"El Deutsche Bank, la mayor entidad financiera europea con unos activos equivalentes al 160% del PIB español,
lleva dos años sembrando las dudas acerca de su supervivencia. La
semana pasada, el diario alemán ‘Die Zeit’ incluso llegó a publicar que Merkel ya tenía preparado un plan de rescate para el banco.
La preocupación no es para menos, dado que, hace apenas unos meses, el Fondo Monetario Internacional calificó al Deutsche Bank como la entidad “que en términos netos más contribuye a generar riesgos sistémicos dentro del sistema bancario global”, debido a sus enormes interconexiones con todos sus colegas financieros. (...)
Pues bien, a mediados de 2016, la ratio de capital CET1 del Deutsche
Bank era del 10,8%, la ratio de capital Tier 1 era del 12% y la ratio de
capital total era del 15,1%. Aparentemente, pues, ningún problema.
Incluso bajo el escenario más adverso de que EEUU cumpliera con su
amenaza de imponerle una sanción de 14.000 millones de dólares (12.500
millones de euros, de los cuales ya tiene provisionados 5.200), su
capitalización seguiría respetando los requisitos impuestos por Basilea
III (la ratio CET1 caería al 9%, la ratio de capital Tier 1 al 10,1% y
la ratio de capital total al 13,2%).
Si, según se nos ha venido
vendiendo desde todas las instancias políticas, el marco regulatorio de Basilea III
es extremadamente conservador e impone a los bancos unos requisitos de
capital más que prudentes, ¿cómo dudar de la supervivencia del Deutsche
Bank cuando bate ampliamente tales exigencias regulatorias (y las
seguiría batiendo aun cuando EEUU aplicara la más dura de las
sanciones)? Pues, en esencia, por dos motivos.
Primero, Basilea III dista ‘mucho’ de ser un marco regulatorio conservador:
las exigencias de capital se efectúan no con respecto a los activos
‘totales’ de la banca, sino con respecto a los activos ‘ponderados por
riesgo’. Y las ponderaciones por riesgo de Basilea III, como ya sucedía
con Basilea II, continúan ocultando gran parte del riesgo real que está
asumiendo una entidad.
Para que nos hagamos una idea, los activos
ponderados por riesgo
del Deutsche Bank ascienden a 402.217 millones de euros, mientras que
sus activos totales (sin ponderar por riesgo) totalizan 1,8 billones de
euros (casi cinco veces más).
Si, por ejemplo, calculáramos la ratio de
capital CET1 no con respecto a los activos ponderados por riesgo sino
con respecto a los activos totales que figuran en su balance, esta no
sería del 10,8%, sino solo del 2,4%: es decir, apenas una depreciación
del 2,4% del valor de los activos totales del Deutsche Bank abocaría a
la entidad al concurso de acreedores.
Segundo, la cifra de 1,8 billones de activos totales ni siquiera representa toda la exposición al riesgo del
Deutsche Bank, dado que no tiene en cuenta aquellos elementos que se
hallan ‘fuera de balance’. Por ejemplo, a cierre de 2015, el valor nocional bruto de
los derivados de esta entidad alemana era de 41,9 billones de euros
(equivalente a 40 veces el PIB español).
Es verdad que suele hacerse
mucha demagogia desinformada con respecto a esta cifra, dado que se
trata de una exposición ‘bruta’ a instrumentos que en muchos casos no
acarrean ‘ningún riesgo’.
Ahora bien, aun así parece importante tener en
cuenta algunos de estos elementos fuera de balance para hacernos una
imagen más fidedigna del riesgo real del banco: y, justamente por ello,
Basilea III impone a los bancos un nuevo requisito de capital, la
llamada ratio de apalancamiento, con el que pretende medir la solvencia
de una entidad frente a los activos netos en su balance y a otros
elementos ‘fuera de balance’ (como los derivados o las operaciones de
financiación de valores).
Más en concreto, Basilea III define la
ratio de apalancamiento como el cociente entre el capital Tier 1 y la
“exposición total” de un banco (siendo la exposición total el conjunto
de exposiciones a riesgo dentro y fuera de balance), y exige que sea al
menos del 3%. El capital Tier 1 del Deutsche Bank es de 48.071 millones
de euros y su exposición total, de 1,415 billones de euros, de modo que
su ratio de apalancamiento asciende al 3,4%.
Nótese que la magnitud
‘exposición total’ sigue siendo inferior a los activos totales del banco
(dado que incluye todos los activos presentes en el balance), de modo
que ni siquiera esta medida puede considerarse verdaderamente
conservadora (aunque sí más que las ratios de capital anteriores). Pues
bien, en esta rúbrica semiconservadora, el Deutsche Bank sí está
pendiente de un hilo: apenas alcanza un valor del 3,4% frente al 3%
mínimamente exigido por Basilea III.
Si la entidad alemana fuera
finalmente castigada con la sanción de 12.500 millones por parte del
supervisor estadounidense, su ratio de apalancamiento caería al 2,8%: no
alcanzando el mínimo exigido por Basilea III.
Es más, aplicando los criterios utilizados por el regulador
estadounidense, deberíamos decir que, en tal caso, el Deutsche Bank se
hallaría en una situación de ’significativa infracapitalización’ (toda ratio de apalancamiento inferior al 3% merece esta consideración). (...)
A su vez, si utilizáramos el que probablemente sea el criterio más razonable y más conservador de todos —la ratio entre el patrimonio tangible y los activos totales—, comprobaríamos que el Deutsche Bank se encuentra ya muy cerca de ser considerado ‘críticamente infracapitalizado’,
según el propio regulador estadounidense (calificativo que emplea para
ratios inferiores al 2%).
A finales del primer semestre de 2016, el
patrimonio tangible del Deutsche Bank era de 52.011 millones de euros,
lo que supone que esta ratio apenas ascendía al 2,8% de sus activos
totales: si EEUU terminara sancionando al Deutsche Bank, caería al 2,4%.
En suma, según las propias métricas —no especialmente prudentes— de los reguladores europeo y estadounidense, el principal banco continental está en zona de muy elevado peligro
y necesita de una recapitalización urgente.
En circunstancias normales,
no debería serle especialmente difícil a una compañía como el Deutsche
Bank ampliar capital por 10.000 o 20.000 millones de euros, despejando
así todas las incertidumbres que lo rodean: sin embargo, las actuales no
son circunstancias normales por dos razones fundamentales.
La primera es imputable por entero a la entidad alemana: el Deutsche Bank posee un modelo de negocio muy poco rentable que,
además, va a tener que transformarse en el futuro debido a la profunda
metamorfosis que está experimentando el sector bancario.
Durante los
últimos 15 años, apenas ha logrado una rentabilidad sobre su capital del 4% (pese
a su gigantesco apalancamiento), y sus perspectivas de futuro son aún
peores (por mucho que la entidad prometa a sus accionistas lograr una
rentabilidad después de impuestos del 10% en 2018).
Mientras que, antes
de 2007, sus costes operativos representaban entre el 65% y el 70% de
sus ingresos operativos, a día de hoy ascienden al entorno del 80%-90%:
es decir, prácticamente todos los ingresos que logra la entidad se van a
costear sus gastos de funcionamiento.
La segunda es imputable a la política monetaria del BCE: con tal de ‘presuntamente’ impulsar la recuperación europea, la entidad emisora está combinando su fallida política de flexibilización cuantitativa (QE) con sus desastrosos tipos de interés negativos sobre los depósitos de los bancos depositada en el BCE: el QE inyecta liquidez en los bancos y, luego, les cobra una mordida del 0,4% anual sobre esa liquidez. (...)
Así pues, dada la bajísima rentabilidad que probablemente vaya a ser
capaz de ofrecer, se antoja complicado que el Deutsche Bank logre
seducir a muchos inversores para que le entreguen sus ahorros.
Por
tanto, estando claramente infracapitalizado y hallándose maniatado para
atraer nuevo capital, ¿qué le queda? Evidentemente, siempre es
problemático hacer predicciones en economía, pero todo apunta a que el
Deutsche Bank terminará necesitando un rescate que elimine las más que razonables dudas que existen hoy acerca de su supervivencia a medio plazo.
La cuestión, como siempre, es quién pagará este rescate:
si los contribuyentes (‘bail-out’) o los acreedores (‘bail-in’).
Alemania ha sido la principal defensora dentro de la eurozona de esa sensatísima propuesta consistente
en que sean los acreedores quienes en primer lugar recapitalicen —vía
quitas o conversiones de deuda en acciones—una entidad. De hecho, ha
logrado que ese sea el marco de resolución bancaria ‘actualmente’ vigente en Europa.
Llegado el momento, ¿aplicará a sus bancos —y a su mayor banco— los
mismos sanos principios que les exige al resto de entidades europeas?
¿O, en cambio, el Gobierno alemán volverá a saltarse las ortodoxas
normas que impone con razón al resto del Continente? Pueden hacer sus
apuestas, pero yo, desde luego, no pujaría por la coherencia de Merkel." (Juan Ramón Rallo, El confidencial, 05/10/16)
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