"(...) Esta es una historia ejemplar del poder
de algunas empresas y de los mecanismos que lo reproducen. Agbar es un
grupo empresarial que tiene su origen en la Sociedad General de Aguas
de Barcelona, empresa que desde 1882 ha tenido en sus manos la gestión
del suministro de agua en Barcelona. (La de esta ciudad siempre ha sido
una sociedad liberal, y la gestión de servicios públicos básicos como
el agua o la recogida de residuos siempre ha estado en manos privadas.)
Con el paso de los años la empresa ha creado una enorme red
empresarial que constituye el principal grupo privado español del
sector. Actualmente es una filial de la multinacional francesa Suez
Environment, que en 2009 compró la participación mayoritaria de La
Caixa.
Poco después, en un pleito privado, un
juez decretó que Aguas de Barcelona carecía de un contrato con el
Ayuntamiento de Barcelona y, por tanto, su situación estaba en el aire.
Ello abrió un flanco preocupante en un momento en que en toda Europa
renacía una tendencia hacia la gestión pública directa (que ha hecho
que Suez pierda la gestión en plazas tan emblemáticas como París y
Berlín). La empresa reaccionó con presteza utilizando su red de
contactos políticos.
Por una parte, alcanzó un acuerdo con el Consejo
General del Poder Judicial para organizar cursos a jueces sobre derecho
del agua, y por otra llegó a un rápido acuerdo con Convergència i Unió
y el PSC (ahora nadie se acuerda de la sociovergencia que
mandó en el país durante mucho tiempo) para crear una nueva empresa,
Aguas de Barcelona, que integraría toda la actividad del ciclo del agua
en 23 municipios del Área Metropolitana, integrando compañías del
grupo Agbar y activos públicos.
(Algunos ayuntamientos no se sumaron,
bien porque tenían empresas mixtas con otros grupos, bien porque
contaban con eficientes empresas públicas, como es el caso de El Prat
de Llobregat.) Todo se hizo con bastante celeridad y poca
transparencia. El objetivo era dar un encaje formal a los intereses de
Agbar, que pasó a controlar el 85% de la nueva empresa, quedando el
resto para el Área Metropolitana de Barcelona (AMB).
Agbar había ganado la primera batalla,
pero tuvo que hacer frente hasta tal punto a la creciente campaña pro
gestión pública impulsada por Aigua és Vida (una entidad animada por
grupos ecologistas y vecinales) y la oposición de sus competidores
(Acciona, Sacyr…) que vio la posibilidad de hacerse con un negocio
suculento. En 2015, en el nuevo ayuntamiento de los Comuns, figuraba
como concejal Eloi Badia, uno de los líderes de Aigua és Vida, que pasó
a controlar el área de medio ambiente de la AMB.
Y en 2016 la cosa se
complicó aún más cuando el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya
dictaminó el carácter ilegal de la nueva empresa por razones obvias,
como que había sido creada sin concurso, que en 16 de los 23 municipios
Agbar no tenía contrato anterior y que la valoración que se hizo en su
día de los activos que aportaba la empresa y el sector público era
inadecuada. Era una sentencia demoledora que abría las puertas a una
municipalización a coste cero, puesto que no existía ninguna concesión
que rescatar y la valoración de activos encargada por la propia AMB
mostraba un saldo ligeramente favorable para el sector público.
La respuesta de la empresa no se limitó a
plantear un recurso al Tribunal Supremo, sino que también puso en
marcha una “campaña total” que hemos padecido directamente los
movimientos sociales favorables a la municipalización.
- Una intensa campaña publicitaria no sólo en medios convencionales sino también a través de un plan de esponsorización de entidades.
- Una campaña de acoso y derribo en la que se han combinado dossieres de prensa contra entidades, amenazas con recursos judiciales y actividades de espionaje.
- El culmen de esta campaña se alcanzó tras la aprobación por parte del Ayuntamiento de un nuevo reglamento de participación (largamente reivindicado por todo el tejido asociativo local) que incluía la posibilidad de convocar consultas tras recoger 15.000 firmas de apoyo. Cuando las entidades promotoras de la municipalización recogimos 30.000 firmas en apoyo de la consulta, Agbar lanzó una ofensiva general, bien directamente, bien a través de sociedades impuestas o bien recurriendo a bufetes de abogados con los que existían contactos obvios. Una ofensiva de cuarenta recursos que ha tenido éxito cuando el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya, en una sentencia insólita, ha decretado la suspensión de todo el reglamento de participación.
Finalmente Agbar ha triunfado. Hace unos
días el Tribunal Supremo ha dado un vuelco completo a la sentencia del
TSJC y ha decretado la legalidad de todo el proceso de creación de la
nueva empresa y de las valoraciones tan favorables a los intereses de
Suez. Sorprende un giro tan radical.
Sin haber leído aún la sentencia, creo
que pueden aventurarse algunas hipótesis. Una es de tipo formal: si la
ley permite una interpretación tan diversa es que seguramente su
redacción es tan ambigua que deja mucho espacio a los sesgos
ideológicos de los jueces.
Otra es de tipo “estructural” y tiene que
ver con la cultura dominante en la casta judicial, siempre proclive a
salvaguardar el statu quo y los intereses dominantes, siempre
recelosa de abrir vías al desorden; conozco lo suficiente a las élites
económicas como para pensar que lo mismo es trasladable al sector
judicial, y ratificar la sentencia de Catalunya era abrir la vía a
municipalizar el negocio central de una gran empresa.
Y una tercera
hipótesis es de tipo “conspirativo”: la formación que Agbar dio a
jueces hasta al menos 2015 igual ha dado sus frutos, sin contar el
papel de los lobbies que han interferido en todo el proceso.
Lo hemos vivido intensamente en Barcelona. Agbar está implicada en
diversos casos de corrupción (Pokémon, Cantabria, etc.) y tiene
tentáculos muy largos que llegan a gente importante, y posiblemente
ahora habrán intentado jugar esta baza. Con la hipótesis estructural
basta, pero esta última no es del todo descartable.
Agbar ha conseguido imponer sus
intereses en Barcelona (y sigue incordiando en Terrassa y Valladolid,
donde no ha podido parar la municipalización), y para ello ha utilizado
sus poderosos medios y su falta de escrúpulos. No sólo es una cuestión
económica, sino también de derechos sociales (pues existe una enorme
opacidad sobre cómo gestiona las ayudas sociales a las personas pobres)
y de democracia (ha preferido cargarse todo el modelo de participación
de Barcelona a tener que enfrentarse a una consulta no decisiva sobre
la gestión del agua).
Hemos perdido una gran oportunidad de municipalizar el agua, y habrá que plantearse cómo seguir actuando.(...)" (Andreu Recio, Mientras Tanto, 30/11/19)
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