2.4.20

Esta crisis económica tiene muchas características comunes con la de 2008... no tendría capacidad para detener la economía de un modo tan brutal si ésta no se sostuviera sobre pilares muy frágiles... Ahora el problema no es la vivienda sino las grandes empresas... por ejemplo, desde 2010 las grandes aerolíneas estadounidenses han gastado el 96% de su flujo de efectivo disponible en recompras de acciones y hoy están solicitando al Estado su rescate

"(...) Pedro Sánchez (...) El domingo pasado dijo algo muy distinto en la rueda de prensa, que era necesario un plan Marshall y que se hacía precisa una economía muy diferente en la época poscoronavirus. 

Angel Gurría, secretario general de la OCDE, ha ido en la misma dirección. Bien podían haberlo defendido mucho antes y, entre otras cosas, esta pandemia nos habría pillado mejor preparados, pero tampoco nos vamos a detener en eso ahora. 

Es la buena dirección y ojalá que esa sea la reacción de los países principales, así como de las instituciones internacionales. Sin embargo, todo apunta a que no será así, y que tantos años de fragilidad intelectual y política nos van a seguir pasando factura.

 En este sentido, será clave lo que está ocurriendo en EEUU, especialmente con el plan de estímulos que van a poner en marcha.  (...)

La importancia de lo que se está cociendo allí no puede entenderse sin una explicación de lo que nos ha traído a este escenario. En el fondo, esta crisis económica tiene muchas características comunes con la de 2008. En aquel caso, había una serie de activos, los inmobiliarios, que soportaban una carga especulativa enorme. 

Por decirlo de forma gráfica, el edificio tenía forma de pirámide invertida, cuya frágil base era la gente que pagaba la hipoteca todos los meses.

 Sobre ella, había un montón de apuestas, entre otras, en forma de CDS y CDO, cuya efectividad dependía de que la gente común siguiera abonando sus recibos. Para complicar más las cosas, se concedieron a sabiendas hipotecas a personas que tenían difícil pagarlas.  

No era buena idea en ningún sentido, y cuando los pagos mensuales empezaron a desvanecerse, el edificio se cayó. El resultado lo conocemos porque todavía lo estamos pagando.

 Ahora está ocurriendo algo similar, solo que en otro terreno. El virus, más allá de todas las desgracias personales que está causando, que son lo primero que debemos abordar, no tendría capacidad para detener la economía de un modo tan brutal si no se sostuviera sobre pilares muy frágiles. Ahora el problema no es la vivienda sino la economía productiva, especialmente la parte de ella ligada a las grandes empresas. La deuda corporativa es demasiado elevada y muchas firmas están en una condición endeble a causa de una gestión orientada justo hacia el lugar más perjudicial.

 Las empresas han sido dirigidas desde el cortoplacismo, buscando únicamente el beneficio para los accionistas, y los dividendos elevados y las recompras de acciones han sido los vehículos habituales. En 2018, las grandes firmas emplearon 806.000 millones de dólares en recomprar acciones; en 2019, fueron 710.00 millones. Es una manera de satisfacer las necesidades de rentabilidad inmediata que parece ideada por el Johnny Rotten del ‘No future’.

 Este tipo de planteamiento empresarial ha producido muchas disfunciones. Algunas estratégicas para los países, que se notan en momentos como estos, cuando acucia la necesidad de material para hacer frente a la crisis sanitaria y la producción se encuentra deslocalizada; otras económicas, con la existencia de muchas firmas zombis, aquellas que no generan los suficientes ingresos para pagar los intereses de sus deudas (una versión contemporánea de las parejas pobres de EEUU que dejaron de pagar la hipoteca en 2008), y desde luego sociales, ya que el aumento de la desigualdad y el descenso en el nivel de vida tienen aquí su primera causa. No olvidemos que hay un montón de apuestas financieras, en forma de bonos y de futuros que se soportan en esta base de la pirámide, y el edificio está empezando a oscilar.

 El sector de la aviación es un buen ejemplo. Según Bloomberg, desde 2010 las grandes aerolíneas estadounidenses han gastado el 96% de su flujo de efectivo disponible en recompras de acciones y hoy están solicitando al Estado su rescate.(...)

  Boeing pretende que se le concedan 60.000 millones cuando gastó 65.000 en dividendos y recompras en la última década. Pero este sector no es la excepción, sino la norma. Hay una avalancha de demandas de dinero estatal por parte de grandes firmas al hilo del coronavirus. Más que para cubrir el parón, lo quieren para solucionar sus problemas.

 Esta es la situación de fondo: las grandes firmas de la economía productiva en dificultades, un sector financiero en riesgo porque extrae de ellas sus beneficios, una crisis sanitaria muy peligrosa de fondo, y con consecuencias sociales y geopolíticas de calado que se derivarán de este escenario.

 Lo que está decidiendo EEUU para afrontar esta crisis, con tensiones entre demócratas y republicanos, es con cuánto dinero rescatar a sus empresas, en qué términos y a qué sectores priorizar. Es la tendencia general, reforzar lo que es suyo: Alemania está en ese camino, incluso nacionalizando las compañías si es preciso, y Francia asegura que hará lo mismo.

 Por decirlo con otras palabras, en una situación tan grave como esta, se va a inyectar capital público a sectores en dificultades, pero no para sanearlos, sino para dejarlos en disposición de que sigan haciendo lo mismo, priorizar el beneficio para los accionistas y continuar en el cortoplacismo. Sin medidas que supongan una contrapartida, la inyección de dinero público tendrá ese destino. 

Que ese plan se acompañe temporalmente de “dinero de helicóptero” para ayudar a la subsistencia, como ha mencionado Trump, puede ser muy útil, pero poco relevante si no se mantiene. Vamos camino de repetir la respuesta a la crisis de 2008 en lugar de introducir los cambios que el sistema precisa.

 EEUU, como los principales países del mundo, no está pensando en un plan keynesiano, sino en otra cosa. Esto no es Keynes, y mucho menos el plan Marshall que solicitaba Sánchez. Aquel plan fue el producto de una mentalidad, de una visión económica y de un planteamiento social muy diferentes del de regar con dinero los mercados para solucionar sus dificultades.  (...)

Lo esencial del New Deal no fueron las medidas concretas que llevó a efecto, sino su decisión de relegar lo financiero al segundo plano y priorizar la estabilidad: puso las empresas productivas a producir y no a generar ganancias exageradas para los accionistas, reorganizó los sectores estratégicos, introdujo limitaciones a la concentración en muchos sectores, abriendo la puerta al éxito de muchas pequeñas y medianas empresas, elevó el nivel de vida de los trabajadores e impulsó la creación de una amplia clase media. El New Deal fue esto, mucho más allá de los instrumentos que utilizó para ese propósito, que a menudo se confunden. Y esa mentalidad se tradujo después en el plan Marshall.

 No, no es esto lo que asoma. Es más bien el apuntalamiento del giro iniciado por Trump, de solidez nacional, repliegue estratégico y aumento de poder para enfrentarse a China. Esa es, desde luego, una opción política típica de nuestro tiempo que está extendiéndose, y que puede hacerse más popular.  (...)

Y la petición de Sánchez o de Conte no es más que una variable de esta, reclamar más medios para poder hacer lo mismo que EEUU y Alemania, ya que el músculo de los países del sur es mucho menor, de manera que las empresas nacionales tengan el apoyo necesario para salir de esta crisis.

 Lo esencial ahora, y para eso deberían servir estas medidas de urgencia, es no repetir el error una tercera vez, y seguir anclados en una arquitectura política defectuosa, sin controles efectivos para los flujos financieros, una enorme falta de balance social y una economía que aprieta a sus ciudadanos en su nivel de vida y sus posibilidades vitales. Es decir, los mismos males que la globalización que conocimos, no la que idearon o nos contaron.

 En realidad, hay dos opciones políticas para Occidente en este instante, con los matices que se quiera, pero no hay más. La primera es reproducir entre Estados lo que ha pasado en el interior de ellos: del mismo modo que la parte superior de la escala social se ha enriquecido, las bajas se han empobrecido y las medias se están desvaneciendo, los Estados grandes se harán más grandes, los pequeños más pequeños y los del medio irán hacia abajo y perderán capacidad de influencia y de acción: es la lógica de los imperios.

La otra implica operar al revés y corregir las diferencias internas (algo que será esencial en EEUU, y más cuando el coronavirus estalle y tenga que manejar situaciones sociales complicadas) de modo que haya más estabilidad y cohesión; que genere un mundo más equilibrado, también en las relaciones entre regiones y Estados, ya que solo quienes tienen un nivel similar de fuerza pueden llegar a acuerdos beneficiosos para el conjunto.

Escucho a parte del ‘establishment’ occidental preocuparse mucho por el ascenso de China, por la posibilidad de que salga reforzada de la crisis y gane cada vez más espacio en Occidente. Hacéis bien en preocuparos, ya que la primera opción dará el triunfo a China en un par de décadas. La segunda, como ocurrió tras la guerra mundial, es la manera de ganar, nos lo señala la historia reciente. Pero, como dice el refrán, no hay peor sordo que el que no quiere oír."                (Esteban Hernández, El Confidencial, 23/03/20)

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