"En momentos históricos cruciales, las rupturas políticas racionales
suelen producirse por motivos equivocados. El Brexit del primer ministro
británico, Boris Johnson, puede ser un buen ejemplo. (...)
Impulsado por un descontento alimentado por la austeridad, nutrido de
xenofobia y montado en los faldones de promesas falsas, el Brexit y sus
seguidores salieron airosos por muchas malas razones. Y, al igual que el
Nixon Shock, la mayoría de quienes votaron por el hombre que implementó
el Brexit, muy probablemente, saldrán perdiendo, mientras que muchos
otros se beneficiarán generosamente.
Los neo-conservadores de la clase
trabajadora que permitieron esta ruptura histórica sufrirán las
consecuencias de su elección en una silenciosa desesperación. Ahora
bien, como sucedió con el Nixon Shock, ¿hay un factor histórico
subyacente singular que explique el Brexit? Sí: la creación del euro. (...)
Una vez que se creó la moneda común, en la ausencia proyectada de
instrumentos de deuda comunes y un mecanismo de seguro de depósitos
común, se puso al tren de la UE en una vía que conducía inexorablemente a
una bifurcación. Allí, podía girar marcadamente hacia una federación o
seguir en la misma ruta hasta que, cuando la vía se acababa, se
desintegraba. (...)
Los padres del euro, el canciller alemán Helmut Kohl y el presidente
francés François Mitterrand, lo sabían. Estaban convencidos de que una
vez que se llegara a la bifurcación, sus sucesores se inclinarían hacia
lo inevitable y conducirían, aunque renuentemente, hacia la federación.
Ésa también era la opinión de la primera ministra británica Margaret
Thatcher quien, al observar la construcción de un banco central europeo,
empezó a hacer sonar las alarmas que apelaron a un euroescepticismo
renovado y, en definitiva, al Brexit.Irónicamente, Kohl, Mitterrand y
Thatcher cometieron el mismo error.
Los tres líderes supusieron que el
euro era, como dijo Thatcher, un esfuerzo por crear “una Europa federal
por la puerta trasera”. No lo fue. Como todos sabemos ahora, cuando el
euro estuvo a punto de desmoronarse en 2011, los responsables de las
decisiones en la UE hicieron lo contrario de lo que habían anticipado
Kohl, Mitterrand y Thatcher. Como la bifurcación crítica se estaba
acercando y los enfrentaba al dilema de la federación o la
desintegración, los conductores de la locomotora demostraron que
preferían el descarrilamiento. Ése fue el momento en que el Brexit
adquirió una racionalidad sigilosa.
Cada fuerza histórica necesita una multitud de agentes para impulsarla.
Los mayores agentes del Brexit fueron, curiosamente, dos personas que se
oponían a él: Gordon Brown y Angela Merkel. En su calidad de ministro
de Hacienda del primer ministro británico Tony Blair, Brown se convirtió
en el facilitador del Brexit al mantener, por una variedad de
excelentes razones, al Reino Unido fuera de la eurozona.
Si hubiera
accedido a la preferencia de Blair de adoptar el euro, los
acontecimientos se habrían desarrollado de una manera totalmente
diferente. Dado el tamaño de la City de Londres, ningún rescate de la UE
podría haber reflotado a los bancos de Gran Bretaña después de la
crisis financiera de 2008 sin abandonar el reglamento del euro y sin
forzar una decisión inmediata y limpia: federar o regresar a las monedas
nacionales.Brown así se convirtió en el facilitador involuntario de la
propensión de Merkel a patear las cosas para más adelante.
Al mantener
al Reino Unido fuera del euro, Brown permitió que Alemania siguiera
resistiendo la federación garantizando, al mismo tiempo, que el Brexit
continuara siendo una opción relativamente de bajo costo para los
británicos. Sin la carga de la tarea colosal de rescatar a la City,
Merkel se concentró en suspender la democracia en los estados miembro
deficitarios como Irlanda, Grecia e Italia, para imponer, con la ayuda
del Banco Central Europeo, años de austeridad que terminaron
empantanando a toda la eurozona en un estancamiento permanente. Sin esa
supresión abominable de la democracia, y los millones de europeos
continentales que huían a una economía británica que había sido
reflotada por el Banco de Inglaterra, el referendo del Brexit habría
sido al revés.
Las rupturas de Nixon y de Johnson confirman que lo que es
insostenible termina encontrando a los agentes políticos de su colapso.
Esas rupturas pueden simultáneamente ir en detrimento de los intereses
de la mayoría de la gente y, al mismo tiempo, ser intrínsecamente
racionales y autoperpetuarse.
En Estados Unidos, la disminución a largo plazo de las perspectivas de
los trabajadores de la clase obrera fue compensada por las inmensas
ganancias del 10% superior y la expansión de la hegemonía global de
Estados Unidos. En este sentido, el Nixon Shock pasó la prueba de la
historia, aunque disminuyera las perspectivas de vida de la mayoría de
los norteamericanos. Al Brexit se lo puede reivindicar de manera
similar.
Si Johnson pone fin a la austeridad y logra atraer inversiones
en inteligencia artificial y energía verde (que la UE no logra
financiar), el Brexit puede llegar a ser visto de la misma manera que
hoy se ve la decisión de Brown de mantener al Reino Unido fuera de la
eurozona: una medida inteligente.Si ampliamos nuestro campo de visión,
existen sistemas internacionales que tienen el potencial de brindar
enormes beneficios para las mayorías en todos los países participantes.
Bretton Woods y la UE son excelentes ejemplos. Pero cuando los líderes
políticos no logran consolidar esos sistemas, su desintegración trágica
(en el sentido griego antiguo) terminará adoptando una racionalidad
propia, lo que le dará el aire de ser inevitable e, igualmente
importante, irreversible." (
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