"Lo he afirmado tres veces, luego es verdad. Las mayores mentiras se
pueden trasformar en dogmas, o los errores en aciertos, a base de
repetir un mismo mensaje de forma continuada. Esto es lo que ha ocurrido
con las pensiones.
Desde hace más de treinta años todos los cañones
informativos de las entidades financieras, de las fundaciones ligadas a
ellas o a los poderes económicos, e incluso muchos políticos, han venido
martilleando a la opinión pública con el soniquete de que el sistema
público de pensiones no es viable, o de que en cualquier caso necesita
una profunda reforma (léase reducción) para su sostenibilidad y de que
se hace preciso, por tanto, que los ciudadanos comiencen a ahorrar, es
decir, a suscribir fondos, planes de pensiones o instrumentos similares,
finalidad última del mensaje.
Tanta fuerza ha tenido la ofensiva, que ha terminado calando
profundamente en la sociedad. De ahí que no haya que sorprenderse de los
datos que ofrece la encuesta realizada por la fundación Mapfre en la
que, por ejemplo, más del cuarenta por ciento de los españoles piensan
que cuando se jubilen no van a cobrar pensión.
Estoy seguro, sin
embargo, de que esas mismas personas no dudan de que va a seguir
habiendo sanidad pública y educación pública; no cuestionan que se vaya a
poder pagar a los policías, a los jueces y a los demás funcionarios o
que los poseedores de títulos de deuda pública vayan a cobrar los
intereses.
Sin motivo fundado, el pesimismo existente con respecto a las pensiones
es radical. Una buena parte del otro sesenta por ciento considera que
una vez jubilados no podrán mantener el mismo poder adquisitivo y que la
cuantía de su pensión no sobrepasará los 900 euros mensuales; 150 euros
menos que la pensión media actual, que ya es suficientemente baja.
Se
produce una especie de síndrome de Estocolmo en virtud del cual los
ciudadanos han terminado asumiendo los sofismas y falacias construidos
con la pirámide demográfica, con el incremento de esperanza de vida y,
sobre todo, al ligar la suerte de las pensiones a la evolución de las
cotizaciones, sin que nadie por el contrario repare en el incremento de
la productividad y de la renta per cápita.
Es una especie de promesa
autocumplida, porque es precisamente el derrotismo en esta materia el
que puede hacer posible que el sistema público de pensiones se
deteriore, al tirar la toalla antes de comenzar el combate.
La encuesta se adentra también en el tema del ahorro que los
ciudadanos guardan para la jubilación. No es de extrañar. Mapfre es una
empresa de seguros y esta ha sido siempre la finalidad de la ofensiva:
promocionar los fondos privados de pensiones o figuras análogas.
La
contestación de los encuestados es bastante lógica, el setenta por
ciento no ahorra porque no puede, pero del 30% restante muy pocos
serían, aunque no lo digan, los que podrían con su ahorro mantener una
pensión.
Por otra parte, la contestación de todos ellos con carácter
general debería haber sido que de hecho ya están ahorrando todos los
meses, puesto que las cotizaciones (incluyendo las empresariales) forman
parte de su retribución, se pagan mes a mes durante toda su vida
laboral.
Por mucho que se empeñen las entidades financieras y por mucha
propaganda que hagan de los fondos y de los planes de pensiones, la
mayoría de los ciudadanos no tienen apenas capacidad de ahorro.
Deteriorar el sistema público de pensiones y confiar la supervivencia en
la jubilación al ahorro privado es condenar a amplias capas de la
población a la pobreza o a la beneficencia. Aparte de las pensiones
públicas, tan solo la casa en propiedad puede tener cierta importancia
en la riqueza de la casi totalidad de jubilados (presentes y futuros). (...)" (Juan Fancisco Martín Seco, República.com, 15/12/16)
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