"(...) Luego de las inmensas movilizaciones sociales que se produjeron en las
calles de las principales ciudades del país a propósito de la campaña
#EleNão y unas encuestas que se mantuvieron favorables a Lula durante
todo el año, se había construido cierto ambiente, cierto sentido común
de victoria segura de las fuerzas progresistas. (...)
Los resultados electorales ha producido un baño de realidad política a las fuerzas progresistas del continente. (...)
La descolocación moral de la izquierda ante el bochorno e irritación que
le producen líderes políticos que desprecian a gays, negros y mujeres, y
la focalización en luchar en clave de guerra de valores, anteponiendo
valores progresistas versus valores
conservadores, ha hecho perder tiempo y ha distanciado a la izquierda
del campo de las soluciones concretas a los problemas que aquejan a los
latinoamericanos en tiempos de crisis económica. Es decir, que la
izquierda haya focalizado sus campañas en defender derechos civiles y
culturales de minorías y no en re-centrar el conflicto económico que
aqueja a las mayorías, ofreciendo razones sobre la crisis económica y
soluciones, nos ha condenado al margen.
Esta ha sido la gran victoria del bullying de la
ultraderecha. Con un estudiado cinismo se mofa de la izquierda y la
redefine como élite dirigente que luce más preocupada por defender a
“gente rara” que luchar por los de abajo, el efecto simbólico es brutal:
producen la apariencia de que los progresistas abandonaron a los pobres
por identidades minoritarias.
Y aún cuando las mujeres y los negros no
son minoritarios –mucho menos en Brasil–, en momentos de crisis, sin
duda, los problemas económicos son lo más importante. Y esto es justo lo
que busca la derecha: un show electoral dirigido a impedir que nadie
piense en la economía, después de todo en el caos, las certezas sólo la
otorgan los valores fundantes de lo social (¿familia, orden, progreso?).
Llama mucho la atención cómo luego de la masiva
campaña #EleNão, Bolsonaro subiera en las encuestas. La sociedad
brasilera indecisa se terminó de polarizar a favor de la ultraderecha.
En momentos de crisis, la gente siempre recordará que todo pasado fue
mejor y cuando se produce un relato que conecta crisis con “relajo” de
los pilares que otrora articularon convivencia y funcionamiento
social, los únicos garantes de la restitución del orden tienen nombre
de derechas.
En este caso, el reclamo de orden encuentra asidero en
manos militares (Bolsonaro), en empresarios “exitosos” (Macri) o en
personas que al menos no generen más caos (Moreno).
Una vez logrado el objetivo de distraer a la
izquierda en la “guerra de valores”, lo demás fueron alianzas
coyunturales y contextuales de gran pertinencia, además de giros
técnicos de campaña que se deben anotar para afinar el olfato y la
táctica en las próximas contiendas: muy poca propaganda tradicional en
medios masivos.
Evitar debates presidenciales para eludir el debate
programático. Ninguna aparición en canales de televisión que no se
controlen (sólo entrevistas complacientes). Focalización de campaña en
redes sociales, pero la más personalizadas de todas: WhatsApp (lo cual
denota un manejo descomunal de Big Data). Mucha fake news.
Encuestas que nunca le dieron la victoria. Alianza con la principal
fuerza política de anclaje popular: la iglesia evangélica.
Los resultados electorales (...) no sólo responden a esta coyuntural contienda, donde
la derecha introdujo innovaciones tácticas de ataque electoral que
descolocaron a la izquierda, sobre todo mostrarán el notorio desgaste
del Partido de los Trabajadores (PT), su estigmatización como partido
corrupto, sus propias fracciones internas, sus dificultades para
aglutinar a la izquierda y, sobre todo, su distanciamiento de los
sectores populares.
Se avecina una época oscura en Brasil y en el
continente, pero la historia nunca termina. La izquierda latinoamericana
tiene retos que cristalizan cada vez más: producir un relato propio de
la revolución política que produjo durante la primera década del siglo
XXI en América Latina. Debemos estar en disposición de dejar de
defendernos y poder contar qué pasó en este continente.
Nuestra historia
de luces y sombras. No me refiero sólo a logros gubernamentales (esto
sigue respondiendo a una lógica defensiva), sino a transformaciones en
los sentidos comunes, a los desplazamientos de ejes ideológicos, la
acumulación lograda y los tejidos sociales construidos. También, estamos
obligados a contar de nuestros errores, explicarlos, contextualizarlos y
sobre todo compararlos con la oscura noche neoliberal de los 80’ y 90’.
Si hubo corrupción no le regalemos esa historia a la derecha,
afrontémosla, contémosla desde nuestras posiciones. Esa será la mejor
incorrecicón política que podremos producir; los latinoamericanos, si de
algo estamos hastiados, es de la hipocresía e incluso del cinismo de
aquellos que defienden al progresismo sin matices, de aquellos que
hablan como si no se hubieran cometido errores. Para volver a ganar,
tenemos que ser valientes y respetar la inteligencia de nuestros
pueblos." (Lorena Freitez. Máster Análisis Político UCM, CTXT, 27/10/18)
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