"(...) Hay fenómenos que se perciben como puramente aislados y que no lo son tanto,
caso de las expresiones del descontento en Chile, y que se articulan a
través de la división nítida entre las élites políticas y económicas y
la mayoría de los ciudadanos. Algo similar se ha vivido ya en EEUU,
donde gobierna un líder populista que ha utilizado profusamente esa
retórica, y en el partido demócrata están consagrándose Sanders y sobre todo Warren, quienes subrayan de manera expresa esa postura antiélites. Y en Europa, el populismo de derechas está plenamente instalado y juega también con esa nueva línea divisoria.
En qué consisten en realidad esas nuevas opciones aparece más claro si
vemos las coincidencias de sus dos corrientes principales. La más
asentada la representan las nuevas derechas. Instaladas como fuerza contrahegemónica en buena parte de Occidente,
constituyen un fenómeno del que solo suelen destacarse su carga
nacionalista y antiinmigración, sus líderes fuertes y su sentimiento
antiUE, pero no el marco que les da sentido y que está en su esencia.
Los tres pilares
Las nuevas derechas se apoyan en tres pilares que se retroalimentan. Parten de esa gran posibilidad de crecimiento de una nación que está siendo cortada de raíz por élites burocráticas (ya sean las de Washington, Bruselas o Madrid), de la
opresión económica que sufren, ya que los recursos que les corresponden
legítimamente les son restados en beneficio de territorios gorrones
(en el caso de los EEUU de Trump, China, que les roba sus trabajos y su
propiedad intelectual, o la UE, que vive de lo que los estadounidenses
pagan; en el caso europeo, los países del sur, que quieren vivir de los
Estados ricos, o Andalucía y Extremadura para las derechas catalanas)
y del perjuicio evidente para sus nacionales, que viven en sus
experiencias diarias la falta de recursos, los recortes y la competencia
ilícita de extranjeros que se quedan con sus empleos.
Estos tres aspectos se reúnen en torno a la nación. La apelación a una entidad trascendente permite la transversalidad,
así como recoger sentimientos e intereses de distintas clases sociales y
articularlos unitariamente. Ese movimiento es el que legitima que
millonarios estadounidenses como Trump apelen con éxito a los
trabajadores o granjeros empobrecidos de su país, por ejemplo.
La explicación última
Pero
todo esto precisa de un punto de apoyo último, como es la
identificación del enemigo, de aquello que debe cambiarse en primer
lugar. En todos los discursos de las derechas extremas, aparece como
núcleo esa élite política, sea la de Washington, Bruselas o Madrid, que
impide todo avance. Son ellas y su gestión lo que explica las causas de
la decadencia de la nación y de las dificultades vitales de sus
ciudadanos.
Ha sido normal en el capitalismo, ya que cuando la
presión interna se hace grande, la competencia entre territorios
resuelve muchos problemas de cohesión, pero ese movimiento requiere
focalizar el cambio: todo nacionalismo que está triunfando en Occidente
se apoya en la sensación de agravio que, en última instancia, está
propiciada por unas élites que los perjudican.
Pero aquí el asunto esencial no es la nación, aunque lo parezca, sino una batalla política que se rearticula en nuevos términos:
es imprescindible sacar del poder a las élites actuales para que su
país pueda ocupar por fin el lugar que le corresponde. Apelar al
nacionalismo significa tener nuevos líderes, expulsar a los existentes y
forjar un país fuerte que pueda tener recorrido frente a otros Estados
en el mapa presente. Es la narrativa que está presente en las derechas
desde el Brexit hasta Cataluña, pasando por Italia, Francia o EEUU.
El segundo eje de las élites
Hay otra opción política que reconstruye esa tensión entre élites y ciudadanos desde el punto de vista de la posición material, a partir de la lucha entre los que tienen cada vez más y los que tienen cada vez menos,
entre los que cuentan con la mayoría de las opciones y los que
carecerán de ellas. Eso es lo que late en el malestar chileno, pero
también influye en las políticas de Corbyn y, desde luego, en
Warren o en Sanders.
Son opciones que no desdeñan el componente
nacional, que también pueden abogar por cierto proteccionismo, pero que
no tratan de calmar el orgullo dañado de sus poblaciones mediante la
apelación a lo exterior, sino a lo interno. Si las derechas abogan por
un nuevo reparto porque otras naciones les roban, estas nuevas fuerzas
pretenden otro reparto porque la estructura económica no es justa; unos quieren cambiar la posición de poder de su país en el mundo, otros quieren cambiar las estructuras de poder.
Por decirlo de otra manera, las derechas extremas combaten a las
élites políticas, mientras que los movimientos populistas pelean contra
las élites económicas. Esto es esencial, porque fija objetivos muy distintos, programas muy diferentes y discursos muy alejados, aunque el marco siga siendo élites/ciudadanos.
Esas son las dos formas en que se está moviendo la política, y ambas conforman opciones, por caminos distintos, que no encajan con el sistema actual.
Podemos y Vox
En España, de momento, estas formaciones no están presentes y, desde ese punto de vista, Iglesias podría tener razón. Y Abascal
pensará lo mismo: un acuerdo entre distintos partidos (PSOE, PP, Cs)
que busque la estabilidad y conforme un Gobierno ortodoxo, podría dejar
el espacio de la derecha 'verdadera' a Vox, lo que le otorgaría cierto
recorrido.
En gran medida, ambas formaciones se han constituido como fuerzas claramente situadas en un espacio ideológico,
y cuando han recurrido a la confrontación con las élites, lo han hecho
desde el lado político: la casta, el régimen del 78, la monarquía y el
proceso constituyente, desde UP, y el combate contra los políticos
catalanes, contra las autonomías y contra el izquierdismo de Vox.
Si
España sigue anclada en este marco, Podemos y Vox tendrán un espacio
abierto tras el 10-N. Sin embargo, lo que apuntan las nuevas tendencias
es algo muy distinto: el eje que se apunta en ellas es mucho más
dentro/fuera, sistémico/extrasistémico y élites/ciudadanos que el
actual, y ya sabemos que lo que triunfa fuera suele acabar reflejándose
en España.
Desde este punto de vista, si se cumplen las previsiones y
las alianzas para gobernar buscan garantizar la estabilidad, lo que quedará no será un lugar a la izquierda o la derecha, sino un espacio vacío, el constituido por el nuevo eje.
Y ahí, una extrema derecha que girase hacia la transversalidad podría
tener mucho recorrido, porque desde la izquierda no se adivina ningún movimiento en ese sentido." (Esteban Hernández, El Confidencial, 31/10/19)
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