"(...) En su nuevo ensayo, Decir no no basta [Paidós,
Barcelona, 2017], desvela la estrategia de Donald Trump. El presidente
norteamericano ¿es producto de la doctrina del shock o es el mismo un
productor de “shocks”?
Su método consiste en producir
conmoción varias veces al día, vía Twitter u otros canales. Todo el
mundo aguarda el nuevo “shock”, la última declaración provocadora. Y eso
le sirve a su programa económico, el cual, gracias a estas
distracciones, progresa entre bastidores, de forma bastante más
discreta.
Está rodeado de varios dirigentes de Goldman Sachs y, en una
perspectiva más amplia, es a ellos a los que ha subcontratado su
política económica. No se ha disociado en ningún caso de sus propios
intereses de empresario privado.
Lo mismo vale para el grupo de presión
de los combustibles fósiles, muy arraigado en el entorno presidencial;
este grupo de presión controla a Scott Pruitt, a quien Trump ha colocado
al frente de la Agencia nacional de Protección Ambiental [EPA] y que
acaba de abandonar el proyecto de energía verde que constituía la
principal aportación de Obama a los acuerdos de París sobre el clima. Y
eso cuela, porque toda la atención de los medios se concentra en el
circo trumpiano.
Pero Trump es igualmente un producto de la
doctrina del “shock” desde los años 70. Su primer gran golpe de promotor
inmobiliario, cuando se desligó del amparo de su padre, consistió en
adquirir un hotel en condiciones extraordinariamente ventajosas,
prácticamente exentas de impuestos, pues la ciudad estaba al borde de la
quiebra, un poco como hoy Puerto Rico, y en manos de gestores privados
antes que de representantes democráticamente elegidos.
Es un perfecto
ejemplo de explotación de la crisis en beneficio de las élites.
¿Cómo definir la marca Trump?
La
novedad de Trump es que representa un modelo empresarial que existe
sólo desde hace dos décadas. Otros dirigentes ya habían tomado prestadas
estrategias de marca en la empresa, como Tony Blair, al rebautizar el
Partido Laborista como “New Labour” o al lanzar el lema “Cool
Britannia”.
Pero el hecho de que un presidente se transforme en marca
que se lanza al mercado y confunda esta marca con la política
presidencial, eso es algo inédito.
En otro tiempo, las empresas
se presentaban como fabricantes de productos o proveedoras de servicios,
y eran esos productos o esos servicios lo que vendían mientras creaban
una identidad de marca para distinguirse de la competencia.
Escribiendo No Logo,
[Paidós, Barcelona, 2002] hace veinte años, descubrí un nuevo género de
empresas que vendían, no ya un producto o un servicio, sino una
identidad, un modo de vida. Para esta nueva tribu comercial, la
producción era el marketing mismo, y la identidad de la marca se fundía
en la cultura por referencia al deporte o a la música, incluso a la
revolución. Nike fue una empresa pionera a este respecto: no tenía
siquiera voluntad de poseer sus propias fábricas.
Es lo que he llamado
“marcas vacías”. Esas empresas estaban a la vez por doquier y en ninguna
parte, indiferentes a su mano de obra, y subcontrataban
sistemáticamente su producción. Nike vende la idea de transcendencia por
medio del deporte, Starbucks, la de una comunidad; Apple, la idea de
revolución.
Trump ha aplicado este proceso: se ha lanzado al sector
inmobiliario gracias a su fortuna familiar, pero dejó muy rápidamente de
construir y de vender inmuebles para vender su nombre y su imagen de
marca, asociados a un modo de vida, a otros promotores que cargaban con
todos los riesgos concretos y financieros ligados a la construcción
inmobiliaria.
Trump encarna la fusión entre el hombre y la gran empresa,
megamarca de un solo personaje, cuya mujer y cuyos niños son marcas
derivadas.
¿Cuáles son los valores asociados a la marca Trump?
La imagen que vende Trump es la de la impunidad gracias al dinero,
una libertad y un poder inaccesibles a la gente del común. Este sueño
capitalista se acompaña del último signo de poder en nuestro mundo:
estar rodeado de mujeres.
Y así resulta que hace alarde de sus amantes,
que deja caer rumores en las revistas de escándalos neoyorquinas sobre
sus problemas conyugales y sus infidelidades. Su mensaje electoral era:
vivid la misma vida de ensueño que yo. Creó una universidad de pega, que
prometía, previo pago, enseñar sus métodos y poder acceder a su mundo.
Sus casinos ofrecían la misma promesa. Pero esta experiencia culminó, a
buen seguro, con su programa de telerrealidad, The Celebrity Apprentice,
que exhibía su fortuna, su poder y su lujo, prometiéndoselos al único
ganador del juego. Ha promovido la riqueza por sí misma, la idea de ser
ganador en un mundo de perdedores, un predador ideal.
Y para él, el
significado supremo del poder es poder abusar de las mujeres. Trump obra
sólo a su antojo: le echa el guante a todo lo que pasa, deshonra,
humilla lo que quiere cuando quiere: es el predador en jefe.
El
ascenso de Trump acompaña el triunfo del neoliberalismo desde los años
de Reagan, los años 80. En ese contexto de precarización y de
desclasamiento es en el que ha podido vender ese sueño de liberarse de
toda regla, de vivir en su propia realidad, de negar incluso las
constricciones del mundo real o de la ciencia.
De ahí su fascinación por
el “catch” y los combates trucados. Traspuso el principio del juego a
su campaña electoral. Prometió a su electorado de clases medias inferior
la misma revancha que a los candidatos de su juego televisado: el poder
de aplastar a los perdedores… los inmigrantes, los negros, las mujeres…
¿Es Trump es una síntesis perfecta de lo que ha denunciado usted en sus tres libros precedentes?
En efecto, No Logo describía
la forma en que las supermarcas invaden el espacio público: Trump
representa la cima simbólica de esta tendencia ocupando el Despacho
Oval. La idea de impunidad por el poder ha definido siempre, por otro
lado, la política exterior norteamericana: el excepcionalismo
norteamericano, el rechazo a rendir cuentas ante el Tribunal Penal
Internacional y las demás instituciones de la ONU.
En cuanto a la
doctrina del “shock”, Trump explota crisis para exacerbar las divisiones
económicas en beneficio de una élite minoritaria y riquísima. Le
encanta desestabilizar a la gente y distraer su atención de lo que
verdaderamente está en juego por medio de la trivialidad: ¡es a la vez
la doctrina del “shock” y la doctrina del cheap! Sus ultrajes
son adictivos como la comida basura…
Pero de golpe, no se subraya que
reduce las tasas a las empresas o la imposición inmobiliaria, lo que
beneficiará directamente a su familia y a los multimillonarios que
componen su gabinete, esos “maestros del desastre” que han construido
principalmente sus imperios sobre la expropiación de las pequeñas gentes
a raíz de la crisis financiera, enormemente imputable ella misma a
Goldman Sachs, que se ha beneficiado de ella después.
Es una escándalo
bastante peor que los excesos histriónicos de Trump, y la perfecta
ilustración de un “capitalismo del desastre” o de la catástrofe. Del
mismo modo que lo es que la industria petrolífera mantenga una crisis
crónica de la que saca partido: Exxon practica la desinformación sobre
el cambio climático aprovechando el deeshielo del casquete polar para
efectuar nuevas prospecciones.
Han echado por tierra todas las
reglamentaciones de control energético y ecológico. Ahora bien, la
modificación de nuestro sistema de producción energética y de transporte
supone tasas fiscales que no quiere la derecha.
Habla usted de tres “d”: destrucción, desregulación, deconstrucción
Al escribir La doctrina del shock,
tendría que haber insistido, para empezar, en la forma en que el
neoliberalismo explota la xenofobia y el rechazo de los inmigrantes. Es
tan cierto de Trump como de Marine Le Pen o de los partidarios del
Brexit.
No se puede comprender el auge del neoliberalismo sin subrayar
cuánto ha exacerbado las fracturas raciales para dividir a los
trabajadores. Desde Reagan, pero también con Clinton, se ha acusado a
los inmigrantes y a las minorías étnicas de abusar de las ayudas
sociales, de vivir a expensas de la sociedad.
Reagan
decía que “el Estado no es la solución a nuestros problemas: el Estado
es el problema”, ¿Trump es su heredero o el producto de una nueva
cultura empresarial que fetichiza a los “disruptores”, los innovadores
que hacen fortuna ignorando las leyes de forma flagrante?
Trump
es ambas cosas a la vez. La herencia de Reagan consiste en considerar a
los directores ejecutivos como fuerza vital de los Estados Unidos, en
borrar las fronteras entre el mundo de los negocios y el mundo político.
Reagan no inventó este proceso, pero lo aceleró. Trump añadió a este
desafío hacia el intervencionismo del Estado, e incluso hacia la
sociedad civil, una verdadera diabolización de los poderes público,
explotando el disgusto a veces legítimo del electorado frente a la
corrupción de la esfera política.
Por otra parte,
comparte con los “disruptores”, el culto de la innovación brutal, con el
desprecio a toda regla y una indiferencia total a toda objeción o
acusación. Su postulado es que, llegado a un cierto grado de riqueza, se
puede eludir toda pregunta sobre la forma ilegal en que se ha llegado a
obtenerla. Es la misma impunidad que reivindican Google, Facebook o
Uber.
El fenómeno Trump ¿es la encarnación de ese lugar
común según el cual los millonarios serían los únicos capaces de
resolver nuestros problemas?
Quería, sobre todo,
disipar un mito, el que imputa toda la responsabilidad a los
republicanos, como si hubiera dos Norteaméricas estancas. Pues los
demócratas también han contribuido a poner en marcha este sistema.
Si
bien Trump ha explotado de modo efectivo el racismo, la misoginia y la
homofobia, nunca hubiera accedido al poder sin la deriva de los medios,
incluyendo los progresistas, hacia la información espectáculo, y su
forma de tratar la campaña electoral como un programa de telerrealidad.
Él entró en escena, pero no construyó esta escena. Sencillamente, es
mejor actor para este género de papel que los políticos tradicionales.
El espectáculo sensacionalista es su universo.
Y este mito del
millonario filántropo, que sugiere que los problemas políticos más
candentes (los del medio ambiente o la educación, por ejemplo) podrían
arreglarse gracias a las limosnas de algunos oligarcas más ricos que
bastantes estados, existe también entre los progresistas.
La Fundación
Clinton es buen ejemplo de ello. En lugar de recurrir a instituciones
transparentes y democráticas, se apela a la benevolencia de estos
multimillonarios, y se subcontrata con ellos la resolución de estos
problemas, aunque no tengan ninguna experiencia en esos terrenos.
Su
fortuna hace las veces de competencia. Son supuestos progresistas como
los Clinton, Bill Gates, Richard Branson o Michael Bloomberg los que le
han preparado el terreno a Trump(...)" (Fuente: L´Obs, nº 2764, 26 de octubre-1 de noviembre de 2017. Entrevista a Naomi Klein, Sin permiso, 21/11/17)
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