"Habrá más Brexit. Ahora es el Reino Unido, pero dentro de un tiempo
se irán Italia o Francia. La UE no va a aguantar". En la cena posterior a
la presentación de 'Capital e ideología' en Madrid, Thomas Piketty
fue contundente en su diagnóstico.
Y tenga razón o no en el resultado
final, lo cierto es que la sacudida es mucho más grande de lo que
parece. Quizá no tomemos esto en cuenta, pero los cambios ideológicos
esenciales de las últimas décadas acontecieron primero en Reino Unido,
después en EEUU y más tarde arrastraron a toda Europa.
Un ejemplo obvio
fue la elección de Thatcher y Reagan; otro el referéndum sobre el Brexit y la posterior elección de Trump.
El
giro de EEUU y de su socio británico no solo supone una transformación
ideológica, en tanto giro a la derecha, sino que dibuja la
reconfiguración del orden internacional. Esa reorganización tiene una
idea central, la de la ruptura de los lazos globales y la pugna de los
Estados principales por ganar más poder para sí mismos. El Brexit fue el detonante y es hora de tomarlo en serio, pero de verdad.
Negar los hechos
Desde el lado europeo, esta tarea
imprescindible dista muchísimo de realizarse. Más al contrario, ha
existido una suerte de negación continua de la realidad, con un punto
obvio de arrogancia, que resulta poco pragmática y menos en este
instante histórico. Si repasamos la secuencia de acontecimientos, el
rechazo de los hechos ha sido continuo. (...)
El mensaje que nos trasladaban es que los británicos querían
quedarse, pero su voluntad había sido alterada por 'fake news', gurús
perversos como Dominic Cummings y la gente reaccionaria, pero en
cuanto cayeran en la cuenta, volverían a la normalidad. Lo peor,
probablemente, no es que difundieran estas ideas, sino que se las
creyeran.
El resentimiento
La narrativa con Trump fue muy
similar: la imposibilidad de que un líder tan desatado fuese elegido,
las burlas y el desprecio respecto de su persona, el 'shock' del resultado electoral y las explicaciones sobre cómo el resentimiento, la indignación irreflexiva y la mentalidad más reaccionaria habían impulsado a sus votantes también hicieron acto de presencia respecto de EEUU.
Del mismo modo, se lanzaron continuas advertencias sobre el caos que
supondría su presidencia y los males que causaría a los estadounidenses.
Hasta la fecha, los números de la economía norteamericana le acompañan, ha tomado decisiones que han cambiado el orden global y cuenta con un apoyo importante de sus ciudadanos.
Los candidatos malos y radicales
Ahora
que se debe afrontar por fin la realidad, que los británicos han vuelto
a votar por el 'leave', que ha sido el centro de la campaña de Johnson,
las excusas vuelven a hacer acto de presencia, encarnadas en Corbyn. Pero esto también lo habíamos escuchado respecto de la victoria de Trump: las elecciones se perdieron porque Hillary Clinton era una mala candidata y por la negativa del radical Sanders
a respaldar sin condiciones a Clinton. En el caso de Corbyn los
argumentos se repiten, pero juntando ambos en la misma persona: el líder
laborista era un mal candidato y además un radical.
Es cierto que la campaña de Corbyn estaba mal enmarcada, porque a la
idea fuerza de Johnson, "vayámonos de una vez", opuso otra mucho más
endeble, "salvemos la sanidad pública", pero culpar al radicalismo de
Corbyn es absurdo, y además indica una mala comprensión del momento
político occidental. Como elemento más obvio, hay que subrayar que ha
ganado Johnson, que es tan radical o más que Corbyn: es el más firme
partidario del Brexit, una ruptura notable del 'statu quo', y en lo
económico va a ser muy atrevido.
Hay que recordar que Clinton era
muy moderada, por no decir directamente republicana, y ganó Trump, que
era mucho más enérgico, que Salvini o Le Pen encabezan las encuestas en sus países o que la opción ideológica que ha crecido en Europa es la extrema derecha.
Quizá ser radical no resulte un problema a la hora de tener éxito
electoral. Y, en cuanto a lo de ser un mal candidato, tampoco es una
explicación que funcione por sí sola: desde un punto de vista ortodoxo, Bush Jr. o Trump no eran buenos candidatos y ambos resultaron elegidos.
El momento civilizatorio
Llegados a este punto conviene hacer
hincapié en que el problema no son Corbyn o Johnson, ni sus
características, ni las de sus votantes, sino las transformaciones que
está viviendo el orden occidental en lo político, lo económico y lo
geopolítico. Negarse a aceptar la realidad, como ha sido lo dominante en
la UE, la búsqueda de excusas o el juego de cargar con las
responsabilidades a los demás no funciona. Ya no es factible seguir tapándose los ojos, y advertencias como la de Piketty deben ser tomadas realmente en serio.
Uno de los elementos que me hacen mirar el futuro con menos optimismo
es la falta de comprensión de nuestro momento como civilización. Afirmaba Krastev
que la percepción común en las sociedades del Este era que las cosas no
funcionaban; quizá a muchos de sus ciudadanos les fuera bien, quizá su escenario individual fuera aceptable, pero incluso en ese caso la visión acerca de sus países era negativa.
Le faltaba a Krastev señalar que ese es el momento occidental; que en
este instante de transformación, esa perspectiva está plenamente
arraigada en nuestras sociedades. Occidente. No se trata del hartazgo,
la indignación o el resentimiento, sino del agotamiento, de la falta de
opciones, de la sensación de que esto ya no marcha. La ausencia de
confianza en las instituciones es parte de ese mapa.
El frenazo
En
este contexto, mucha gente ha votado por el cambio, por algo muy
distinto, por alterar el 'statu quo'. Eso es lo que explica el Brexit,
el apoyo a Trump o el crecimiento de las extremas derechas, y se apoya en la necesidad de poner límites a tendencias sociales y económicas que entienden muy lesivas. Estamos ante fuerzas que pretenden transformar las cosas mediante un frenazo seco que varíe el rumbo.
Mientras tanto, las élites occidentales continúan negando la
evidencia, señalando con el dedo a sus nuevos rivales políticos y
transitando las mismas sendas que condujeron a esta situación. Pero lo que resulta aún más pernicioso es esa sensación que desprenden de que se mueven en el marco ganador,
de que el futuro les pertenece, que la gente se equivoca y que pronto
se darán cuenta.
Nuestros liberales y nuestros progresistas no están
comprendiendo hasta qué punto nos van a tocar de lleno las
transformaciones que el Brexit y Trump han puesto encima de la mesa y cómo van a afectar a sus opciones políticas y a los partidos que defienden.
La mano de pintura
Pueden continuar con la ortodoxia de las políticas económicas liberales, con las renovables,
el internacionalismo y con el libre comercio como marco único mientras
se obvia que les están quitando las alfombras bajo los pies, pero eso
solo hará más grave el problema. Se trata de comprender que el 'statu
quo' de las últimas décadas está rompiéndose, que hay otras ideas
flotando en el ambiente y que están ganando terreno.
Cuando algo
comienza a agrietarse, hay que repararlo y no basta con una mano de
pintura; hay que tomar medidas estructurales. Pero si en lugar de actuar
en consecuencia se continúa con los aires de superioridad, las
explicaciones que son excusas o las burlas, la brecha se hará más profunda y la pared acabará derrumbándose.
El momento del giro está aquí y afecta sobre todo a la UE, y más
todavía a países como España. Pero hay un requisito imprescindible:
abandonar la altivez y mirar el problema de frente." (Esteban Hernández, El Confidencial, 14/12/19)
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