"(...) Por suerte para Sánchez y Podemos, Vox creció, las derechas se
fueron a Colón y abrieron a la izquierda la puerta de La Moncloa: el
PSOE pudo vender con éxito el mensaje de “nosotros o Vox” e Iglesias pudo lanzar la alerta antifascista. Una vez instalados en el Gobierno, han seguido con ese marco. (...)
Vox es un partido al que le gusta provocar, lo que permite que sea
convenientemente señalado y afeado por la patrulla antifascista de
guardia. Parar a Vox se ha convertido en el elemento ideológico principal.
Este esquema parece muy nacional, propio de una realidad diferente de la del resto de países occidentales:
el secesionismo catalán, la existencia de un eje claro
izquierda-derecha, discursos poco frecuentes sobre la inmigración o la
salida de la UE o el nulo debate sobre el proteccionismo son elementos
que nos alejan de las tensiones políticas habituales fuera, donde las
nuevas derechas gozan de mayor recorrido.
Sin embargo, no es así. La reconversión de los partidos progresistas en
antifascistas es una constante. Las contiendas electorales de los
últimos años vienen marcadas por la lucha contra las derechas populistas
y las extremas derechas. Parar a Trump, a Johnson, a Le Pen, a Salvini, a Bolsonaro, etc., han sido los lemas principales. Desde que aparecieron los partidos antisistema, con el antiguo Syriza en primer lugar, la lucha electoral se ha sustanciado entre dos partidos, el populista y el que podía evitar que estos gobernasen.
En España ha ocurrido igual: Rajoy ganó las elecciones porque
decía ser la única opción para detener a Podemos, ya que el PSOE
simpatizaba demasiado con él; y Sánchez es presidente porque afirmaba
que era el único que podía combatir a Vox, ya que PP y Ciudadanos tenían
demasiadas afinidades con Abascal. Este ha sido el eje esencial
de la política española desde hace varios años, y no es distinto del que
se vive en otros muchos países. En España ahora no se habla de populismo, sino de extrema derecha y fascismo, pero el marco es el mismo.
Durante un tiempo, esta pelea, que podríamos sintetizar como la tensión
entre el 'statu quo' y la opción que pretendía romperlo, se resolvió siempre a favor del 'establishment'.
Bastaba con invocar los riesgos a los que conducirían los populistas de
derechas para que el votante se movilizase en su contra. Pero ese
resorte dejó de funcionar con el Brexit y Trump y desde entonces es un
arma de doble filo.
En Francia ha sido útil, en Italia lo es de momento, en algunos
países del norte de Europa también, pero ese “combatir al fascismo” es
una táctica que hará crecer a las derechas. Lo hemos visto en EEUU,
donde la hostilidad progresista contra Trump le ayudó a gobernar y su
recrudecimiento no ha hecho mella al presidente, más al contrario; por
ejemplo, este impeachment irrelevante se ha vuelto en contra de los demócratas.
Podremos verlo en Italia: después de sacar del Gobierno a Salvini y
poner en marcha una coalición débil entre los socialistas y Cinque
Stelle, ahora se les ocurre juzgarlo por sus acciones contra la
inmigración en su etapa como ministro de Interior; si quisieran que Salvini acabase gobernando Italia, no podrían seguir una mejor hoja de ruta.
La utilización del marco antifascista o antipopulista no es únicamente un problema pragmático, también revela una gran ausencia.
Lo estamos presenciando en las primarias demócratas estadounidenses. La
única idea en la que todos los aspirantes coinciden es en la urgencia
de sacar a Trump de la Casa Blanca, como si ese propósito fuera el
esencial.
Es más que probable que, si las elecciones se celebrasen hoy, fuera quien fuese el candidato demócrata, Trump saliera vencedor. (...) si el centro del mensaje y el objetivo último es parar a Trump,
perderán. Instigar el miedo no resultará: ni siquiera fue efectivo
cuando era un candidato 'outsider', y menos lo va a ser ahora.
Las cosas funcionan de otra manera. En esta situación, con un presidente
que goza de un apoyo social nada desdeñable, lo importante no es
“combatir al fascismo”, ni tampoco la elegibilidad, la moderación, la radicalidad,
unir a los demócratas o cualquiera de esos lugares comunes que se
entienden como decisivos. Pensar así es hacerlo desde la perspectiva
tecnocrática, y esa es justo la opción en declive.
Mucho más importante que jugar a la contra es ofrecer una visión más
amplia, proponer un proyecto unitario que ilusione, que vincule y
atraiga a distintas capas de la población, que haga creer a los votantes
en un futuro mejor.
La clave de la primera victoria de Obama se
asentó en su capacidad de movilización sentimental y en la idea de que
su presidencia implicaría un gran cambio; Trump hizo un trayecto muy
diferente, pero acabó en un lugar similar: las cosas van a cambiar de
verdad, haremos América grande otra vez. Si un gobierno está muy
desgastado, basta con aprovechar el descontento; si no es así, jugar a
la contra es sinónimo de derrota.
El problema de fondo de este posicionamiento ideológico no solo es
que no sirva; es algo más profundo. Cuando el eje electoral se ha
formado alrededor de dos opciones, la preservación del 'statu quo'
actual o la ruptura con él, que lo nuclear sea pelear contra el fascismo o contra el populismo de derechas (curiosamente hoy utilizados como sinónimos) no es más que una forma de reconocer que se carece de ideas ante los nuevos problemas, que no se sabe bien qué hacer, que la receta es seguir por el mismo camino.
Es un mal
que afecta tanto a los progresistas como a la vieja derecha liberal, y
que ofrece un terreno de juego idóneo para las nuevas derechas. Al fin y
al cabo, nos guste o no, ellas sí proponen otro tipo de futuro.
Responder con alertas e inmovilismo supone acabar perdiendo. Esa tensión
la estamos viendo también en las primarias demócratas.
España, en este sentido, solo se diferencia en una cosa: Vox no es un partido
como el de Le Pen o el de Salvini, y tampoco como el de Johnson. Es una
secesión del PP que se identifica con el neoliberalismo aznarista y, si
continúa por ese camino, acabará desinflándose. Pero si da un giro y
sabe leer el momento, se encontrará enfrente con un progresismo que no puede ofrecer otra cosa que inmovilismo económico y guerra cultural a muerte. Y con eso le bastará." (Esteban hernández, El Confidencial, 14/02/20)
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