"El apoyo a los partidos euroescépticos ha crecido en paralelo al rápido
aumento de la ola populista que actualmente atenaza a Europa. Este
malestar, este descontento está impulsado por una serie de factores que
están en la base del alza creciente del apoyo al populismo: las
diferencias de edad, de riqueza, educación, o el cambio demográfico y
económico.
Éstas son las principales conclusiones de nuestra investigación
sobre la geografía del descontento en Europa. Tras analizar el voto
euroescéptico en más de 63.000 distritos electorales de toda la Unión
Europea, los resultados desafían los puntos de vista que hasta ahora se
habían barajado sobre el porqué del aumento del populismo.
Por un lado,
el crecimiento del voto antisistema es, principalmente, consecuencia
de un declive económico e industrial a medio y largo plazo, en
combinación con escasas oportunidades de empleo y con un menor nivel de
educación en la fuerza de trabajo. Muchas de las otras causas
que hasta ahora se han utilizado para explicar el descontento tienen
menos importancia de la esperada, o su impacto varía en función de los
niveles de oposición a la integración europea.
(...) el voto a favor del Brexit no fue el primer signo del creciente desencanto hacia la UE. El voto a partidos opuestos a la integración europea ha crecido de manera sostenida en los últimos 15 años (...)
El euroescepticismo no es fenómeno meramente británico, sino que está
presente, en mayor o menor medida, en muchos países de la UE. (...)
Los partidos fuertemente opuestos a la integración europea tienden a
incidir en dos mensajes. El primero es la necesidad de abandonar la
Unión. Esto es lo que han defendido el Partido de la Independencia
británico (British UKIP), el holandés Partido por la Libertad (PVV) o el
antiguo Frente Nacional francés.
El otro es el de transformar la UE en
una confederación de estados más flexible, como han propuesto la Liga
italiana, Alternativa por Alemania (AfD) o el húngaro Jobbik. Los
partidos contra la integración europea más moderados, como el italiano
Movimiento Cinco Estrellas (M5S) o el húngaro Fidesz, esperan que la UE
cambie de manera sustancial, pero no necesariamente apoyan la idea de
dejar la Unión o de convertirla en una coalición más flexible de estados
soberanos.
¿Qué determina el voto euroescéptico?
Hasta hace poco, los investigadores que han estudiado el incremento del voto antisistema se han centrado principalmente en las características individuales de los votantes para entender el porqué de este malestar con la integración europea. El arquetipo del votante euroescéptico era claro: “personas mayores,
clase trabajadora, de raza blanca, con poca formación, que viven con
escasos ingresos y sin las capacidades necesarias para adaptarse y
prosperar en medio de una economía posindustrial y moderna” (Goodwin y Heath, 2016: 325).
Eso quiere decir que los individuos “excluidos” por la economía moderna
son más propensos a apoyar o encontrar refugio en las opciones
políticas antisistema. “Estos votantes excluidos se sienten
desorientados por el consenso al que llegaron los partidos
tradicionales, tendente a favorecer un mundo socialmente liberal y
multicultural” (Ford y Goodwin, 2017: 19).
Pero esta visión del mundo les resulta ajena. En la identificación de
este tipo de votante antisistema, la edad, la educación y el ingreso
conforman la “santísima trinidad” del voto populista (...)
Nuestra investigación desafía este punto de vista dominante, al poner
de manifiesto que, más que cualquier otro factor, el declive industrial
y económico a largo plazo es la fuente fundamental del aumento del voto
populista y euroescéptico.
El mapa el euroescepticismo
El mapa traza por primera vez la geografía del descontento en la UE.
En él se representan los resultados de las elecciones legislativas a
nivel nacional en un total de 63.417 distritos electorales (o
equivalentes) en todos los estados miembros. En muchos de ellos, los
partidos que se oponen fuertemente a la integración europea se han
convertido en una fuerza relevante. Los fuertemente opuestos obtuvieron
más del 25% de los votos en tres de los estados de la Unión: Austria,
Dinamarca y Francia (Figura 2). Otros, como Chipre, Malta, Rumania y
Eslovenia, se mantuvieron inmunes a la ola anti-europea. Pero estos
países son, con diferencia, la excepción y no la regla.
El voto a partidos contrarios a la integración europea es importante en
muchas zonas de la UE: el sur de Dinamarca, el norte de Italia, el sur
de Austria, el este de Alemania, el este de Hungría y el sur de Portugal
son sus focos. Las áreas rurales y las ciudades pequeñas son más euroescépticas que las ciudades más grandes.
El voto euroescéptico es mucho más bajo en Lille, Metz, Nancy o
Estrasburgo que en los suburbios y zonas rurales que circundan estas
ciudades (Figura 2). Lo mismo ocurre en el este de Alemania, donde el
voto antieuropeo es mucho menos prominente en Berlín, Dresde o Leipzig
que en las áreas circundantes; o en el norte de Italia, con importantes
diferencias entre las ciudades más grandes (Milán y Turín) y un amplio
número de poblaciones medianas, como Bérgamo, Brescia, Cremona, Mantua,
Pavía o Vercelli.
En las ciudades más pequeñas y en las áreas rurales
del norte italiano, el sentimiento euroescéptico es mucho más fuerte. En
el norte y este de Dinamarca, Suecia, Finlandia y República Checa
también tienen una presencia fuerte de partidos radicales antieuropeos.
¿A qué se debe la fuerza del voto euroescéptico?
Los resultados demuestran que, mientras la educación es un factor importante para el apoyo (o no) a la integración europea, y
la falta de oportunidades laborales también se sitúa entre los primeros
elementos que explicarían el ascenso del voto euroescéptico, terminan
ahí las similitudes con la narrativa dominante sobre los excluidos.
Una diferencia importante con los análisis previos se relaciona con
el grado de riqueza. La mayoría de ellos había resaltado que los
votantes antisistema venían de contextos pobres. Sin embargo, mientras
la riqueza en el ámbito local tiene un peso, cuando se controlan otros
factores (especialmente, el declive económico a largo plazo), los lugares más ricos de Europa presentan una mayor oposición a la integración europea.
Es decir, entre regiones que afrontan procesos similares de declive
económico, aquéllas con un nivel de riqueza más alto son más propensas a
votar a partidos euroescépticos. Esto explicaría la adhesión de los
italianos del norte a la Liga: a pesar de que, en promedio, los
italianos del norte están todavía entre los ciudadanos más ricos de la
UE, 30 años sin crecimiento económico han impulsado a muchos a apoyar
opciones antisistema y antieuropeas
Por otra parte, la presencia de personas mayores (una de las
explicaciones más frecuentes para el fortalecimiento del populismo) no
implica un mayor número de votos euroescépticos. Si se considera la
evolución económica, los niveles educativos de la población y la
riqueza, se observa que las áreas con un gran porcentaje de personas
mayores votan menos por los partidos antieuropeos, tanto radicales como
moderados.
Los factores estrictamente geográficos, que han recibido menor atención, son importantes impulsores del voto antieuropeo. La densidad y la ruralidad tienen una incidencia en este tipo de comportamiento electoral, pero su papel es menor que el que identificaron los politólogos estadounidenses (véase, por ejemplo, Rodden, 2016; Cramer, 2017).
En Europa, una vez que se consideran los partidos antieuropeos
moderados, se evidencia un rol invertido de la densidad: las personas
que viven en zonas urbanas terminan siendo más propensas a votar a
partidos moderadamente opuestos a la integración europea con respecto a
los habitantes de zonas suburbanas y rurales menos densas.
Es el declive económico e industrial a largo plazo el que emerge como
el motor fundamental del voto anti-UE. Como señala Gordon (2018: 110),
se ha predicho desde hace tiempo que las desigualdades territoriales
persistentes pueden conducir a un importante colapso político. De todos
modos, más que la brecha entre regiones ricas y pobres, lo que hace la
diferencia en el voto antisistema es la evolución económica e industrial
a largo plazo.
Corroborando la teoría de los “lugares que no importan” (Rodríguez-Pose, 2018),
el declive a largo plazo de áreas que vivieron tiempos mejores, que con
frecuencia tuvieron un gran pasado industrial, sumado al frenazo
económico de áreas estancadas, constituyen el caldo de cultivo adecuado
para el descontento y el malestar con el sistema; que se refleja, entre
otras manifestaciones, en un voto contrario a la integración europea.
En términos generales, el voto a partidos euroescépticos en la UE se
puede explicar por combinaciones específicas de factores socioeconómicos
y geográficos. A menudo se da el caso de que estos últimos moldean la
influencia de los primeros en las votaciones. Por lo tanto, una vez que
se considera el declive económico e industrial a largo plazo, se hace
más difícil afirmar que las divisiones entre quienes están a favor y en
contra del sistema “recorren divisiones de carácter generacional,
educativo y de clase” (Goodwin & Heath, 2016: 331). De estas tres
brechas, sólo se mantiene la educativa. (...)
Apuntar hacia los ‘lugares que no importan’
El voto antisistema y euroescéptico está en ascenso. Muchos gobiernos
y partidos tradicionales tienen dificultades para reaccionar ante este
fenómeno. Nuestra investigación (Dijkstra, Poelman y Rodríguez-Pose,
2019) ofrece algunas propuestas iniciales para abordar esta situación.
Los resultados indican que si Europa pretende combatir la creciente
geografía del descontento europeo, habría que empezar por prestar
atención a los llamados lugares que no importan.
Para responder a esta emergente geografía del malestar contra la UE, es necesario
atender al desamparo territorial que han sufrido los que quedaron
excluidos y promover políticas que trasciendan lo que se ha hecho hasta
ahora, que es poner el acento sólo en las grandes ciudades (por
lo general, más desarrolladas y dinámicas) o simplemente en las
regiones menos desarrolladas.
Hay una necesidad urgente de encontrar
intervenciones viables para lidiar con la evolución a largo plazo de
regiones con crecimiento negativo, bajo o nulo, y ofrecer soluciones
para los lugares que sufren el declive industrial y la fuga de cerebros.
Además, las políticas deben superar lo que ha sido normalmente un enfoque compensatorio y/o de apaciguamiento.
Esto implicaría aprovechar el ignorado potencial económico que tienen
muchos de estos lugares y ofrecer oportunidades reales para acabar con
el abandono y el declive. Políticas que estén pensadas específicamente
para determinados tipos de territorio. Las llamadas políticas sensibles al territorio (Iammarino et al., 2019)
podrían convertirse en la mejor opción para afrontar el declive
económico, la escasez de los recursos humanos y las pocas oportunidades
de empleo, que forman la base de la geografía del descontento en la UE.
También podrían convertirse en el mejor antídoto para frenar y revertir
el crecimiento del voto antisistema, que no sólo amenaza la integración
europea, sino también a la estabilidad económica, política y social que
ha generado el periodo más largo de relativa paz y prosperidad en la
historia del continente." (

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