10.11.16

Donald Trump es un hombre gordo que considera que tiene más derecho a ser gordo que otros gordos, porque son gordos de baja calidad

"(...)  Básicamente, Donald Trump es un hombre gordo que considera que tiene más derecho a ser gordo que otros gordos, o que es gordo de mejor manera que los demás gordos, que, según su criterio, son gordos de baja calidad para los que, entre otras cosas, sí sería ilegal ir metiendo las manos sin permiso en las bragas de las mujeres.
 
Sus expresiones mitineras se mueven en dos sentidos. Por un lado, enseña los dientes de arriba, arrugando el morro y la nariz, exprimiéndose los ojos, como forma de mostrar odio y dejar claro que, menos él, todos somos más negros de lo que parecemos y que eso está muy mal.

 Y por otro, cuando se autobombea, descuelga el labio inferior. Hay que pararse ahí. Es un labio que recuerda a otros líderes que también se decían antipolíticos, un labio engreído como el de Mussolini.

Este belfo de dictador implica la convicción de estar transmitiendo siempre una verdad clarividente, aunque esté pidiendo una ración de callos; y expresa, también, una idea fija de patriotismo. Trump sólo tolera una forma de patriotismo: tener razón. Lo que le conviene a él, le conviene al país.

El republicano es de esos tipos que hablan de política en términos médicos; cree que las discrepancias o los problemas son cánceres y acude rápidamente a la metáfora de la cirugía y la extirpación. Al mismo tiempo, intenta confundir la palabra inmigrante con la de criminal.

En cambio, adora a los soldados y mutilados muy al estilo americano, como si hubieran ido, los pobres, a vender rosas por Bagdad, excepto si los veteranos son de origen musulmán.

Dijo Julio Camba que en EE.UU. “tantos millones de dólares representan tantos millones de inteligencia”. Sacralizar el éxito provoca monstruos. Como la pasta es el medidor de la bondad, los ricos tienen derecho a la zafiedad.

Las depravaciones de Trump, al estar avaladas por un mar de billetes, se consideran una señal de su genio y de su originalidad, incluso de su humildad: “Fíjate”, dicen, “con lo rico que es y no tiene reparos en hacer el bruto”. (...)

En América, escribió Camba, la virtud se trasvasa del dinero a la persona y no al revés. Él lo sabe, y sigue luchando para ser mejor que su fortuna."     (Esteban Ordóñez, CTXT, 02/11/16)

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