"Cuentan que la noche del 20 de diciembre de 2015, tras conocer el resultado de las elecciones, Mariano Rajoy
se mostró muy disgustado. Pero no por haber perdido más de tres
millones y medio de votos desde los anteriores comicios sino porque Ciudadanos
solo había obtenido 40 escaños, cuando las encuestas pronosticaban 55 o
60, los necesarios para, pacto mediante, entregar el gobierno a Rajoy
en bandeja de plata.
Ahora resultaba que la suma de PP y Ciudadanos
no alcanzaba, ni de lejos, para la investidura. De ahí que el cabreo de
Rajoy no se dirigiera hacia sí mismo, la autocrítica es incompatible
con su plástica cerebral, ni siquiera hacia el PP, sino contra Albert Rivera, el partido naranja y… el establishment. (...)
En 2014 supimos que existía un plan para lanzar un nuevo partido no populista,
que compitiera en el nicho de la regeneración democrática, recogiera
parte del voto indignado y neutralizara el empuje de Podemos.
La fuente
no reveló en ese momento detalles del partido, seguramente porque los
desconocía, pero citó a miembros de la oligarquía económica que, en
connivencia con un magnate de los mass media, habían decidido abrir los platós a un nuevo “actor”.
Originariamente, el plan consistía en fusionar Ciudadanos con UPyD
(organización impulsada a su vez, años atrás, por el entorno del PP de
Madrid), dos partidos a priori perfectamente complementarios. Uno con
fuerte implantación en Cataluña y el otro en el resto de España.
Además,
UPyD mostraba una brillante trayectoria reformista, denunciando la corrupción y las fallas del sistema. Y Ciudadanos exhibía una irreductible resistencia a la tiranía nacionalista en Cataluña. (...)
Al no entrar Rosa Díez en razón, el establishment cortó por lo sano. Eliminó a UPyD de la ecuación y, a toda prisa, convirtió a Ciudadanos en partido de implantación nacional.
Mientras Díez se hacía cada vez más invisible, Rivera recibía un pase
que permitía entrar en todas las televisiones.
Lo más crucial, sin
embargo, consistió en cocinar unas encuestas de intención de voto que situaran a UPyD
en niveles de aceptación tan bajos que ahuyentaran el voto útil y
colocaran a Ciudadanos en unas cuotas de popularidad muy superiores a
las reales.
Hecho esto, el globo comenzó a elevarse por sí solo. Por el
efecto bandwagon, mucha gente tiende a votar lo que ha oído que
votarán otras personas. En no pocas ocasiones, las encuestas no es que
acierten: es que influyen en el resultado. (...)
Pero el futuro deparaba todavía más sopresas. Meses después, la
avalancha de corrupción parecía abocar al PP a la catástrofe. Y los
presidentes del IBEX decidieron ir aún más lejos. Juzgaron prudente no
colocar todos los huevos en la misma cesta: mejor en dos. Realmente no
abandonaron a Rajoy pero, como prudentes inversores, repartieron los
riesgos en lugar de concentrarlos: pusieron una vela al PP y otra a Ciudadanos.
Aunque Mariano siguió creyendo que la oligarquía económica tan solo
pretendía suministrarle un punto de apoyo para asegurarle la
presidencia, lo cierto es que Ciudadanos dejó de ser un mero instrumento para restar votos a Podemos y
se convirtió en uno de los caballos favoritos del IBEX, el relevo
natural del PP.
Fue su momento de gloria, cuando Albert Rivera creyó
tener la Moncloa al alcance de la mano; y sus asesores, cegados por las
encuestas, se emborracharon de optimismo, de autoestima, y a punto estuvieron de darse un batacazo monumental.
Visto con perspectiva, la estrategia de elevar a Ciudadanos
al Olimpo de la política española no estaba exenta de problemas y
dificultades. La formación carecía de experiencia más allá de su
oposición al nacionalismo catalán.
Por suerte, pudo aglutinar a un
reducido grupo de mentes pensantes, personas preocupadas por España y
conscientes de las reformas necesarias para ganar el futuro.
Lamentablemente, las exageradas perspectivas electorales también atrajeron a una tropa de oportunistas, tránsfugas profesionales en busca de prebendas, beneficios y cargos. (...)
Por ello, Ciudadanos tiene dos almas: una
reformista y regeneradora, que ahora parece batirse en retirada, y otra
proclive a la política tradicional, a la componenda y al reparto. (...)" (Javier Benegas, Juan M. Blanco, Vox Populi, 11/06/16)
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