31.3.20

El confinamiento nos hace ver cómo sería la vida dominada por la economía del contenedor. La de Carrefour, Amazon, Facebook, Uber que sólo necesitan mano de obra para servir, reponer y cobrar. El resultado es mucha gente con salarios escasos, empleos autonomizados e inestables, que sostiene nuestra cuarentena y que se ha extendido a la sanidad o a la educación... quizá esto se convierta en un ensayo para la sociedad que quedará después del coronavirus. La tentación autoritaria está ahí y se va a reforzar

"(...) A pesar del aislamiento, tenemos lo necesario para superar este momento, desde los bienes esenciales hasta las formas de entretenimiento pasando por el contacto con las personas a las que no podemos ver.

 Esta organización social para aguantar la cuarentena tiene, sin embargo, una característica llamativa, la de su punto de apoyo. Como bien aseguraba el periodista Marcos Lamelas, “ahora que se acaba el mundo resulta que estamos en manos de personal sanitario, teleoperadores, servicios sociales, barrenderos y equipos de limpieza, repartidores, reponedores y cajeras de supermercados: justo la gente que el sistema dijo que tenía que ganar menos dinero”.

 Es curioso, porque la pandemia nos ha conducido de golpe, con este momento de excepción, hacia todo aquello que nos dijeron que sería la revolución 4.0, la innovación digital, la gig economy. Nos aseguraron que era el futuro, lo que no imaginábamos es que llegaría tan pronto y de esta manera.

 Lo que estamos viviendo es un buen ejemplo de lo que significa la economía del contenedor. Es la vida organizada a través de Amazon, Google, Facebook, la propietaria de Whatsapp, Uber o Netflix, entre otras, mediadores que ofrecen formas de conexión entre quienes ofrecen algo y quienes lo demandan y que, gracias a ello, obtienen grandes beneficios. Las cadenas de hipermercados, otro gran contenedor, funcionaban así desde hace tiempo, con formas de organización altamente estructuradas entre quienes producían los bienes y quienes los adquirían. 

Estas necesitan de espacios físicos y de mano de obra para servir, reponer y cobrar, firmas como Amazon precisan personal de almacén y repartidores, Uber de conductores, y otras, como Google y Facebook o Netflix, son todavía más delgadas. El resultado, como se afirmaba en el tuit, es mucha gente con salarios escasos, empleos autonomizados y altamente inestables, que sostiene nuestra cuarentena. Una forma de contratación que, además, se ha extendido también a servicios prestados por la administración en el ámbito de la sanidad o de la educación, por ejemplo.

 Es fácil comprender que, tras este parón económico brutal, estas firmas saldrán reforzadas por la cantidad de flujos económicos que han circulado a través suyo, por la aceleración en las costumbres digitales, por la gran cantidad de datos que habrán recogido sobre nuestros comportamientos y por la competencia física, grande y pequeña, que habrán debilitado o eliminado con la crisis.

Esta aceleración de lo digital y de la economía del contenedor es importante en dos ámbitos, el político y el económico, porque lo que viene se parece demasiado al presente; quizá esto se convierta en un ensayo para la sociedad que quedará después del coronavirus. Solemos pensar que cuando lo excepcional desaparezca, regresaremos a la normalidad

Pero, como apuntaba Yuval Noah Harari en un artículo reciente sobre cómo será el mundo tras al Covid-19, “las medidas temporales tienen el desagradable hábito de sobrevivir a las emergencias, especialmente porque siempre hay una nueva emergencia al acecho en el horizonte”.

La tentación flotante

A Harari, como a distintos intelectuales liberales, le preocupa que de esta crisis permanezca el uso de la tecnología para el control social. El caso más obvio es China, que ha implantado sofisticados modelos de control de sus ciudadanos para combatir la pandemia.

 Sólo que ya los estaba utilizando antes, y ahora los ha intensificado con la legitimidad que le da el enemigo invisible. Es una tentación común: Harari avisa de que en su país, Israel, Netanyahu también está empleando nuevas herramientas de vigilancia. Es lógico pensar que su uso se extenderá a otros Estados cuando comencemos a creer que la única manera de lidiar con las crisis es vigilando más a los ciudadanos. La tentación autoritaria está ahí, y esta situación la va a reforzar.

Pero hay otra manera de verlo. En realidad, este control tecnológico a través de la captación de datos es una constante mundial, no solo es propia de los regímenes autoritarios. En nuestros países ocurre ya, y las empresas recaban enormes cantidades de datos sobre nuestro comportamiento. No nos preocupa mucho porque, nos dicen, se trata de información que utilizan para ofrecernos publicidad más ajustada a nuestros intereses. Lo mismo su uso es sólo ese, pero no sabemos con certeza qué hacen con ella. Lo que está claro es que tienen gran cantidad de información sobre todos nosotros disponible para ser utilizada.

Por algún motivo, nos altera mucho que los Estados sepan tanto sobre nosotros, pero muy poco que ese conocimiento lo tengan unas cuantas empresas. Y debería importarnos, porque la reestructuración de la economía y del trabajo, la que ya estaba en marcha, pasa por este uso de la tecnología y de los datos.

Esto no tiene nada de tecnofobia, es una simple constatación de la realidad. La tecnología es un instrumento y, como tal, admite distintos y contradictorios usos. Un hacha puede servir para cortar leña y/o para agredir a los demás: incrementa la potencia del ser humano, para bien y para mal. A menudo, discutir sobre las características ontológicas de los medios que tenemos a disposición lleva a pasar por alto algo decisivo: quién los tiene en su poder.

Económicamente es una cuestión crucial, ya que la tecnología ha permitido concentrar mucho poder que se ha empleado para canalizar ingresos y recursos hacia muy pocas empresas, ligadas a países como EEUU y China. Europa no juega en esa liga, y España mucho menos.

 Así hemos llegado a la situación actual, la que estamos viviendo ahora, con el mundo dividido en dos, con pocas y enormes empresas ligadas a la economía del contenedor que se sostienen en mano de obra mal pagada, esa que realiza las tareas físicas esenciales para dar soporte a esta cuarentena. Además, contamos con funcionarios públicos sobrecargados, cuyos salarios no son precisamente elevados, para cumplir con los servicios esenciales de sanidad y orden. Y en medio de todo eso, nada. Si ese es el escenario hacia el que nos dirigimos, he de decir que no me genera ninguna simpatía.

 Del mismo modo que nos preocupa que políticamente el poder pueda concentrarse y vayamos hacia modelos autoritarios en los que un pequeño conjunto de gente, sin estar sometido a ningún equilibrio y balance de poder, decida por todos nosotros y nos someta a formas rígidas de control, debería preocuparnos mucho que económicamente el poder se concentre, lo cual abriría la puerta a que pequeño grupo de gente obtenga la mayoría de los recursos y los demás nos contentemos con el resto.  

Y estaría bien observar esta situación sin prejuicios ideológicos: este escenario contaría con una gran pluralidad de perjudicados, que reuniría a los trabajadores, los autónomos, los propietarios de pequeñas tiendas y bares, los agricultores y ganaderos, pero también a los profesionales cualificados, a las medianas empresas, y cómo no, a las firmas del Ibex, muchas de las cuales van a acabar muy fragilizadas tras la crisis. No es algo que afecte solo al repartidor de Glovo o al dueño de una ferretería de barrio.
Recordadlo
De modo que, cuando esto pase, recordadlo bien: estamos viendo cómo sería la vida dominada por la economía del contenedor, un modelo que nos viene bien en situaciones excepcionales pero que no nos sirve para la normalidad. Recordadlo, y cuando el virus ya no sea un problema, id al teatro, a los bares, a las tiendas del barrio, a las librerías, a las peluquerías, para que nuestros entornos no se vacíen, tengan algo de vida y sean algo más que una sucesión de locales cerrados. 

Y presionad políticamente para que nuestras sociedades sean sólidas, para que ofrezcan condiciones materiales y vitales dignas, y para que el poder económico y político no se concentre en pocas manos. Porque, hay que insistir en esto, la crisis del coronavirus simplemente ha acelerado lo que ya estábamos viviendo.

 O cambiamos de rumbo o la sociedad del futuro cercano será muy parecida a la que tenemos en estos momentos, entendiendo que cambiar de rumbo implica transformaciones sustanciales en nuestro sistema respecto de cómo era hace un par de meses, algo a lo que quienes toman las decisiones no estaban nada dispuestos. Pero ese es el dilema en el que se habrán de mover España, Europa y todo Occidente."                         (Esteban Hernández, El Confidencial, 22/03/20)

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