2.3.20

“Están disparando botes de humo a los niños, ¡a los niños!”... si esto fuera la barbarie de un dictadorzuelo del tercer mundo... habría esperanza... pero esto se hace por orden terminante de Europa... ya no la hay


Unos padres protegen a sus hijos de los botes lacrimógenos lanzados por la policía griega, este sábado en Pazarkule. AFP


 "Pepa Bueno: Qué vergüenza, Europa. Se nos ha llenado la boca con los valores europeos hasta que salieron 6.000 millones de euros para que Erdogan contuviera a refugiados.

Déjenme decirles la vergüenza que como española, europea, ciudadana y periodista me produce lo que estamos viendo en esa frontera entre Grecia y Turquía. No ha  habido un proyecto político más esperanzador que el europeo porque no se quedó en las ideas y consiguió, en la práctica, años de una mezcla equilibrada de libertades y justicia social, en absoluto perfecta pero desde luego mejor que casi todo lo conocido.

Con los valores europeos se nos ha llenado la boca durante décadas. A mí la primera. Hasta que se sacrificó a los griegos en la crisis del euro del 2009, dejándolos en niveles económicos de posguerra, hasta que en el año 2016 con la llegada de los refugiados sirios cambiamos los valores por una caja registradora de la que salieron 6 mil millones que le dimos a Erdogan para contener personas, sin preguntar ni importarnos en qué condiciones iban a ser contenidas.

Y así llegamos a hoy, cuando Erdogan hace uso de la llave que le dimos y cuando en Bruselas nadie ha tenido tiempo de ver y pedir información sobre la actuación de la extrema derecha golpeando y agrediendo a migrantes y a miembros de las ONGs cuyo único delito es dar comida y ropa seca a los que huyen de la guerra o el hambre en barquitas de juguete. Y el apoyo de Bruselas al gobierno de Grecia no se acompaña de ninguna referencia a la tragedia de los migrantes, niños incluidos.

Todo somos muy mayores y entendemos la dificultad enorme del problema, la geopolítca, y los intereses cruzados. Pero precisamente porque somos muy mayores y hemos visto mucho, y sabemos que todo depende de la voluntad política... podemos decir qué vergüenza enorme, Europa, qué vergüenza."                 (Pepa Bueno, SER, 02/03/20)



"(...) “¡¿Pero qué tipo de humanidad es esta?! Están disparando botes de gas a los niños, ¡a los niños!”, lloraba un joven, también de Idlib, con los ojos enrojecidos por el gas: “Venimos de Siria, hemos escapado de las bombas”.

En un momento dado, tras varias andanadas de botes de gas, uno ha caído en el cuartel turco junto a la frontera, e inmediatamente los soldados han respondido con una salva de disparos al aire en dirección a Grecia, lo que da una idea de la tensión que se respiraba en la frontera. Los refugiados han comenzado a gritar y aplaudir pensando, por un momento, que los turcos disparaban para defenderlos a ellos. Pero en este lugar cada cual vela solo por sus intereses. (...)

Al contrario que en la crisis de los refugiados de 2015, cuando quienes escapaban hacia Europa eran en su mayoría sirios de clase media con sus ahorros casi intactos, en este caso se trata de los más pobres. (...)

 “En Turquía todo, los alimentos, el alquiler... es muy caro para nosotros. No nos dan permiso de trabajo [solo se ha garantizado permisos a 31.000 refugiados] y, por tanto, solo podemos trabajar en negro. Si trabajas en negro, te pagan menos del salario mínimo. Así que por eso hemos venido a la frontera. Si no nos viésemos obligados por las circunstancias, no lo haríamos”.

Aunque parte de los entrevistados hablan bien de Erdogan y tienen palabras de agradecimiento a la sociedad turca que los ha acogido, otros se han dado cuenta de que las cosas no son como les habían hecho creer. Algunos han retornado a Estambul. Otros comienzan a albergar cierto resquemor por sentirse utilizados como peones del juego político."            (Andrés Mourenzá, El País, 01/03/20)


Después de que Europa destruyese el sentimiento de hospitalidad de las islas griegas e italianas, su población se rebela contra los planes europeos de convertirlos en pudrideros de inmigrantes.
 
"Lesbos tiene miedo. En dos años, la solidaridad ha dejado paso a la hostilidad entre la población.

Antes de hacerse famoso por albergar el mayor campo de migrantes de Europa, Moria era sólo un pequeño pueblo agrícola de una pequeña isla griega donde cada día se parecía. “La gente iba a trabajar por la mañana, a las dos paraba a comer, volvía al trabajo, luego iba a pasear o a tomar un café y a las diez, a dormir –dice el alcalde, Yannis Mastroyannis–.

 Ahora, en cuanto se pone el sol, todos corremos a casa. Tenemos que protegernos y tenemos que proteger nuestras propiedades”.
Ningún lugar como Moria encarna mejor el impacto del fenómeno migratorio en una isla como Lesbos, con todas sus aristas, sus grandezas y bajezas. (...)

20.000 migrantes amontonados entre barro y basura en unas instalaciones diseñadas para tres mil inquilinos. Las tiendas de campaña se levantan a sólo 100 metros de las últimas casas del pueblo. (...)

El carpintero Antonis Taratoris recuerda que ningún vecino protestó cuando en el 2015, en plena crisis de los refugiados, las autoridades anunciaron que iban a habilitar el cercano campo militar en desuso para acoger a aquella gente que llegaba masivamente a las playas de Lesbos huyendo de la guerra. “Dijeron que serían pocos y todos queríamos ayudar. Fuimos con mantas y comida a darles la bienvenida. Pero los 300 iniciales pronto se convirtieron en mil, luego en cinco mil, veinte mil... y esto no para”, dice.

La solidaridad tiene un límite y en Moria hace tiempo que lo alcanzaron. En su despacho, el alcalde muestra cuatro gruesas carpetas. Son las denuncias tramitadas por los vecinos... en los últimos seis meses. “Hay un policía y dedica su jornada únicamente a registrar robos e incidentes. No le queda tiempo para más”, señala Mastroyannis.

El alcalde no sabe por dónde empezar. “Ellos”, como se refiere a sus incómodos vecinos, les cortan los olivos para hacer hogueras. Hay campos enteros donde sólo quedan las cepas, como cementerios. “Sabemos que pasan frío en las tiendas, es triste, pero cuando talan nuestros olivos nos quitan nuestra principal fuente de ingresos. Y los olivos tardan años en crecer”, lamenta. (...)

Lo más habitual es el robo de animales y el alambre de espino se multiplica. Dimitris tiene 200 ovejas lecheras que quiere con ternura. Le han matado ya catorce. (...)

“Hace unos años, cuando vinieron los primeros refugiados, Dimitris se volcó. Les daba leche, huevos, ropa. Pero cuando empezaron a matarle ovejas... ¡si las quiere tanto que tiene un nombre para cada una! Ahora creo que casi los odia”, dice su amigo Antonis, el carpintero. (...)

El alcalde tiene un mensaje para los vecinos europeos: “No necesitamos vuestro dinero. Así no se va a arreglar. Lo que necesitamos es que demostréis solidaridad, que asumáis vuestra parte de la carga”. (...)"                   (Gemma Saura, La Vanguardia, 06/03/20)

No hay comentarios:

Publicar un comentario