"En el año 2001 la economía japonesa se encontraba por los suelos y el
Banco de Japón respondió poniendo en marcha un plan de acción billonario
con el fin de impulsarla. (...)
La Reserva Federal inició su Expansión Cuantitativa en 2008, con un
programa de compras verdaderamente colosal. Sólo en los primeros ocho
meses de ese año creó más dinero para comprar activos de los bancos que
habían provocado la crisis (940.000 millones de dólares) que todo el que
había creado en los cincuenta años anteriores (840.000 millones) para
que funcionara la economía. (...)
El Banco de Inglaterra también ha realizado este tipo de compras masivas
desde 2009, por valor de un billón de libras desde ese año
(...) en 2015, el Banco Central Europeo ya asumió la expansión como un
programa permanente y desde entonces ha realizado compras por unos 3,5
billones de euros. También ahora, como los demás bancos centrales,
volverá a gastar, de entrada, 750.000 millones de euros en comprar
títulos para combatir los efectos de la pandemia.
Todos esos datos muestran que los bancos centrales tienen una
capacidad de crear dinero ilimitada y que la han utilizado cuando lo han
creído necesario. ¿Con qué objetivo? El Banco Central Europeo lo
explica muy claramente en su web:
"El Banco Central Europeo compra bonos a los bancos... lo que
incrementa el precio de esos bonos y genera dinero en el sistema
bancario... En consecuencia, muchos tipos de interés se reducen y los
préstamos se abaratan... lo que permite a empresas y particulares
solicitar más préstamos y pagar menos por sus deudas... Como resultado,
el consumo y la inversión reciben un impulso... El aumento del consumo y
de la inversión fomentan el crecimiento económico y la creación de
empleo".
La justificación es buena y cualquiera que la lea se apuntaría sin
reservas a este tipo de programas de expansión cuantitativa de los
bancos centrales. El problema es que las cosas no funcionan realmente
como dice esa cita del Banco Central Europeo y que sus efectos son
bastante diferentes a los que proclaman sus impulsores.
No se puede negar que puntalmente han servido para impedir que se
hundan las bolsas, que hayan caído economías enteras (como algunas
europeas gracias a la intervención de Draghi) o para reactivar en alguna
medida el crédito. Lo que ocurre es que eso no es todo lo que producen
ni ha ocurrido siempre así.
¿Hemos de dar la enhorabuena a los bancos centrales por actuar de
bomberos en las bolsas, cuando en realidad son quienes permiten que allí
se produzcan incendios constantemente?
¿Aplaudimos a los bancos centrales por salvar, como Draghi, a las
economías, cuando en realidad son quienes permiten que haya movimientos
especulativos que las amenazan cuando ven la oportunidad?
¿Hay que felicitar a los bancos centrales porque le den dinero a
mansalva a los bancos para que financien a la economía, cuando les están
permitiendo que actúen como auténticos zombis y cuando esa financiación
podrían proporcionarla mucho más barata ellos mismos?
Las compras masivas de títulos por los bancos centrales tiene otra
cara de la que apenas se habla. Esconden, como si de un truco se
tratara, que no son la mejor forma de hacer política económica y que
benefician casi exclusivamente a los más ricos.
La mejor prueba de su fracaso es que sus diseñadores las concibieron
como una solución temporal y de emergencia y, sin embargo, se han
convertido en permanentes y cada vez más cuantiosas.
No voy a negar que realizar ese tipo de intervenciones de forma
puntal sea necesario y positivo. Eso es evidente. Lo preocupante es que
esos programas de compras masivas se están convirtiendo en una constante
que tiene consecuencias bastante negativas, como ya se ha podido poner
de manifiesto en investigaciones científicas, una vez que ha pasado
algún tiempo desde que empezaron a realizarse.
Así, al aumentar la cantidad de dinero, reducen los tipos de interés,
algo que no es necesariamente siempre bueno. Por ejemplo, porque las
compras masivas hacen más rentables los activos de mayor riesgo, de modo
que en realidad aumentan la peligrosidad de las bolsas, obligando a que
los bancos centrales tengan que volver a hacer nuevas compras. También,
producen desórdenes en los mercados de divisas que perjudican al
comercio internacional.
Algunos ven positivo que estas operaciones suban
el precio de la vivienda y que así parezca que disminuye la desigualdad
porque sube el valor de la riqueza de las familias propietarias, pero,
por otro lado, dificultan que puedan disfrutarla los grupos sociales de
menos renta. Y, lo que es quizá más grave, el dinero que ponen en manos
de los bancos no va directamente a financiar a la economía. En gran
parte ha servido para que acumulen nuevos activos, que luego van
vendiendo de nuevo a los bancos centrales.
El corolario de todo eso es que las intervenciones masivas de los
bancos centrales para comprar títulos financieros han ayudado
decisivamente a que aumente la desigualdad en los últimos años. Con
ellas se busca, como hemos visto, que no se hunda su precio cuando cae
después de que las operaciones especulativas lo hayan elevado
artificialmente, y eso lógicamente beneficia a sus propietarios y no
precisamente a la mayoría de la población: en Estados Unidos el 80% de
los títulos los posee el 10% más rico y, a nivel mundial, el 50% de los
activos financieros está en manos de quienes tienen más un millón de
dólares de patrimonio, según el informe anual del Boston Consulting
Group. Por tanto, los grandes beneficiarios de esas compras masivas que
realizan los bancos centrales, como ahora en medio de la pandemia, son
las personas más ricas.
Se ha demostrado que en Japón "sólo beneficia a los grupos de rentas más elevadas y que amplia la brecha entre estos y los demás". En Estados Unidos también se ha comprobado que la Expansión Cuantitativa aumenta la desigualdad, al menos, en un 25%.
El Banco de Inglaterra argumenta que el efecto de su Expansión
Cuantitativa fue bueno porque conservó el empleo y que la desigualdad
era ya de por sí alta pero lo cierto es que, en Inglaterra, la renta del
10% de los hogares más pobres aumentó 3.000 libras y la del 10% más
rico 350.000 en el periodo en el que la llevó a cabo.
El Banco Central
Europeo también sostiene que su expansión cuantitativa disminuye la
desigualdad porque aumenta el empleo y aumenta ligeramente el precio de
la vivienda. Un argumento que es bastante falaz. Si esa política
monetaria expansiva fuese realmente la que es capaz de aumentar el
empleo no se entiende que se siga sin incluir el objetivo de aumentarlo
entre los del banco central. Y, en todo caso, algún trabajo empírico ha
demostrado que el efecto principal de la expansión es el aumento de los precios de los activos que es el que aumenta la desigualdad y no el de impulsar la economía.
Al volver a realizar compras masivas de títulos financieros con la
excusa de luchar ahora contra la pandemia, los bancos contrales vuelven a
hacer ilusionismo delante de nuestras narices. Van a conseguir lo que
ya consiguieron en momentos anterior: salvar a los grandes propietarios
de riqueza financiera y a los bancos impulsando la generación de deuda
que es el único motor que saben poner en marcha para movilizar a la
economía. Algo tan peligroso como arrancar un coche poniéndole un misil
en el tubo de escape.
Es hora de acabar con el truco. En lugar de darle el dinero a los
bancos, a los fondos especulativos y a los grandes propietarios de
riqueza financiera, los bancos centrales deben ponerlo directamente en
manos de quien lo gasta en crear riqueza y empleo y no en especular. Y
mucho más ahora, en medio de una emergencia sanitaria que quizá se
convierta en económica poco después." (Juan Torres López, La Tramoya, Público, 02/04/20)
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