"Las crisis, convertidas en recesiones o incluso en depresiones, han
existido continua y periódicamente desde el inicio del capitalismo. (...)
Alguien que no fuera un economista –como diría Marx- debería deducir que
el capitalismo contiene alguna característica intrínseca que le conduce
a ello. Las crisis tienen una variada gama de manifestaciones externas
(de sub-consumo, financieras, por desajustes macroeconómicos o
conmociones originadas por la propia competencia…), las mismas que
sirven para elaborar explicaciones causales superficiales cuando no
erróneas.
En realidad, las crisis estructurales del capitalismo parten
de un común denominador, que es el que importa y que se niega a entender
la ciencia económica reinante: la caída del valor. El valor es la
sangre que recorre el cuerpo del sistema capitalista, y está entrañado
en el tiempo socialmente necesario que tardan en producirse unas u otras
mercancías.
La automatización de los procesos productivos no sólo ha
ido desechando seres humanos de los mismos, condenándolos a un desempleo
crónico o a un empleo cada vez más precario (que es a menudo también
una forma de desempleo camuflado), sino que va reduciendo el tiempo
necesario de producción y con ello el valor (“la sangre” del sistema).
En consecuencia, el sistema se va gangrenando. Pero lejos de intentar
alguna cura, hoy asistimos a su loca huida hacia adelante (algo así como
si a quien le diagnostican un mal grave decidiese irse de copas y
comilonas todos los días).
A lo largo de la historia la clase capitalista ha encontrado diversos
remedios contra esa enfermedad crónica: aumentar la explotación de la
población trabajadora, invertir allá donde todavía no se daban los
procesos de tecnificación de la economía, acortar el tiempo entre la
fabricación y la venta, entre algunos otros (además de apropiarse de la
riqueza colectiva mediante privatizaciones o negarse a pagar impuestos,
claro).
Pero había una salida imprescindible, si la tecnificación hacía
decaer el valor de cada mercancía (fijémonos, por ejemplo, en la
estandarización que supone una cadena de montaje para el valor –y el
precio- de una mesa, y el valor –y precio- que tendría hecha a mano,
artesanalmente), le permitía también hacer cada vez más mercancías en
menos tiempo. Si antes, por imaginar un ejemplo, hacer una mesa costaba 2
días, ahora se puede producir en dos horas. Lo único que hay que hacer
para compensar que el tiempo-valor ha disminuido 24 veces, es producir
al menos 24 mesas en 2 días.
Pero claro, para eso necesito que haya 23
compradores más que antes. Esto no debe resultar difícil si tenemos en
cuenta que ahora las mesas salen mucho más baratas precisamente por su
rápida fabricación y estandarización. El problema está en que este
movimiento es exponencial. La robotización y la inteligencia artificial
van reduciendo el tiempo socialmente necesario de producción al mínimo,
lo que quiere decir que en compensación el mercado debe expandirse al
máximo.
La “globalización” se dio con ese propósito, pero hoy está
alcanzada la máxima expansión física y nada indica que el capitalismo
vaya a ser capaz de empobrecer a las poblaciones del mundo (con
desempleo, subempleo, destrucción de condiciones sociales y laborales…) y
al mismo tiempo hacerlas que compren cada vez más. De hecho, lo único
que ha permitido la continuidad del consumo desde los años 70 del siglo
XX en los países “ricos” ha sido el crédito, o visto desde el otro lado,
el endeudamiento masivo y creciente (tanto de particulares como de
empresas, instituciones públicas y Estados).
La implicación de esa dinámica de fabricación incesantemente creciente de mercancías es la extracción también incesantemente creciente de recursos naturales y la utilización incesantemente creciente de energía.
La implicación de esa dinámica de fabricación incesantemente creciente de mercancías es la extracción también incesantemente creciente de recursos naturales y la utilización incesantemente creciente de energía.
En 1972 el Club de Roma emitió el informe Los límites al crecimiento,
juntando datos de producción industrial, población, recursos, energía,
alimentos, contaminación, sumideros… en el que se preveían las
consecuencias que íbamos a afrontar de seguir el curso de la
producción-consumo y crecimiento exponencial.
En 1991 algunos de los
mismos científicos insistieron en un nuevo informe, titulado Más allá de
los límites del crecimiento, que en esa década nos situábamos ante el
sobrepasamiento: era la última oportunidad de frenar si no queríamos
despeñarnos por el precipicio. Después, aunque lo hiciéramos, la propia
inercia nos llevaría hasta él sin remedio. Más allá de algunas de las
intenciones políticas del Club de Roma, sus predicciones se han ido
cumpliendo cabalmente. (...)
Los “Felices 20” del siglo XX
Los años 70 del siglo XIX inauguraron la primera Larga Crisis del capitalismo. La misma que llevaría a la expansión imperial de Europa y a crecientes tensiones entre las potencias que desembocarían en dos Guerras Mundiales, la misma que posibilitó la mayor desconexión con el mundo capitalista conocida hasta hoy (la Revolución Soviética) y provocó el mayor crack bursátil hasta nuestros días, así como una conmoción de alcance mundial.
Sin embargo, la década de los 20 del siglo XX pareció ajena a todo ello. Los “Felices 20” fue una expresión acuñada en torno a la expansión económica de EE.UU., favorecida por el hundimiento europeo tras la I Gran Guerra. “Felicidad” que a partir del 1924 se expandiría a ciertas oligarquías europeas propiciando un clima de euforia nerviosa y ciega confianza en el sistema capitalista. Pero mientras las viejas y nuevas clases ricas disfrutaban con el “can-can”, el mundo se iba hundiendo bajo sus pies.
Al tiempo que se daba el auge del fascismo en Italia, se
gestaba el lento progreso del nazismo en Alemania y se incubaba una
poderosa burbuja financiera contraída a través de sobrevaloración de
activos empresariales y un desenfrenado sistema de endeudamiento y
compra a plazos que desembocó en el crack del 29. La desolación, el
deterioro y el pesimismo social se adueñaron de los años 30, hasta que
estallara la mayor guerra que haya conocido hasta ahora la humanidad.
La Crisis de Larga Duración del siglo XX
Desde los años 70 del siglo XX las elites mundiales vienen intentando
escapar de la Segunda Larga Crisis capitalista que, sin embargo, se
resiste a dejarnos. Han probado de todo: globalización, crédito masivo,
especulación financiera con sus burbujeos bursátiles y finalmente la
ingente invención de dinero mágico, sin ningún valor detrás.
Un dinero
sacado de la chistera que conceden a las grandes empresas y Bancos
“demasiado grandes para caer”, con lo que modifican sus números, ocultan
sus descubiertos y aparentan que el sistema funciona y el mundo
empresarial y bancario va bien. Pero todo esto no hace sino acumular una
“tormenta perfecta”, una enorme explosión de la economía, en
proporciones tendencialmente mayores que puede hacer irrisorias las
crisis del 29 y de 2007-2008 juntas.
Esta década de los 20 nos deparará el fin de la ilusión de la “crisis”
como un accidente del capitalismo, que una vez superado dejará la marcha
hacia el progreso y el bienestar. El fin de la no percepción del cambio
climático y de un hábitat severamente dañado será también inevitable.
Hay una elevada probabilidad de que el capitalismo se haga cada vez más salvaje. La geoeconomía, la geoestrategia y la geopolítica de un sistema en decadencia, con recursos cada vez más escasos, tenderán a militarizarse y amenazar al conjunto de la humanidad. Especialmente la OTAN y la potencia en declive, EE.UU., se mostrarán cada vez más agresivas.
Hay una elevada probabilidad de que el capitalismo se haga cada vez más salvaje. La geoeconomía, la geoestrategia y la geopolítica de un sistema en decadencia, con recursos cada vez más escasos, tenderán a militarizarse y amenazar al conjunto de la humanidad. Especialmente la OTAN y la potencia en declive, EE.UU., se mostrarán cada vez más agresivas.
Además, las guerras económicas y guerras por los recursos se
combinarán con “guerras sociales”, de arriba abajo, que las elites del
mundo vienen emprendiendo contra las poblaciones para intentar preservar
sus privilegios y beneficios, y que se intensificarán. Por eso mismo,
habrá más posibilidades de que la década de los 20 sea también la de las
movilizaciones totales, de las que Chile y Francia están dando una
avanzadilla.
Frente a ello, todo indica que habrá que construir nuevas fuerzas sociopolíticas transformadoras, puesto que las actuales están lejos de comprender los desafíos históricos a que nos enfrentamos. Integradas más o menos cómodamente en el sistema, no tienen muchas intenciones de ver que hoy ser reformista o imaginar la mejora sostenida del capitalismo es ser enormemente irrealista.
Frente a ello, todo indica que habrá que construir nuevas fuerzas sociopolíticas transformadoras, puesto que las actuales están lejos de comprender los desafíos históricos a que nos enfrentamos. Integradas más o menos cómodamente en el sistema, no tienen muchas intenciones de ver que hoy ser reformista o imaginar la mejora sostenida del capitalismo es ser enormemente irrealista.
Tan irrealista como creer en ese esperpento
del “crecimiento sostenible” (no es de extrañar que “El nuevo acuerdo
para España” de PSOE-Unidas Podemos – sin medición de objetivos
concretos, cronograma ni presupuesto- comience precisamente con el
título de “Consolidar el crecimiento”).
En los años 20 del siglo XX, a pesar de todo, las poblaciones mantenían ilusión en el futuro. Hoy esa ilusión sumamente debilitada, fruto del deterioro socio-natural, apenas deja para centrarse en el día a día, mientras se va instalando la percepción del futuro como catástrofe. ¿Podrá ser que en esta década que estos días estrenamos, las reacciones populares eviten que se convierta en la década de los “Terribles 20”?
El desafío es enorme, pues a la postre, de lo que se trata verdaderamente, es de cambiar de sistema." (Andrés Piqueras, sociólogo, Público, 04/01/20)
En los años 20 del siglo XX, a pesar de todo, las poblaciones mantenían ilusión en el futuro. Hoy esa ilusión sumamente debilitada, fruto del deterioro socio-natural, apenas deja para centrarse en el día a día, mientras se va instalando la percepción del futuro como catástrofe. ¿Podrá ser que en esta década que estos días estrenamos, las reacciones populares eviten que se convierta en la década de los “Terribles 20”?
El desafío es enorme, pues a la postre, de lo que se trata verdaderamente, es de cambiar de sistema." (Andrés Piqueras, sociólogo, Público, 04/01/20)
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