6.10.16

¿Cómo es posible que entre las organizaciones de la izquierda no haya existido un debate más a fondo sobre la derrota de Syriza en julio de 2015 a manos de la Troika y Bundesbank?

"¿Cómo es posible que entre las organizaciones de la izquierda no haya existido un debate más a fondo sobre la derrota de Syriza en julio de 2015 a manos de la Troika y Bundesbank?  (...)

Incompresiblemente, Alexis Tsipras, tras vencer en un referéndum el 5 de julio de 2015 por el 61,31 por ciento contra el 38,69 por ciento, acaba aceptando el memorando propuesto por la Troika y Alemania. Se trataba de una humillación política que agregaba más hiel a la herida griega ya que los términos del acuerdo eran, si cabe, aún más duros.

Ha pasado más de un año de todos estos acontecimientos. (...)

La importancia de la experiencia griega trasciende a las fronteras del país y a sus tiempos. Se trataba del primer partido de izquierdas no socialdemócrata que alcanzaba un porcentaje tan alto de votos en una sociedad europea avanzada desde hacía 40 años.  (...)

La experiencia de Syriza solo podía compararse, salvando las distancias, a los acontecimientos que protagonizó Portugal en 1974 con la revolución de los claveles.  (...)

El filósofo y militante revolucionario griego Panagiotis Sotiris que militó en Syriza y ahora en la UP, lo sintetizaba de esta manera tan clara:

El problema es que en el país en el que el más agresivo de los experimentos sociales neoliberales se había topado con la más masiva, casi insurreccional, secuencia de luchas, en el que la crisis política era lo más cercano a una crisis de hegemonía que haya conocido Europa occidental desde la caída de las dictaduras, en el que un partido de izquierdas relativamente pequeño fue catapultado al poder, en el que un pueblo desafiante se opuso al chantaje de la UE…” (“El realismo de la audacia”, VIENTO SUR, 24/11/2015, http://vientosur.info/spip.php?article10717).

Cómo entonces se ha subestimado y minimizado la experiencia griega hasta el punto de que apenas (como antes decíamos) no haya habido un debate serio, salvo una minoría de intelectuales y organizaciones. (...)

De la misma forma que la experiencia de Chile tuvo graves consecuencias, también lo tiene y tendrá lo sucedido en Grecia. Toda revolución o contrarrevolución (violenta o no violenta), tienen efectos a corto, medio y largo plazo (en muchos casos efectos retardados). 

Como auguró Perry Anderson en Campos de batalla, las derrotas de la revolución portuguesa y de los procesos de emancipación en el Estado español y en Grecia con la caída de las dictaduras, marcó el final de un ciclo revolucionario en Europa del oeste y la crisis del marxismo occidental.  (...)

En mi opinión, no solo es factible desafiar a la UE sino que es absolutamente necesario hacerlo. Creo que no existe la menor posibilidad de cambiar las políticas económicas y sociales actuales sin ese desafío que, con toda probabilidad, nos lleve a la expulsión o desenganche de la zona euro. Desde dentro, terminaremos presos de la lógica de la austeridad como hemos visto le sucedió a Zapatero, Hollande, Renzi y, finalmente, a Tsipras.

El compañero Panagiotis lo sintetizaba de forma brillante: 

¿Había otro camino posible para Grecia, o debemos aceptar la premisa de que un pequeño país del sur de Europa no estaba en condiciones de responder al chantaje de la UE? Estoy totalmente en desacuerdo. 

El momento del referéndum era óptimo para una estrategia de ruptura: fin de las negociaciones, suspensión del pago de la deuda, nacionalización del sistema bancario, inicio de un proceso de retorno a la moneda nacional, como puntos de partida de un proceso de transformación más amplio. 

Las obvias dificultades iniciales, en realidad no mucho mayores que las que estamos sufriendo ahora en Grecia y seguramente menores que las que nos vamos a encontrar en los próximos años, podrían abordarse con el tremendo potencial del resultado del referéndum y del grado de movilización popular y de solidaridad internacional. 

Sin embargo, la dirección de Syriza no estaba dispuesta ni siquiera a pensar la posibilidad de una estrategia de ruptura, lo que llevó a una serie de concesiones y compromisos desastrosos, incluso antes de las elecciones de enero del 2015. 

Esta falta de disposición para afrontar cualquier eventualidad que no fuera el compromiso dentro de la zona euro no se debió a la falta de tiempo. Más bien, fue el resultado de una opción consciente de que la ruptura era imposible, derivada de la combinación de un europeísmo compulsivo junto con el intento de construir alianzas con sectores de la burguesía griega. (VIENTO SUR, artículo citado).

En este párrafo están los nudos de muchos de los debates entre nosotros, la combinación entre coyuntura y estrategia, la combinación entre voluntad y estrategia y la combinación entre economía y política. El referéndum –como coyuntura- fue una oportunidad histórica para llevar adelante un proceso de transformación económica y social.

 Ese es para mí el punto de partida en el que coinciden los tiempos de la coyuntura con la voluntad política, y de ambas con la estrategia. Los tiempos –como oportunidad- no se suceden indefinidamente; el “arte” de la política transformadora consiste en distinguir el momento en el que una táctica o decisión tiene garantías (nunca al cien por cien) de salir con mayor o menor éxito.

 Como decía Bensaid, “tanto en la revolución como en la guerra, siempre se está en la incertidumbre recíproca de los dos bandos” (La política como arte estratégico, VIENTO SUR 23/08/2016, http://vientosur.info/spip.php?article10717 ).  (...)

En el caso de Grecia, aparentemente, la inmensa mayoría de la clase trabajadora y amplísimos sectores de las clases medias y campesinas pauperizadas se habían unido. Era el momento de lanzar una apuesta económica y político-social alternativa. 

Es decir, emprender el complejo y arriesgado camino de la transformación radical de la sociedad griega, propiciando la transición hacia un nuevo régimen social y político donde las clases subalternas (históricamente oprimidas y explotadas) pasaran a ocupar un papel en las estructuras políticas.

 Esa transición, que es ante todo social antes incluso que económica, es la apuesta fuerte de la izquierda para contraprogramar las tendencias a la burocratización, la estatización o la dimensión exclusivamente nacionalista.

En la Grecia del verano del 2015, había que hacer frente a una situación de embargo económico, fuga de capitales y sabotaje patronal. Por eso era preciso poner en marcha un conjunto de medidas económicas que, algunos economistas, como Eric Toussaint o Costas Lapavitsas, han sistematizado perfectamente tanto en sus trabajos sobre la deuda soberana griega o el capitalismo financiarizado: la nacionalización del sector bancario y financiero bajo un control democrático y social; el desconocimiento de la deuda injusta y la propuesta de restructuración a los acreedores; la implementación de un conjunto de medidas dirigidas a paliar la emergencia social de las clases más machacadas desde la crisis de 2007 (salarios, paro, vivienda, servicios públicos, etc).  (...)

Había que vincular el plan de salvamento griego con la construcción de un nuevo proyecto europeo. La propuesta era la apertura de un o unos procesos constituyentes en toda la UE, empezando por el sur de Europa en lo que yo entiendo podría ser una primera confederación de Estados del sur que pudiera incluir una moneda común y un espacio económico que podría aglutinar (Portugal, Estado español, Grecia e Italia), alrededor del 25 por ciento del PIB de la UE (Ver “El despertar de los PIIGS”, AA VV, Ediciones Maia).  (...)

Durante el año 2015 en Grecia se había dibujado una mayoría social que era además política. Como decíamos anteriormente, no era sencillo llegar a ese punto. Había hecho falta una gran dosis de sufrimiento, una situación de la economía prácticamente de guerra (la caída del PIB había llegado al 27 por ciento y la caída de la actividad productiva rondaba el 70 por ciento) y una respuesta social continuada. 

En ese escenario se produjo una de las variadas interpretaciones del concepto gramsciano de hegemonía como “mayoría” social de una alianza de clases; pero también como conquista política de las ideas fuerza que, en esos momentos, eran capaces de movilizar y cohesionar a un sector mayoritario de la sociedad. 

¿A qué se esperaba entonces? Lamentablemente se perdió una gran oportunidad. Tsipras jugó sus bazas como un farol, a diferencia de la burocracia de la UE que apostó fuerte sabiendo en que el caso griego le iba algo más que una deuda soberana. Lo que para ellos estaba en juego era el futuro de su proyecto político y la hipótesis de que tras Syriza, Podemos ganase las elecciones en el Estado español.  (...)

El problema, o uno de los problemas centrales, es que la UE no deja margen a políticas keynesianas o reformistas para mitigar la austeridad. Por el contrario, exige esfuerzos y más esfuerzos sociales a las clases trabajadoras, con el único objetivo de que el capital se valorice lo necesario. Bajo el objetivo de la rentabilidad capitalista se aprueban programas de reducción del déficit o de la deuda que exigen sacrificios sociales de forma constante a las clases trabajadoras y clases medias.

Ese es el gran problema con el que se encontró Tsipras y la socialdemocracia en sus distintas variantes gubernamentales, y ese sería el problema que se encontraría Podemos si llegara a gobernar en compañía o solos.

 No hay más vuelta de hoja. Por lo tanto y sin ánimo de simplificar, o se aborda el problema de frente o no sirve ponerse de perfil. Eso exige un debate a fondo en Podemos sobre la estrategia a seguir en caso de gobernar o participar en un gobierno.  (...)"                 (Jesús Jaén, Viento Sur, en Rebelión, 30/09/16)

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