"Hace cosa de un mes España enfrentaba, según la ultraderecha, poco menos que un peligro inminente que denominaron menas, ¿lo recuerdan? (...)
La ridiculez consiguió convertirse en materia de discusión nacional y la
izquierda, mediante datos, intentó demostrar que los menores
inmigrantes no acompañados necesitaban centros de acogida precisamente
para no caer en manos de la pequeña delincuencia.
Posiblemente parte de
la ciudadanía entendió que no existía tal amenaza, seguramente otra
parte, minoritaria pero creciente, hermética a cualquier razonamiento
basado en estudios, voces de expertos y experiencia internacional en el
campo de las migraciones y la integración, decidió que esos críos eran
el enemigo y la izquierda su cómplice en el empeño por destruir el país.
¿El resultado? Un atentado terrorista a uno de estos centros de
integración en el barrio de Hortaleza, Madrid, y varias agresiones a
menores inmigrantes, una de ellas en Zaragoza a un adolescente de 17
años que llegó al hospital tras la brutal paliza con el cráneo hundido.
Hoy, un mes después, debe ser que la terrible e inminente amenaza ya no
existe, los de Abascal al menos no hablan de ella.
Toda la polémica en torno al veto educativo, desatada por Vox con la
connivencia del PP y Ciudadanos, al exigir implementar los ultras esta
medida en Murcia para dar su voto en la aprobación de los presupuestos,
sigue justo el mismo mecanismo que la amenaza fantasma de los críos
inmigrantes sin familia, lo que podríamos denominar la política de la
nitroglicerina, una que sólo sirve para explotar por agitación, una que
ni siquiera soluciona el problema que dice combatir, simplemente porque
el problema no existe.
Una cuyo único objetivo es la acaparación de la
agenda pública, la creación de un enemigo que dé coherencia a los afines
y la involución reaccionaria de España (...)
La política de la nitroglicerina comienza tomando fracciones inconexas
de nuestra realidad para construir una amenaza virtual, eleva anécdotas a
categoría de acontecimientos de importancia.
Así la pequeña
delincuencia en la que se pueden ver envueltos menores inmigrantes es
una amenaza a la seguridad nacional, así polémicas puntuales en torno a
actividades escolares, que son resueltas por la propia comunidad
educativa, son un plan para adoctrinar a los menores.
En tercer lugar,
se crea un neologismo para identificar al enemigo, mena, o para agrupar a los afines, pin parental, que
asalta la actualidad impidiendo cualquier debate de profundidad sobre
los problemas reales a los que el país se enfrenta en materia, en estos
casos, de inmigración y educación.
Por último, ante la imposibilidad de
resolver un problema que no existe, que objetivamente se ha creado
mediante una ficción narrativa, se establecen dos trincheras: la de los
ultras, autoproclamada última línea en defensa de la civilización
occidental y la de la izquierda, que no es que esté equivocada en sus
postulados, sino que conspira con todo tipo de fuerzas oscuras para
hundir el país en el caos. Hasta que el tema se agota por su propia
inercia y se busca la creación de un nuevo conflicto para que la rueda
siga girando.
Un apunte esencial que nos afecta a los que trabajamos en el ámbito
comunicativo: la política de la nitroglicerina, a pesar de que utiliza
todo tipo de artimañas basadas en mentiras que se distribuyen mediante
redes sociales y servicios de mensajería, tiene que tener la complicidad
de los medios de comunicación, especialmente la televisión, que sigue
marcando para la mayoría de la población aquello que es relevante.
En el
mejor de los casos podemos asumir que el carácter de conflicto
apocalítico que la política de la nitroglicerina ostenta viene bien para
ganar audiencia: entre un debate serio sobre la trampa crediticia o el
planteamiento de que un ejército de sodomitas anda por las escuelas
enseñando atrocidades sexuales a los críos, el segundo tema casa mucho
mejor con un modelo de entretenimiento político de escasa profundidad
intelectual y grandes dosis de opereta. En el peor de los casos lo que
debemos asumir es que los que dirigen este espectáculo son afines por su
posición de clase hacia los ultras. Posiblemente ambas asunciones sean
ciertas y compatibles. (...)
La labor del periodismo no es contar que un señor dice que llueve y
otro que no, sino asomarse a la ventana para comprobar si está o no
lloviendo. Lo otro, el dar minutos de televisión sin poner ni un sólo
pero cuando se utilizan datos falsos o se magnifica un conflicto puntual
es colaborar con los de Abascal en la difusión de sus campañas.
¿Qué hacer frente a esta política de la nitroglicerina, versión
española del trumpismo? En primer lugar, si el debate se produce
afrontarlo, pero tomando la iniciativa y no aceptando ni el léxico
ultraderechista ni sus marcos. (...)
El ejemplo palmario de lo que no se debe hacer lo protagonizó la ministra Celaá al entrar a discutir en el marco de Casado (...)
Casado es perfectamente consciente de que no existe ninguna iniciativa
en marcha, por otro lado, imposible legalmente, de que el Estado
arrebate la patria potestad a los padres, pero desliza que el Gobierno
es lo que pretende. La ministra respondió desde la lógica, diciendo por
otro lado una obviedad y una realidad jurídica, las personas, incluidos
los niños, no somos posesiones y tenemos derechos y obligaciones
inherentes, incluido el de acceder a la enseñanza.
Una vez que la
ministra picó el anzuelo, Casado ha seguido elevando mezquinamente la
mentira, llegando a publicar en Twitter que “Pensé que podría haber sido
un lapsus, pero el Gobierno lleva tres días ratificando que los hijos
no son de sus padres. ¿Nos están diciendo que, como en Cuba, los niños
son del Estado? Aquí no va a venir ningún comunista a decirnos cómo
tenemos que educar a nuestros hijos”. Así, tras unos días de conflicto,
el líder el PP ha se permite elevar lo que era un falso problema en la
educación a toda una conspiración comunista para arrebatar del nido
familiar a los críos. O a Casado le pasa la historia por encima o la
historia nos va a pasar por encima a todos. (...)
El resultado sería que un padre homófobo utilizaría su veto para impedir
que su hijo se eduque en respeto al colectivo LGTB, un terraplanista
podría negar que su hijo fuera a un museo de ciencias naturales o un
integrista islámico que su hija acceda a una asignatura contra el
machismo. La educación debe ser igual para todos porque teje los mimbres
de nuestra sociedad, crea los consensos mínimos en cuestiones tan
esenciales como los derechos humanos.
De hecho, por desgracia, en
nuestro país esta igualdad se rompe de facto a través de la educación
privada y concertada, en manos en parte de los sectores más
reaccionarios del catolicismo. ¿Qué es lo que se está atacando entonces?
A la educación pública, metiendo el miedo en el cuerpo a los padres
para que lleven a sus hijos a los cortijos educativos de la derecha. (...)
Pero además es la enésima pirueta de la política de la nitroglicerina.
Como hemos dicho es necesario enfrentar el debate sin comprar los marcos
de la ultraderecha, aprovecharlo para elevar el nivel de la discusión
pública, utilizando los datos, pero también narraciones certeras que
apelen a las emociones. (...)
La izquierda, no sólo el Gobierno, debe tomar la iniciativa de la agenda
pública y procurar no alimentar las excusas que les sirven a los
extremistas del libre mercado como un camino de miguitas de pan. Y para
esto lo primero que debería hacer la izquierda es dejar de comprar
teorías posmodernas ajenas a su tradición y objetivos que sirven de
correlato a los ultras en el balancín de las guerras culturales. Tener
claro, por otro lado, que las discusiones académicas, la teoría que se
desarrolla con un lenguaje críptico e incomprensible, no puede estar en
el mismo nivel de la política percibida en el debate cotidiano.
Por
ejemplo, lo que parece absurdo es plantear que la familia es una
institución burguesa a eliminar -por mucho que sea un consenso en las
ciencias sociales que las formas que adoptan las agrupaciones humanas
están relacionadas con los sistemas económicos- justo cuando las
familias han sido el refugio para mucha gente en los momentos más duros
de la crisis. Y sobre todo hacer prevalecer los temas que afectan a la
igualdad material y los derechos civiles por encima de piruetas
importadas de las universidades norteamericanas que nadie entiende ni
necesita. Por resumir: los experimentos en casa y con gaseosa.
Pero además se hace imprescindible desactivar la política de la
nitroglicerina con medidas concretas, efectivas y de un efecto
mensurable en la vida de las personas. Las guerras culturales como se
ganan es revirtiendo el austericidio de la recién terminada década
ominosa, subiendo el salario mínimo, haciendo respetar las leyes
laborales, legislando contra las casas de apuestas y los especuladores
inmobiliarios, elevando la seguridad pública allí donde haga falta,
luchando contra el machismo y la homofobia, en definitiva, otorgando
dignidad y certezas a la vida de la mayoría de la población.
La política de la nitroglicerina tiene un punto débil: necesita de la
agitación permanente. Como ya se ha visto con el fracaso estrepitoso de
las concentraciones ultras contra el Gobierno, mantener el nivel de
hiperventilación tiene unos límites. Entre la algarada zarzuelera de los
extremistas y dar soluciones a problemas acuciantes, por muy parciales
que estas sean, hasta el ciudadano más enajenado de lo político apoyará
lo segundo. Con el pan de tus hijos nunca se juega." (Daniel Bernabé, Público, 21/01/20)
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