4.2.19

EPA de 2018: ¿Cuánta precariedad estamos dispuestos a soportar? El aumento del empleo es reflejo directo de la bajísima calidad del mismo... si no se soluciona este gravísimo problema que arrastramos, no será posible afrontar ni la reducción de la desigualdad, ni la reducción de la pobreza, ni la sostenibilidad de las pensiones, ni siquiera la consecución de unas cuentas públicas saneadas...

"Los datos de la Encuesta de Población Activa del cuarto trimestre han sido positivos, y cierran un ejercicio 2018 muy favorable en materia de empleo. (...)

 Además, y según anticiparon los datos de afiliación, el ritmo de creación anual de empleo incluso se ha acelerado (del 2,5% al 3%), lo que refleja una extraordinaria traducción del crecimiento económico a empleo, que no es sino reflejo directo de la bajísima calidad del mismo, como luego se explicará.  (...)

Todos estos datos evidencian que nuestra economía no tiene problemas para crear empleo cuando la economía crece, como sucede desde 2014. Sucede así ahora y sucedía antes. No es una circunstancia que tenga que ver con ninguna reforma laboral realizada, ni con ningún cambio de política económica (aunque esto último sí incide en el hecho de la actividad crezca más o menos, y por tanto indirectamente, sobre el volumen de empleo generado). 

Este comportamiento se debe a la estructura productiva, más intensiva en empleo que en otras economías, y a la escasa calidad (y, en consecuencia, productividad) del empleo creado. En términos generales, creamos mucho y mal empleo. Y poco se hace para cambiar este estado de cosas. (...)

Casi uno de cada tres empleos asalariados creados en el año fue temporal (31,5%). La tasa de temporalidad (la ratio entre empleo asalariado temporal y total) aumentó poco, apenas una décima respecto al año anterior; pero el problema es que es del 26,9%, casi el doble de la media de la Unión Europea, y que no para de aumentar tendencialmente desde mediados de 2013

El empleo a jornada parcial es otro de los responsables de la baja calidad del mismo. No tanto porque su volumen relativo sea muy elevado (supone el 14,8% del total, y se viene reduciendo suavemente desde 2014, tras crecer mucho en el quinquenio anterior), sino por su carácter eminentemente involuntario. Más de la mitad de este tipo de empleo (52,8%) es aceptado a falta de un empleo a jornada completa, que es la preferencia del trabajador. (...)

Hay un total de 1,8 millones de trabajadores subempleados, es decir, que trabajan menos horas de las que desean. Eso supone un 17% más que en el cuarto trimestre de 2007 (un 24% más los que tienen contratos indefinidos).

 A este panorama hay que añadir el empeoramiento de las condiciones laborales que las estadísticas y ratios habituales no recogen de manera precisa, y que se reflejan en importantes cambios de las relaciones de trabajo que se han intensificado en los últimos años.

 Las empresas multiservicios, los falsos autónomos, los becarios, la economía de plataformas, etc., han introducido nuevas vías de fractura de las condiciones del empleo para las que no hay aún indicadores consolidados de análisis, pero que sin duda han elevado el grado de precariedad laboral en nuestro país y en todo el mundo. (...)

En definitiva, 2018 ha sido un buen año en cuanto a creación de empleo y reducción del paro, pero se mantienen (y en algunos ámbitos se incrementan) las vías de precariedad laboral, que hacen que nuestro empleo sea, en términos generales, poco productivo, inseguro y mal pagado. 

Nuestra economía se ha acostumbrado a convivir con esta anomalía, a costa de una menor competitividad de las empresas de muchos sectores y, sobre todo, de asumir la pérdida de calidad de vida de millones de familias trabajadoras.

El problema fundamental es que, si no se soluciona el gravísimo problema de baja calidad del empleo que arrastramos, no será posible afrontar con garantías ni la reducción de la desigualdad económica y social, ni la reducción de la pobreza, ni la sostenibilidad y mejora de las pensiones, ni siquiera la consecución, de manera estable, de unas cuentas públicas saneadas. 

Porque todos los desequilibrios tienen su origen en el sistemático desperdicio de recursos que supone para el país aceptar un modelo de crecimiento basado en empleos poco productivos, inseguros y mal retribuidos.

Para que el necesario cambio se produzca sería necesario que las empresas dejaran de obtener rentabilidad por la vía de contratar empleo precario. Y a ello ayudarían dos cosas.  

Primero, que el gobierno de turno asumiera que ese cambio en la calidad del empleo es una estrategia de país prioritaria, y dirigiera los recursos adecuados (intelectuales y financieros) a ello, lo que exige voluntad política para acometer los cambios oportunos tanto en la política económica general como en la laboral.  

Y segundo, que las empresas más eficientes, las que apuestan por el conocimiento y la aportación participativa de los trabajadores como unos de sus factores de desarrollo esenciales (que las hay) asumieran protagonismo en ese discurso para el cambio, aliándose con los sindicatos para impulsar un pacto por el crecimiento y el empleo decente que pusiera el acento en mejorar aquellos factores verdaderamente influyentes sobre la competitividad a largo plazo en la nueva economía, y que van mucho más allá de los costes laborales."               (Economistas frente a la crisis, 29/01/19)

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