"(...) hay una convicción generalizada entre los expertos
sobre la proximidad de otra crisis (un cambio en la senda actual de
crecimiento económico seguido de inestabilidad) y quizá de una nueva
fase de recesión económica (crecimiento negativo durante más de dos
trimestres consecutivos) que conduzca a otra etapa posterior de nuevas
dificultades.
Las diferencias de opinión
tienen que ver sobre la fecha en que comenzará a producirse -en 2020 o
2021- pero se da por hecho que vamos a sufrirla, de modo que es muy
conveniente estar al tanto y tratar de adelantarse a lo que ya parece
inevitable.
A mi juicio, hay algunas señales
que indican claramente que la crisis está muy cerca y algunas razones de
peso que llevan a pensar que va a ser inevitable y de relevancia,
aunque de naturaleza diferente a la que vivimos a partir de 2007-2008.
Las comento brevemente a continuación. (...)
Las causas de la crisis
Constatar
que la economía mundial se desacelera es importante pero lo que
realmente puede darnos una idea precisa de lo que se nos viene encima
son las causas que han provocado la situación en la que estamos y las
que hacen que la llegada de una nueva crisis sea ya inevitable a estas
alturas.
En mi opinión, los más importantes son las siguientes.
En
primer lugar, que no se resolvió adecuadamente la anterior, provocada
por los bancos y los grandes fondos de inversión al corromper el sistema
financiero de todo el planeta. La mala costura dejó a la economía
mundial "tocada" y registrando una recuperación que en realidad ha sido
más aparente que real. En particular, el incremento de la desigualdad y
la deuda ha debilitado la demanda de consumo y la de inversión y eso
hace que la inmensa mayoría de las empresas, las que no tienen poder de
mercado, tengan más difícil obtener beneficios generando la producción y
el empleo que son la base de la estabilidad económica.
En segundo lugar, que las políticas de estímulo
que hasta ahora han venido aplicando los gobiernos o los bancos
centrales, según los casos, han sido insuficientes y ahora, además,
están empezando a ser insostenibles. Por un lado, porque la deuda, tanto
pública como corporativa, está alcanzando niveles cada día más
alarmantes. Y, por otro, porque con los tipos de interés prácticamente a
cero o incluso negativos, es muy difícil poder utilizarlos con bajadas
significativas para impulsar la actividad. En cuanto el gasto y la
financiación se han ido desinflado un poco, las economías se han
desacelerado y si desaparecieran la situación se pondría todavía más
fea.
En tercer lugar, los conflictos
comerciales (China-Estados Unidos o Europa-Mercosur, entre otros) y el
proteccionismo reaccionario de Trump que está produciendo efectos muy
negativos, no sólo sobre las importaciones y exportaciones entre las
superpotencias sino también sobre las de otros muchos países. Como no
parece que la tensión se vaya a resolver a corto plazo, el daño irá a
más. Sobre todo, si Trump intensifica el conflicto para usarlo como arma
electoralista dando pie a que se extienda a los mercados de divisas. En
ese caso, sus efectos serían mucho más potentes, generalizados y
dañinos.
En cuarto lugar, hay que tener en cuenta que los
sistemas financieros de todo el mundo apenas si se han reformado después
de la crisis de 2008 y que siguen en situación de gran fragilidad. Eso
hace que su contribución para mejorar las cosas, proporcionando la
financiación y apoyo necesarios, esté siendo más escasa justamente a
medida que la situación se va complicando.
En
quinto lugar, estamos viviendo tensiones geopolíticas que producen gran
riesgo e incertidumbre porque pueden derivar inmediatamente en
gravísimos problemas económicos y energéticos, algunos globales, si
estallan: Brexit, Irán, Venezuela, Turquía...
Finalmente,
pero no por ser la última menos importante sino quizá todo lo
contrario, resulta que las bolsas de todo el mundo están al borde de un
colapso cuyos efectos serían demoledores para muchas grandes empresas y
para el sector financiero.
Y todas las señales apuntan a que eso es lo
que se va a producir sin remedio como consecuencia, entre otros
factores, de la sobrecapitalización de las más grandes empresas del
mundo (que vienen utilizando sus beneficios para realizar compras
multimillonarias de sus propias acciones); de la especulación a gran
escala y a toda velocidad que domina los mercados; y de la gran
inestabilidad que lleva consigo la incertidumbre y el riesgo que
provocan la coincidencia de todos los factores anteriores que acabo de
señalar.
Una crisis distinta a la de 2008
Cuando
se oye decir que se aproxima ahora una nueva crisis es lógico que todo
el mundo mire hacia atrás y recuerde la de 2007-2008 para preguntarse si
será lo mismo. Pero será diferente.
Como se
sabe, la anterior tuvo su origen en el sistema financiero que es quien
proporciona la financiación al resto de la economía. Y la financiación
es como la sangre de un animal o la savia de una planta, lo que
significa que si se bloquea, si se contamina o se corrompe, destruye a
todo lo que vive de ellas.
Cuando eso ocurre, como ocurrió cuando los
bancos de todo el mundo se dedicaron a producir productos e inversiones
financieros que eran pura basura, se da lugar a una crisis que,
precisamente por esa razón, se dice que es sistémica: porque casi nadie
se puede salvar de ella y porque afecta a todas las economías
prácticamente sin excepción.
La crisis que
viene ahora no será de este tipo. El estado del sistema financiero
mundial sigue siendo muy frágil, como acabo de señalar y por razones que
no tengo espacio para comentar aquí, y eso puede dar lugar a que
explosione en cualquier momento. Pero no parece que eso sea lo que vaya a
ocurrir en los próximos meses. O, mejor dicho, me parece mucho más
probable que las explosiones se produzcan primero en otros ámbitos del
sistema económico.
La nueva crisis no tiene su origen en el sistema
financiero sino en el mercado de bienes y servicios. Pero tampoco vendrá
producida sólo por la escasez de demanda que viene dándose desde hace
años como consecuencia de la caída de los salarios en todo el mundo (y
que en condiciones normales se puede resolver inyectando gasto desde el
Estado o medios de pago desde el banco central). En esta ocasión, la
crisis es principalmente de oferta real y tiene que ver con dos factores
que ya se han destapado y con uno que aparecerá a posteriori.
Los
dos primeros son, por un lado, la guerra comercial que he mencionado y
sus casi seguras consecuencias sobre los mercados de divisas; y, por
otro, la lucha para lograr mejores posiciones en la próxima revolución
tecnológica ligada a la robótica, la inteligencia artificial o los
nuevos tipos de comunicaciones. El tercero tiene que ver con los
problemas que una crisis así termina siempre generando sobre las fuentes
de energía y que ahora se verán agravados al encontrarnos en medio de
un cambio climático de excepcional envergadura.
Los peligros que trae la crisis
La
ventaja de una crisis de este tipo respecto a una financiera es que no
suele ser sistémica y que, por tanto, es posible que algunas economías,
sectores o empresas escapen de ella. Pero tiene otros peligros tanto o
más letales.
El primero, que afecta en primer
lugar y de lleno a la vida de las empresas, es decir, a las
organizaciones que crean los bienes y servicios que necesitamos, las que
generan los ingresos salariales con los que vive la mayoría de la gente
y las que en teoría deben invertir para mejorar nuestra calidad de vida
y la marcha de la economía.
El segundo
peligro es que una crisis como la que viene no se puede resolver
simplemente haciendo "transfusiones" de dinero desde los bancos
centrales (como hizo, por ejemplo, la Reserva Federal de Estados Unidos
cuando en sólo seis meses de 2008 creó más dinero para inyectar a los
bancos comerciales del que había creado desde 1945). Ni tampoco
aumentado el gasto público, porque la deuda ya es muy elevada en la
inmensa mayoría de las economías, además de que los problemas de la
oferta empresarial -como acabo de señalar- no consisten sólo en que no
tengan demanda suficiente.
El tercer peligro
que conlleva una crisis como la que viene es que producirá caída de la
producción y el empleo y, al mismo tiempo, aumento de precios, de modo
que serán necesarias políticas de control justamente contrarias a las
que habría que adoptar para reactivar la vida empresarial y la demanda.
El
cuarto peligro es que, si la crisis que viene va acompañada, como yo
creo que va a ocurrir, de un desorden grave en los mercados de capitales
y en las bolsas, lo que sucederá es que un buen número de las mayores
empresas del planeta tendrán dificultades que les van a obligar a
modificar sus estrategias de todo tipo, produciendo así un incremento
generalizado del desorden y de la inestabilidad y, como resultado,
nuevos problemas financieros como consecuencia de la falta de liquidez
en todos los mercados.
El quinto peligro que a mi juicio acompaña a la
crisis que se aproxima es que no se le va a poder hacer frente
recurriendo solamente a los instrumentos convencionales de la política
económica. Es de nueva ola. Ni la política monetaria ni la fiscal
tradicionales nos van a servir; mantener las actuales pautas de
distribución que aumentan la desigualdad dificultará cada vez más que se
recupere la oferta de las empresas; seguir dando completa libertad a
los grandes operadores que acaban con la competencia en los mercados y
los controlan a su antojo para primar la especulación y el despilfarro
de recursos producirá ineficiencia e inestabilidad crecientes; no actuar
radicalmente sobre el cambio climático y sobre el deterioro ambiental
traerá subidas de precios y escasez; y aceptar que la economía de
nuestra planeta no tenga más gobierno que el de los intereses
minoritarios de los más poderosos en un contexto político de democracias
cada vez más debilitadas y vacías de contenido, nos puede sumir en un
auténtico caos.
Nos encontramos, en resumen, a
las puertas de una crisis que no va a ser sistémica y quizá ni siquiera
global, sino que va a manifestarse en detonaciones sucesivas, en
diferentes lugares y con magnitud muy diversa, de oferta en el mercado
de servicios y que no responderá a las terapias convencionales.
Recurrir
a los envejecidos paradigmas de conocimiento dominantes para
diagnosticarla y aplicarle las medidas políticas de siempre mitigará
alguno de sus efectos, pero seguirá dejando abiertas de par en par las
ventanas por donde se colarán las siguientes y más peligrosas crisis del
siglo XXI, la financiera, la de la deuda, la ambiental y la social.
Sobre cómo desarrollar y aplicar un nuevo tipo de análisis y respuestas
hablaremos otro día, aunque lo que acabo de señalar creo que da pistas
sobre ello." (Juan Torres López, La Política Online, 08/09/19)
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