"Hace cuarenta años el ejército soviético entró en Afganistán.
Aquel diciembre de 1979 hacia ya cinco meses que el Presidente Carter y
su consejero de seguridad, el fanático anti ruso de origen polaco
Zbigniew Brzezinski, habían iniciado, con sus amigos saudíes, una
multimillonaria ayuda para fomentar, financiar y armar un integrismo
sunita en Afganistán. Los celebres muyaidines, “luchadores por la
libertad”.
En París, algunos de los que entonces eran entusiastas valedores de
aquellos oscuros personajes del siglo XVIII y los elevaban al título de
héroes positivos, soy hoy especialistas en su consecuencia: el
terrorismo integrista que llega sus ciudades como resultado, entre otras
cosas, de aquella cruzada anticomunista. Todo sin mediar la más mínima
consideración autocrítica.
Hasta mediados de los años setenta, Afganistán era un país atávico
que los hippies cruzaban en su ruta hacia la India. Los fusiles de los
invasores británicos del siglo XIX que se cargaban por el cañón, las
escopetas de caza y los trabucos, eran las armas habituales en su mundo
rural.
El conflicto Este/Oeste transformó aquello en un universo de
armas automáticas, blindados, helicópteros, minas antipersonal, morteros
y misiles antiaéreos portátiles “Stinger”, creando un desastre bíblico
con más de dos millones de muertos y la destrucción de una sociedad que
se contaba (y se cuenta) entre las mas pobres del mundo.
El dinero de la CIA y de los saudíes y los cuadros del servicio
secreto pakistaní, el ISI, introducían el fundamentalismo islámico en
las repúblicas de tradición musulmana de la URSS, y también algunos
comandos en acciones de sabotaje cerca de la frontera en las entonces
repúblicas soviéticas de Tadjikistán y Uzbekistán. En Paquístán la CIA y
el ISI organizaron una red de campos de entrenamiento para los afganos,
cuyos comandos entraban en el país acompañados por supervisores
militares paquistaníes en acciones de sabotaje.
“Las misiones iban de voladuras de oleoductos hasta ataques con cohetes a un aeropuerto o emboscadas”, explica en sus memorias (The Bear Trap)
Mohammad Yusaf, jefe del departamento afgano del ISI. “Entre 1981 y
1986 pasaron por aquellos campos 80.000 guerrilleros afganos”, recordaba
el militar con orgullo.
Los soviéticos entraron llamados por el gobierno filocomunista
afgano, dividido en facciones irreconciliables, tras una sucesión
vertiginosa de golpes internos y asesinatos. Creyeron que sería una
misión de algunos meses para pacificar el país y poner orden en su
régimen, pero se encontraron empantanados.
“Escribí al Presidente Carter diciéndole que ahora teníamos la
ocasión de darle a la URSS su Vietnam”, dijo Brezinski en una de sus
últimas entrevistas. Los soviéticos permanecieron en aquella trampa una
década, hasta que la voluntad de Gorbachov de distender las relaciones
con China y Occidente se impuso. Para entonces (1989), la URSS perdió
15.000 soldados muertos, 50.000 heridos, pero la factura para Afganistán
fue mucho peor; 1,3 millones de muertos, 2 millones de desplazados en
el interior del país, y 4,5 millones de refugiados en los países
vecinos.
La guerra soviética logró establecer un gobierno estable en el país
-con todos sus horrores, el mejor que ha tenido aquel desgraciado país,
tal como valoraban, por amplísima mayoría, los afganos en una encuesta
de 2008- y organizar unas fuerzas armadas relativamente eficaces. Cuando
los soviéticos concluyeron su retirada en 1989, aquel gobierno y aquel
ejército aún se mantuvieron tres años, controlando todas las ciudades y
las carreteras que las unían.
El gobierno solo cayó cuando la Rusia de
Yeltsin cesó todo suministro en 1992. Siguió una década de caos y guerra
civil entre facciones en la que sobre un panorama de ruinas y
oscurantismo, se acabaron imponiendo los talibán a partir de 1996, sin
que la guerra cesara en el norte.
Diez años después de la retirada soviética, llegaron los americanos.
Oficialmente para combatir a Bin Laden y su organización, que era uno de
los desastres incubados por su propia política contra los soviéticos
durante las dos décadas anteriores.
Tampoco hubo autocrítica alguna.
Brzezinski hasta se enfadó cuando le preguntaron hace un par de años si
no reconocía su error: “¿Cómo voy a lamentarlo? ¡ fue una excelente
idea, con ella metimos a los soviéticos en la trampa…!”
Los especialistas americanos -y tras ellos los papagayos del complejo
mediático occidental- explicaban aquel otoño de 2001, por qué ahora
nada iba a ser igual que en 1979 cuando entraron los soviéticos. El
ejército de la URSS estaba integrado por reclutas sin experiencia,
estaba mal equipado, su intendencia era desastrosa, con pésimas raciones
de alimentos y bajos niveles de higiene que causaban enormes bajas por
enfermedad, decían.
“Nada permite establecer un paralelismo entre la operación
antiterrorista de ahora y la invasión soviética de 1979”, escribía en La Vanguardia hasta el malogrado Xavier Batalla, sin duda el comentarista internacional más competente, glosando aquel pronóstico general.
En un cochambroso hotel de la frontera afgana asistí aquel otoño a la
llegada de los primeros contingentes de la CIA, tipos que hablaban
uzbeco con acento de Oklahoma y que llevaban en sus mochilas papel
higiénico, soluciones para potabilizar el agua y todo tipo de
tecnologías y que decían trabajar para oscuras organizaciones
“humanitarias” o “no gubernamentales”. Su conocimiento del país era
pésimo.
La Rusia de Putin les ofreció toda su cooperación en materia de
inteligencia afgana, lo que no sirvió de gran cosa para la mejora de
relaciones que el Kremlin buscaba entonces a cambio de un mínimo
reconocimiento de sus intereses en Washington. El 8 de octubre de 2001
comenzaron los bombardeos.
A las pocas semanas habían matado más gente
que el número de víctimas de las torres gemelas de Nueva York. Dos meses
después, con la caída de Kandahar, último bastión talibán, se daba la
guerra por concluida.
Dieciocho años después, la guerra continúa. Ahí están empantanados,
con toda su técnología militar, ayudados por los vasallos europeos
(España se gastó 3600 millones en esa campaña), sin una superpotencia
que financie a sus adversarios pero con todo lo demás tan parecido. La
simple realidad es que en condiciones mucho más favorables, los
americanos han multiplicado el desastre de los soviéticos en Afganistán y
han perdido la guerra.
El pasado enero un gran convoy militar fue atacado por los talibán en
la provincia de Faryab. Más de treinta vehículos militares y de
transporte fueron destruidos en aquella provincia fronteriza con
Turkmenistán que pasa por tranquila. Con pocos días de diferencia, el
ataque al cortejo del gobernador de otra provincia, Lowgar, mató a diez
de sus escoltas y una acción contra una base de las brutales tropas
especiales entrenadas por la CIA, causó la muerte de unos 200 soldados
de aquel cuerpo.
En el conjunto Afganistán/Paquistán esta segunda guerra ha ocasionado
1,2 millones de muertos, según la contabilidad de Nicolas J.S. Davies.
El gobierno afgano y sus mentores solo controlan alrededor de la mitad
de los 407 distritos del país. El narcotráfico, ese negocio tradicional
para sufragar las cajas negras de la CIA, campa a sus anchas.
El opio
afgano está creando serios problemas de drogadicción en Rusia. La
dimensión del fiasco es tal, que se han abierto negociaciones y
conversaciones con los talibán. Con 18 años de retraso se habla de
“talibán moderados”.
El problema de los anuncios de retirada militar formulados por Donald
Trump (y vale igual para Siria) es que al Pentágono no le gusta
retirarse de una base que es importante para vigilar a sus reales
adversarios, China y Rusia. Los chinos quieren usar un Afganistán
pacificado para ampliar las conexiones de sus “rutas de la seda” a lo
largo de Asia central y meridional. Los militares americanos buscarán la
manera de quedarse de una u otra forma.
Estados Unidos ha perdido la guerra de Afganistán de una manera no
muy diferente a sus predecesores. Evidentemente, esa derrota no ha sido
una victoria para los afganos. La guerra de los cuarenta años que
trajeron, fomentaron y amplificaron los extranjeros, ha sido para ellos
una calamidad bíblica." (Rafael Poch, blog, 20/02/19, Publicado en Ctxt)
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