eliminar
lo general, es decir, las clases sociales reivindicativas para
reducirlas a los empleados de empresas privadas. No hace falta ser un
genio de la sociología para destacar que es el final del sindicalismo
francés, entendido como una fuerza de defensa y presión del conjunto de
la clase trabajadora.
No han tenido bastante con la erosión
permanente de las clases medias –en España se calcula la bajada social
en tres millones de familias y sigue el jijijijajaja– para ahora
liquidar los restos de la historia obrera. Hacerlos empleados de
empresas, negar su carácter de colectividad.
Y como siempre ha ocurrido
en la historia, desde Alemania hasta España, pasando por Francia, esa es
una tarea que debe encomendarse a la socialdemocracia. La derecha no se
atrevería a hacerlo, salvo en países donde la tradición sindical se
destruyó, como aquí, en los años postreros del PSOE.
Pero en
Francia hay elementos que dificultan la impunidad del poder y las
presiones patronales –bastaría recurrir a su historia–. Lo primero es
una sociedad civil que ejerce, sin castrar. Ya se han recogido 5.500
firmas de notables –publicadas en el diario Libération (¡dónde podrían
aparecer aquí!)– exigiendo que los grandes salarios no pueden pasar de
1,75 millones de euros anuales, que no está mal, pero que son una
nadería con lo que están ganando los ejecutivos de esas empresas que
consideran que el mayor problema es tener trabajadores fijos y atenerse a
las condiciones que impone la legislación estatal. (...)
Ocho premios Nobel galos y una medalla Fields (¿cuántos tenemos
nosotros?) han exigido que se mantengan los programas de investigación, y
ese Gobierno implacable de un Hollande desnortado y un Valls implacable
en su ambición de llegar a la presidencia, han tenido que pensárselo.
Primera medida, subir los sueldos de los profesores.
En Francia tienen
un peso que nosotros ni podemos soñar, y que tampoco hicieron aquí nada
por ganárselo, el desdén social por la enseñanza de alto o bajo grado
viene de lejos y en muchos casos justifica esa obsesión por garrapiñar
los departamentos docentes. La quiebra de la enseñanza en España es una
pandemia en la que se mezcla la zafiedad de una sociedad descerebrada
con el desánimo de los profesionales. La enseñanza media está en
precario y la universidad en quiebra.
En Francia viven algo
insólito para nuestros parámetros. El sindicalismo no ha muerto. Y
gracias a eso ha aparecido un líder, Philippe Martínez, técnico de la
Renault de Billancourt, la leyenda de antaño en la lucha obrera, un tipo
audaz y con capacidad política, parece ser que oratoria ninguna, pero
que ha arrastrado tras él a un movimiento que no le hace ascos a nada
porque conoce la pelea.
Es el primer secretario de la CGT, el mayor
sindicato aunque muy capitidisminuido –alcanzó cinco millones de
afiliados y ahora no llega al millón–, que no milita en el Partido
Comunista; lo dejó en el 2002. (Tiene su aquel que la lucha enfrente a
dos hombres de procedencia española, con una aspirante muy bien colocada
en esta pelea de machos: Hidalgo, alcaldesa de París. Tanto Valls, el
primer ministro, como Martínez, de familia exiliada y nacido en el norte
de África, como la alcaldesa Hidalgo pertenecen a aquella generación de
padres españoles que tuvieron que salir de la canallesca y agobiante
España del franquismo. Bastaría la ruinosa experiencia del pintor Xavier
Valls, padre del político, en aquella Barcelona franquista, timorata y
meapilas de los años cincuenta).
Cuando, el pasado 21 de mayo,
Philippe Martínez, líder de la CGT, agarró un neumático y asumiendo su
papel de dirigente hizo lo que los demás no creían que iba a hacer,
echarlo para que ardiera y bloquear la refinería de Haulchin, se ganó
los galones del valor y de la coherencia. Las cosas son así, esas peleas
no se ganan en los despachos; porque los valores no son supuestos, como
en el ejército. En el sindicalismo se demuestran.
Otra lección
francesa es la cautela ante las huelgas generales, que ya se sabe dan
mucho rebomborio mediático y escasa influencia en el adversario. Siete
sindicatos en pie de guerra, desde los transportes públicos de París
hasta las centrales nucleares –19 en Francia–, bloqueo de refinerías…
Pero con otro rasgo significativo, el apoyo de la población a los
huelguistas se mantiene en un 50 por ciento, según estimaciones que no
tienden a la benevolencia. (...)
Ese es otro signo. La ausencia de conciencia de que nosotros somos
griegos habiendo trabajado como alemanes, y que no debemos nada a nadie.
Y que si hubiera alguna duda que se lo pregunten a aquellos que
esquilmaron el Estado.
¿Fuimos nosotros, ahora que hemos pasado casi
todos de trabajadores a autónomos, es decir, a pequeños empresarios,
ricos y sin patrimonio? ¿Hemos vivido por encima de nuestras
posibilidades? Que se lo pregunten al PP, al PSOE, pero si hay un delito
que cometimos es el de la cretinización. La gente crédula seguía
pensando que algún brujo bancario, profeta y extorsionador, nos había
explicado cómo podías sentirte rico siendo más pobre que antes.
Por
eso es trascendental lo que ocurre en Francia. Si ganan, podemos
compartir una victoria insólita en una época marcada por la vuelta a la
servidumbre. Si pierden, habrá que aprender para poder salir de esto.
Eso sí, todos nos insistirán en que Mariano Rajoy no miente,
sencillamente engaña.
Al menos en Francia pelean cuerpo a cuerpo sobre
algo que es trascendental: si se elimina el papel del Estado, por más
corrupto que sea el nuestro, habremos perdido un recurso. Igual que
perdimos los sindicatos porque supieron alquilarlos a tiempo parcial." (Lecciones de Francia, de Gregorio Morán, La Vanguardia, en Caffe Reggio, 04/06/16)
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